Jorge, publicista de 32 años, ha visto mermados sus ingresos a causa de la pandemia, por lo que debió modificar junto a su esposa varios de sus planes a corto plazo. Uno de ellos fue postergar tener un hijo, algo que tenían planeado para este año. “Preferimos esperar un tiempo, que el escenario mejore. En estos momentos es muy arriesgado”, confiesa.

Como Jorge, miles de chilenos han decidido aplazar la paternidad, como lo refrendan las cifras del Registro Civil, que durante los meses de enero y febrero de 2021 registró el número de nacimientos más bajo de los últimos 10 años para estos meses (ver infografía). Entre ambos meses se contabilizaron 27.631 nacimientos, cifra que en los mismos meses de 2020 fue de 34.065, en un claro y directo impacto de la pandemia.

La académica de la U. Católica Viviana Salinas, doctora en Sociología, con especialización en Demografía de la Universidad de Texas, dice que ellos presagiaban un efecto contrario: se teorizaba que el confinamiento forzaría a las parejas a pasar más tiempo juntas, que sumado a la incapacidad o el temor a asistir a centros de salud para acceder a anticonceptivos, podría haber hecho que la fecundidad aumentara.

Pero la aritmética muestra otra realidad. “Aunque es súper interesante preguntarse qué pasó con el acceso y uso de anticonceptivos en la pandemia, en la práctica vemos que el aumento de la fecundidad no ocurrió”, dice.

Históricamente, a los eventos que implican un aumento de la mortalidad, como las pandemias, o las guerras, añade Salinas, le han seguido caídas en la fecundidad, que después de algunos años se recuperan. “Teníamos experiencias históricas que hacían pensar que podía ocurrir esta caída en la fecundidad”, apunta.

Para explicar esta abrupta baja, se pueden formular varias hipótesis, dice el sociólogo José Olavarría, doctor en Ciencias Sociales y académico de la U. Academia de Humanismo Cristiano, pero el miedo de la pareja a lo que vendrá en cualquier momento en un escenario de crisis social y sanitaria es relevante. “El virus es un agente incontrolable para las personas”, asegura.

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Carolina Stefoni, investigadora asociada del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) y académica de la Universidad Mayor indica que en el panorama general hay una baja sostenida en el número de nacimientos, y la pandemia solo incrementó esa tendencia. “Después de la Guerra Mundial se produjo un baby boom, pero en pandemia es distinto, se inscribe dentro de otro escenario de largo plazo, es un contexto distinto, de mayor inestabilidad y precariedad en el medioambiente”.

Hay varias razones para explicar este fenómeno. Sin embargo, Salinas sostiene que una de las claves ha sido la desaceleración económica que generó la pandemia, que tiene el potencial de afectar las intenciones de tener hijos, “ya sea respecto de cuándo tenerlos (esperar) o de cuántos”.

Con la inestabilidad laboral, pérdida de trabajo y las diversas formas de precariedad que adquieren fuerza con esta pandemia, coincide Olavarría, “¿quién se anima a tener un hijo? Eso de que vienen con la marraqueta debajo del brazo es pasado”.

La incertidumbre económica hace que las familias pospongan inversiones a largo plazo. Sobre todo las costosas, “y los niños son una inversión costosa a largo plazo, reduciendo la fecundidad”, asegura Salinas.

Baja sostenida

Pese al efecto directo de la pandemia, la fecundidad viene descendiendo sistemáticamente en Chile desde 1960, con pequeñas oscilaciones desde entonces.

Así lo confirma un estudio de la Facultad de Economía y Negocios de la U. San Sebastián (USS). Según esta investigación, desde 2016 los nacimientos van a la baja. Solo el año 2018 se registró un “pequeño peak”, con un crecimiento del 2,4% (224.622 nacimientos) respecto del año anterior. Pero este escenario cambió con la llegada de la crisis por Covid-19: en 2020 se registró una caída de -7,7%, llegando sólo a 197.003 nacimientos.

Las regiones que presentaron las mayores caídas en la natalidad en 2020 de acuerdo al análisis fueron El Maule (-10,3%), La Araucanía (-10,1%) y la Región Metropolitana (-9,8%).

La caída de la tasa de natalidad, señala el estudio, ya es algo habitual en algunos países, especialmente los que tienen características de desarrollo económico un poco más adelantadas, como Chile. Si en 2002, 1.228.569 chilenas (22,7% del total de mujeres en edad fértil) no tenía hijos, la cifra subió a 1.671.834 (24,2%) en 2017, según los censos de esos años, refrendando el análisis de la USS.

