Ser o no ser

Foto. Andrés Pérez

Ser un país monetariamente soberano que aprovecha al máximo ese privilegio, o ser un país que se amarra las manos por el riesgo que personajes irresponsables tomen el volante. Esa es la cuestión.




“El test de una inteligencia de primer nivel es su habilidad para mantener en la mente dos ideas opuestas al mismo tiempo y poder seguir funcionando”. Quizás le resulta interesante esta frase de Francis Scott Fitzgerald, aun cuando le cause gracia la versión local de Carlos Humberto Caszely, “no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”. Creo que en este hemisferio tenemos esa mala costumbre de convertir cosas potencialmente interesantes en un chiste.

Me refiero a lo que muchos países están haciendo con su “déficit” y “deuda” pública. Palabras de por sí espantosas, de las cuales nos tratamos de alejar lo más posible cuando las vemos en nuestras vidas cotidianas. Entendible. Pero la verdad es que usted y yo no somos el Estado. Él es el emisor monopólico de aquello que se adeuda. Nosotros, simples usuarios. Por lo mismo, esas analogías que a la gente le encanta hacer entre el presupuesto público y el de un hogar no tendrían ningún sentido si no fuera por las restricciones que el mismo Estado se autoimpone. Imagine que usted pudiera aumentar el saldo en su cuenta corriente cuando quisiera, ¿estaría preocupado por su deuda, o por no llegar a fin de mes con lo que gana?

El temido “déficit” público equivale al “superávit” del resto, y viceversas. En este sentido, ¿por qué sería beneficioso que el resto mantenga un déficit para que el Estado tenga su superávit? Al fin de cuentas, un déficit público, no es más que un Estado que puso en la economía más dinero que el que retiró de ella a través de impuestos u otros mecanismos, nada de perverso per se. Stephanie Kelton en su instantáneo bestseller, The Deficit Myth, comenta que tuvo que ser un hombre con pasado en Wall Street, Warren Mosler, quien le hiciera ver por qué los países cobran impuestos siendo que, como productores de dinero, no es que necesiten hacerlo para pagar sus cuentas. La razón para cobrar impuestos de manera coercitiva, según Mosler (Adam Smith pensaba algo parecido), es justamente para darle algún valor al dinero, y así poder obtener cosas que sí necesita de nosotros (funcionarios públicos, hospitales y ventiladores) a cambio de él.

Usted ya sospecha para donde voy, y le puede estar sonando a almuerzo gratis con olor a podrido, lo sé. Pero no es podrido si se respeta la única restricción natural que existe, que es mantener a raya la inflación. Como verá, todas las otras restricciones son autoimpuestas: déficit fiscal de equis por ciento, regla de balance estructural, … incluso el “no corresponde que mis nietos paguen la cuenta”.

La Gran Depresión fue “Gran” por las restricciones monetarias autoimpuestas por el patrón oro. El mundo hoy ya no tiene patrón oro, pero todavía tiene el “patrón déficit” que nos obliga a andar con el freno de mano puesto (cada día menos en países desarrollados) sin aprovechar un mundo con millones de desempleados dispuestos a crear cosas de verdad a cambio de un dinero que cuesta cero producir (no hay inflación en el horizonte). Aprovechar esa capacidad ociosa sí reduciría el déficit de verdad que tenemos, el de PIB.

Lamentablemente, y volviendo al chiste, entre nuestra resaca inflacionaria sudamericana y la superficialidad con la que muchos de nuestros políticos tratan últimamente casi todos los temas, me preocupa mucho que algo que está funcionando en el norte termine siendo un meme aquí en el sur. Para que hablar de la coordinación que se requeriría entre gobierno, Congreso y Banco Central para soltar el freno de mano sin que a alguien se le ocurra que ya no se necesitan frenos.

Ser un país monetariamente soberano que aprovecha al máximo ese privilegio, o ser un país que se amarra las manos por el riesgo que personajes irresponsables tomen el volante. Esa es la cuestión. Por mientras, le haré caso a Fitzgerald y a Caszely, y trataré de seguir funcionando con estas dos ideas opuestas en mi cabeza.

-El autor es Ingeniero civil PUC y MBA de The Wharton School

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