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Muchas frases nacidas del folclore comunicacional rondan en mi mente en estos momentos que vivimos, por ejemplo: ”Mejor solo que mal acompañado” o “Nacimos y morimos solos”. Pero ¿qué impacto provoca en la sensación de bienestar y en la salud mental el enfrentar una situación de aislamiento?

Como psicóloga clínica dedicada a trabajar con personas que sufren de una u otra forma por no alcanzar esta sensación de “felicidad”, me pregunto ¿qué hemos aprendido o que nos queda por aprender acerca de la soledad y la compañía? Creo obvio que tenemos que aprender todavía y ¡mucho!

El aislamiento nos enfrenta a preguntas como ¿Quién soy yo realmente? ¿Qué me gusta? ¿Qué me aburre? ¿Qué necesito? Y sabemos que en el día a día no tenemos espacio para estos cuestionamientos.

Muchas veces lo que más les cuesta responder a mis pacientes tiene relación con esto y entonces aparece la dificultad para poder autodefinirnos o auto observarnos.

Pareciera que en una sociedad que ha privilegiado la vista como sentido principal, nos ha inducido al mismo tiempo a que este sea sólo una vista puesta ‘hacia afuera’, muy diferente con lo que podemos entender cómo observar, o mirar también hacia adentro.

Nos hemos convertido en expertos para saber distinguir de forma inmediata cuando algo falla en otros y especialmente como mujeres, nos hemos doctorado en reconocer lo que otros u otras necesitan y de esa manera abalanzarnos en la satisfacción también inmediata de dichas necesidades.

Estos tiempos del llamado coronavirus, nos dejan en otro escenario, muchos tendremos días enteros para estar sin la presencia de otros u otras alrededor, será entonces el momento de mirarnos y sentirnos.

La ausencia de presencias concretas nos ofrece a lo menos dos caminos, uno es sumergirnos en la virtualidad aprendiendo como niños o adolescentes a navegar por esos canales, muchos de los cuales son infinitamente aportadores y porque no decirlo entretenidos. Con ellos podemos copar nuestras agendas (en relación a este camino circula en redes un video español muy gracioso) y al terminar el día arrojarnos en un descanso que más que reponedor resulta enajenante de quienes somos, esto para mí es hacer “más de lo mismo”.

También puedo aprovechar este aislamiento para preguntarme por aquello que no conozco de mí. Puede ser el momento de revisar cajones no abiertos hace mucho y que al estar repletos nos hacen sentir que estamos con nuestro pasado ordenado y contenido. Tal vez llegó el momento de cuestionarnos nuestras apariencias, aquellas fachadas que mostrando un rostro de felicidad nos han dejado solos en medio de la multitud.

No será un tiempo fácil para nuestra subjetividad. Será más bien un desafío para aprender a adaptarnos darwinianamente a esta nueva forma de vivir nuestros días, por lo menos por un tiempo.

Será el Tiempo, aquello que ha interpelado por siglos a científicos, filósofos y artistas nuestro propio tema ahora, el tiempo no vuela, el tiempo no lo cura todo. El tiempo lo construimos y tal vez es la oportunidad que tenemos para pensar a qué le queremos dedicar NUESTRO tiempo en este aislamiento.

Revisemos los objetos que nos acompañan. ¿Qué representan de mí? Hagamos una lista de lo que necesitamos realmente en el día a día. Pensemos en las personas con las que quiero estar hoy. Pero principalmente hagámonos conscientes que nuestra opción de vivir en sociedad no implica que dejemos de ser quienes somos, aquello que es nuestra inevitable identidad, pero que al mismo tiempo lo que somos es el resultado de todo encuentro con otro y especialmente de aquel encuentro que en mi origen me transformó en un ser psicológicamente humano.

Es aquella mirada la que en los inicios de nuestra vida nos recorrió y nos reconoció para permitirnos transitar desde nuestra absoluta indefensión con la que nacemos, es decir, con la huella de esa prematurez que como especie llevamos, a poder sentirnos una persona autovalente hasta cierto límite.

Entonces el poder recuperar y hacerla propia nos permitirá vivir este aislamiento ahora concreto, pero tal vez disimulado en medio de la multitud, de una buena manera. Podrá ser un aislamiento lo suficientemente sostenido no solo por la virtualidad de las redes, sino por nuestra propia historia inscrita en nuestros recuerdos y en nuestro cuerpo.