En ese fenómeno influyen varios factores, entre ellos, detalla el informe, el ingreso per cápita que está relacionado con algunos factores de independencia de la mujer, que deciden o no tener hijos o postergar la maternidad. La investigación afirma que hay una correlación muy importante entre los niveles de educación y las cifras de natalidad.

Diana Paredes, académica carrera de Obstetricia USS, señala que mayoritariamente las mujeres de las actuales generaciones muestran una tendencia a postergar la maternidad, pero también concuerda en que el impacto de la pandemia es indesmentible en la actual baja. “El impacto económico producto del aumento del desempleo y la caída en los niveles de ingresos pudo incidir en que las familias planificaran y/o postergaran la decisión de tener hijos”, asegura.

Olavarría apunta a otro factor para explicar esta baja: el hacinamiento familiar, que las cuarentenas desnudaron con más nitidez. Explica que para una proporción importante de las parejas, ello acarrea un aumento de las tensiones y conflictos. Aquello, más la falta de recursos, y en muchos casos la dificultad para gestionar e intentar resolver sus conflictos, ha implicado la presencia creciente de violencia doméstica y, por tanto, de la posibilidad de tener hijos.

Sentido de realidad

Pero también el fenómeno se ha producido en sectores más acomodados, que no perdieron el empleo, o en países ricos.

En esas familias con más recursos (o como ha ocurrido en naciones acaudaladas), explica Salinas, las mujeres suelen trabajar, y el cuidado infantil depende de terceros, como colegios, jardines, niñeras y también abuelas, como ocurre en Chile o América Latina. Todo eso desapareció con el confinamiento que generó la pandemia.

“Las familias, más bien las mujeres, tuvieron que hacerse cargo 24 horas del cuidado de niños, mientras lidiaban con trabajo remoto o con la necesidad de generar ingresos, además del trabajo doméstico. Y esa sobrecarga puede haber disminuido la cantidad de hijos que las personas quieren tener, o al menos posponer los nacimientos en el corto plazo”, dice Salinas.

La cuarentena, el toque de queda, las dificultades para acceder a la compra de alimentos y enseres de primera necesidad, en muchos casos, sostiene Olavarría, impide siquiera hablar de intimidad sexual.

Las razones económicas son un elemento. Pero, por otro lado, dice Stefoni, hay una especie de realismo de parte de las mujeres y de los adultos respecto de la posibilidad de ser padres. “Es un cambio que se vive generacionalmente, donde la inestabilidad laboral se instala como una realidad permanente. Para los jóvenes es más difícil insertarse en el mercado laboral”, dice.

Otro punto, agrega Stefoni, es la preocupación ambiental, que con la pandemia ha sido relegada, pero que para un creciente número de la población sigue siendo un gran tema. Para ellos, eso significa traer niños al mundo en un escenario complejo para futuras generaciones. “Para muchos niños y adolescentes es reiterativa la idea de no tener hijos en el futuro por la catástrofe ambiental. Es un marco que empieza a incidir en proyecciones familiares y laborales”, asegura.

¿Será definitivo?

Esta abrupta caída es un fenómeno que muestra distintas características según segmento o sector social.

Los sectores más bajos tienen tasas de natalidad más altas y menor acceso a políticas de control de natalidad, a diferencia de quienes están tomando decisiones sobre su futuro, como son los sectores medios y altos, lo que genera un factor de desigualdad. “Eso no es necesariamente malo, pero es una decisión que se toma en un contexto real, no es que la población se asustó y no quiere tener hijos ahora, es algo pensando en un contexto global”, afirma.

Paredes apunta a que cuando estemos más avanzados en 2021, se podrá ver objetivamente a través de los datos de nacimientos si realmente la pandemia causó un impacto en la natalidad del país, y si es así, en qué grupos de mujeres.

De hecho, explica Stefoni, hay algunas formas de revertirlo. Asegura que en distintos momentos la natalidad ha sido utilizada por los gobiernos como un modo de construir soberanía, “por eso hay momentos en que se privilegia y se incentiva”. Dice que no se trata de una mala política. De hecho, en muchos casos se refuerza con los movimientos migratorios, que son capaces de remediar bajas de natalidad en algunos países, una de las fórmulas a las que podría aspirar Chile en el futuro.