Juan Ignacio Eyzaguirre

Juan Ignacio Eyzaguirre

Ingeniero civil UC y MBA/MPA de la Universidad de Harvard

Pulso

Puerta lateral


“¿Cuándo ganó su primer campeonato de waterpolo?”, preguntó la responsable de admisiones universitarias. Confundida, la joven no supo qué decir. Al llegar a casa, turbada, descubrió que sus padres habían contratado a Rick Singer, quien había fabricado material para su admisión universitaria.

Son más de 33 padres, entre ellos reputados ejecutivos y famosas actrices, formalizados por el FBI por contratar a Singer con el objetivo de manipular, inventar o corromper las postulaciones universitarias de sus hijos. Photoshops de campeonatos de tenis o rugby fueron solo el comienzo. Siguieron millonarios sobornos a entrenadores de las mejores universidades para garantizar el acceso a la misma por la puerta “lateral”.

El corrupto ardid universitario tocó un nervio del pueblo norteamericano. “Un ejemplo más de cómo los ricos y poderosos saben arreglárselas”, dijo Elizabeth Warren, reaccionaria senadora demócrata. Según el controversial Joseph Stiglitz, un sistema político y económico torcido y corrupto es la principal fuente de la creciente desigualdad. Tal percepción ha alimentado el malestar estadounidense y levantado liderazgos exaltados en derechas e izquierdas.

Pero vale una mirada alternativa al caso Singer. Sus artificios son una evidencia más de la intensa competencia por el acceso a las mejores universidades. El año pasado, más de 20 alumnos fueron rechazados por cada aceptado en Yale, Harvard o Stanford. Al preguntar a varios amigos estadounidenses cuándo en sus vidas estudiaron más intensamente, highschool fue la respuesta.

El catalizador del mérito y la competencia para hacerse de las pocas oportunidades en universidades de excelencia ha sido el alza de la clase media sumado al acceso a créditos y becas. En este intenso ambiente, padres con un enclenque compás moral llegaron a pagar millonarios sobornos para asegurar que sus mediocres hijos desplacen a otros candidatos más valiosos.

Ahí reside la arista más vil del caso. Cuánto descaro hay que tener para defraudar años de esfuerzo y estudio por medio de sobornos y farsas. Según Eugene Soltes, la gigantesca escala que han tomado las instituciones ha deshumanizado las relaciones sociales y creado terreno fértil para comportamientos corruptos. Resulta fácil deshumanizar un proceso de casi cuatro millones de jóvenes compitiendo por escasos cupos. En su espectacular libro Why They Do It, Soltes explica cómo la falta de intimidad humana en entelequias, como “el mercado”, “los consumidores” o “el proceso de admisión”, erosiona la guía moral que generalmente alimenta lo que dicta el estómago. En todas aquellas grandes instituciones, tanto empresariales como gubernamentales, la distancia con la realidad da paso para caer en descriterios, abusos e, incluso, desfalcos.

Tales transgresiones eran menos prevalentes cuando las familias guardaban algún grado de conexión, cuando los negocios eran atendidos por sus dueños o los políticos y funcionarios públicos eran conocidos por sus conciudadanos, pues los lazos comunitarios establecían normas de comportamiento.

“Estamos en tiempos peligrosos”, postula Raghuram Rajan, reputado economista de Chicago. Su reciente libro, The Third Pillar, alerta del creciente desbalance entre los tres pilares que componen una sociedad sana: el mercado, el Estado y la comunidad. El tercero, desplazado por los violentos cambios tecnológicos que han quebrado las antiguos arreglos sociales.

“Cuando la gente pierde confianza en su habilidad para competir, cuando su comunidad va en declive y se acrecienta la percepción de que la clase gobernante se apropia de las escasas oportunidades, el sentimiento popular rápidamente se puede convertir en ira”, alerta Rajan. Por ello, recomienda traer de vuelta la soberanía a la comunidad como el foco de autodeterminación, identidad y cohesión social.

The Third Pillar invita a reflexionar. Nuestras democracias liberales están fallando en sostener una buena sociedad. Claras señales en el extremo son las frecuentes balaceras en Estados Unidos, el macabro fusilamiento de piadosos en Nueva Zelandia o las prolongadas protestas de los chaquetas amarillas en Francia.

Entre sus prescripciones, sugiere empujar el poder hacia gobiernos locales. Por ejemplo, en educación, llama a terminar con asfixiantes currículos impuestos por organismos centrales para dar espacio a que cada comunidad sea libre en elegir el formato de sus escuelas. Respecto del gigantismo empresarial, receta más rigor en la política antimonopolio, proponiendo bloquear fusiones a pesar de las potenciales eficiencias y menores costos para consumidores. Son propuestas originales para un continuador de la línea de Milton Friedman que busca recalibrar tanto el peso del Estado como la profundidad del mercado, anhelando reabrir espacios a la añorada comunidad.

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