¿Por qué solo los historiadores defienden la historia?

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El poder de la Historia como vector de desarrollo social, económico y cultural del país, es el factor invisibilizado en el actual debate.

¿Por qué solo han salido en su defensa los historiadores, es decir, el sector directamente afectado? ¿Por qué no hemos visto más respaldo ciudadano, frente a la propuesta del gobierno de bajarla de status, de obligatoria a optativa? Al parecer, esa historia que se enseña actualmente en los colegios, con los contenidos oficiales y los manuales de clase vigentes, es poco significativa para la sociedad.

Más allá de las diferencias ideológicas entre izquierdas y derechas, tenemos vigente una historia gris, subalterna, mediocre, triste. Sobrevisibilizamos a los jefes políticos, los conquistadores y sus peleas, los hacendados y sus poderes, los grandes mineros y los generales victoriosos del Pacífico. Seguramente, muchos de esos temas son útiles para conocer; pero en su conjunto, sólo ofrecen un bloque de conocimientos que nos muestran subalternos e irrelevantes. Apenas un país más, igual que tantos. Sin vibración, sin orgullo, sin algo creativo que mostrarle al mundo.

En su afán de mostrar las grandes cifras, los grandes productos de exportación (trigo, salitre, cobre), y los grandes jugadores del poder (civiles y militares), hemos deshumanizado la Historia de Chile. En el aula, transmitimos contenidos lejanos, que no apasionan a nadie.

Algo parecido ocurrió con la Historia de España, que a fuerza de oficial, se hizo aburrida, pesada y de escaso significado, sobre todo durante el franquismo. Pero en los últimos años, se comenzó a revitalizar, con el re-descubrimiento de temas invisibilizados, que dieron nueva vibración a la clase de Historia. Un ícono de esta revitalización fue al Andalus, con el surgimiento de los agrónomos e ingenieros hidráulicos de origen árabe, que introdujeron conocimientos avanzados durante la Edad Media, y ayudaron a crear una España como primera potencia mundial durante tres siglos. Con las plantas frutales, con los alcoholes y alambiques para su farmacopea, con la Moscatel de Alejandría como variedad emblemática; con la arquitectura en tierra cruda y las cañas para techos y pérgolas; con sus canales de riego y sus molinos harineros y aceiteros, los árabes pusieron a España en la punta del desarrollo europeo y mundial. Esos son los temas que comenzaron a descubrir hace poco los académicos de la Universidad de Granada, y otras entidades, lo cual ha llevado a cambiar las miradas. La Historia de España vuelve a encantar desde una mirada fresca, que visibiliza a los actores hasta hace poco invisibles.

Esa renovación ha sido tan movilizadora, que llevó la Historia al mundo del cine, y hoy la admiramos en las  películas y series de Netflix, donde la Historia de España se convierte en herramienta de fortalecimiento de la identidad nacional desde el patrimonio. "La Catedral del Mar", "Ocho apellidos vascos y el "Ministerio del Tiempo" son buenos ejemplos. Justamente, la puesta en valor de su patrimonio ha permitido a España recibir 80 millones de turistas al año; a mil dólares cada uno, ese país recibo casi el triple de los ingresos que le aporta a Chile el cobre.

La magnitud del ingreso por turismo patrimonial es todavía mayor en Francia (100 millones de turistas al año). Y allí, casi la totalidad de los turistas van a gozar de la cultura y el patrimonio; el turismo de sol y playa es muy menor. ¿A qué van esos turistas? Van a circular por las campiñas gozando de los vinos y la gastronomía; van a ver el espectáculo de luz y sonido de la condena a Juana de Arco a morir en la hoguera; y mil atractivos históricos más. Historia expuesta y compartida, con orgullo.

¿Por qué no hacemos lo mismo en Chile? ¿Qué pasa si en cuarto medio nos damos un año para redescubir el legado de los pueblos de la tierra, con sus ingenieros hidráulicos que sentaron las bases del sistema de riego que luego hizo posible la prosperidad agrícola del Reino de Chile? ¿Por qué no estudiamos los orígenes de la quínoa y el cochayuyo, la sal de Cáhuil y el maíz; la técnica del ahumado y el deshidratado, base del jamón de Chiloé, el charqui y las comidas típicas como el charquicán, el ajiaco y el valdiviano. ¿Qué nos impide contar a los alumnos  la asombrosa habilidad de los indígenas para tejer mimbres, con obras monumentales, superiores a todo lo conocido hasta entonces en Europa, y que hoy pervive en Chimbarongo?

Los españoles y los franceses aman su historia, sus paisajes, sus vinos y sus comidas. Hablan de ellas con orgullo, desde el taxista hasta el vendedor de tienda y el garzón. Están felices y seguros con su país; defienden y promueven sus bellezas escénicas y culturales; y cada vez más, se alejan del turismo de monumentos, y exhiben el turismo patrimonial, creado por los sujetos históricos modestos: agricultores (Les Hortilonnages d'Amiens), los viticultores de Rioja, los vendimiadores de Burdeos, los queseros de la Mancha (queso manchego). Detrás de cada uno de ellos, los europeos tienen una historia épica que contar.

Esa Historia, focalizada en campesinos, pastores, ovejeros, arrieros, pescadores artesanales, cocineros y artistas, está generando miles de millones de dólares de ingresos a los países desarrollados. Son historias encantadoras, de sujetos históricos modestos, pero que en el fondo, sentaron las bases de la grandeza de esos países. Esas historias generan riqueza y a la vez, sensación de alegría de vivir y orgullo colectivo.

Con ese enfoque de Historia situada, se cambia el foco; el protagonista ya no es el grupo de poder; todos somos importantes, aún los más modestos carpinteros y albañiles que construían los molinos hidráulicos para moler la harina.

¿Qué estamos esperando para renovar nuestra historia con una mirada más humana, más cerca de los hacedores culturales y más lejos de los perimidos factores de poder?

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