Actuar en medio del encierro

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La primera obra de teatro carcelario en un Teatro Municipal se estrenó esta semana. Quince internos de la Cárcel de Antofagasta protagonizan un relato sobre la sociedad, el dolor, el arrepentimiento y sus condenas.




¿Qué sientes al actuar?

-La misma adrenalina que sentía antes de robar -dice Francisco-. La misma, hueón.

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El ruido de las cadenas golpeando el piso de madera se escucha por toda la habitación. Los actores están llegando al Teatro Municipal de Antofagasta.

Entran caminando en fila. Los más extrovertidos lo hacen riendo y saludando a quienes tienen cerca. El resto prefiere el silencio. Es fácil adivinar el nervio y la adrenalina horas antes de salir al escenario.

En el teatro los recibe una pequeña imagen de Vishnu, dios venerado en el hinduismo. Hay una vela encendida y un incienso a su lado. Símbolos que ayudan a dejar los malos espíritus atrás.

Pero antes del maquillaje, del ensayo general y del aplauso, los actores deben pasar por otro rito. Uno que es incómodo. Que causa dolor en los tobillos y muñecas: sacarse las cadenas y los chalecos amarillos que evidencian a todos su calidad de presos.

Libertad por un rato.

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Primer cuadro.

La obra, llamada Acciones Inocentes de un Viaje, parte en una micro que está detenida por tiempo indefinido. Los pasajeros reclaman enojados. Quieren seguir el camino, pero no saben cuánto tiempo van a estar en ese estado.

Los choferes usan unas máscaras blancas, sin emoción ni expresión. Van vestidos de camisa blanca y corbata roja.

Uno de ellos hace el primer monólogo:

-Aunque todos los días son iguales, hay veces en que pasa algo inesperado, a veces días seguidos donde hay que correr y, aunque puedes irte, no lo haces. Y es que estamos dentro, tan dentro como cualquier trabajo consumista de la vida diaria. Quienes hacen daño, así como quienes permanecen callados, son a la vez culpables y víctimas. Dentro de una micro de millones de pulgadas más que esta. Pero en esta micro parece que solo caen algunos... y todos necesitamos transitar.

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La primera obra de teatro carcelario estrenada en un Teatro Municipal en Chile se trabajó durante cinco meses.

La Defensoría Penal Pública de Antofagasta postuló a un proyecto del Fondo Nacional de Desarrollo Regional. La idea era armar un taller en la cárcel Nudo Uribe de esa ciudad.

En noviembre de 2017, la Defensoría realizó una iniciativa similar, pero con personas del módulo menos conflictivo del penal. La obra se estrenó en abril de 2018.

Este año la ambición fue mayor: montar una obra con actores provenientes de toda la cárcel, sin importar el tipo de delito ni los años de condena. Y estrenarla en el Teatro Municipal de Antofagasta.

Para eso se contactaron con Paulina Bustos, una dramaturga que ha investigado sobre el teatro carcelario en Chile.

-No hago teatro testimonial, me dedico a la autoría teatral. Me interesa rescatar el lenguaje de las microculturas. No quiero que las personas lloren con esto, que se hipersensibilicen con la situación. No son víctimas, en primer lugar -dice Bustos.

Al casting de la obra se inscribieron 100 internos. La dramaturga recorrió todos los módulos invitando a viva voz a los interesados en participar. Debían contestar un formulario con preguntas sobre el teatro y la libertad.

En la segunda etapa, Bustos se entrevistó con los internos para conocer sus habilidades psicosociales. La selección final estuvo a cargo de Gendarmería.

Quedaron 15 personas de todos los módulos. Entre las condenas de los nuevos actores estaban penas por robo con violencia, tráfico de drogas, violación y femicidio.

- A ellos les digo: tú tienes que morir. Nacer de nuevo. Lo que hiciste, ese personaje tiene que morir. Y para morir tiene que estar consciente de lo que hizo. Hay muchos que tienen un proceso de negación que les dura, dice la dramaturga.

Que el taller fuera integrado por personas de los grupos más peligrosos dentro de la cárcel tuvo otro efecto: el resto sabía que podían entrar y no ser rechazados. La obra era respetada por todo el penal.

No se buscaba contar la historia de cada uno. La idea era representar temas que a sus actores les interesaba comunicar sobre la vida en la cárcel y la sociedad.

En Acciones Inocentes de un Viaje hay momentos en los que se cuestiona la violencia, la relación de los fuertes contra los débiles, el racismo, el conflicto mapuche y el arrepentimiento.

Todo el texto fue construido con un trabajo colaborativo entre los actores.

-Eso es lo que nos importa. Decir yo también tengo opinión, también tengo derecho civil. Soy encerrado y tengo derecho a culturizarme. Si fui delincuente es que no estoy de acuerdo con el sistema.

La obra fue preparada en el patio de la cárcel: bajo el sol del desierto en Antofagasta, con un calor intenso y esquivando piedras.

A los actores les costó dejar atrás su contexto. La primera barrera: para un preso cualquier persona que venga de afuera es un gendarme. Un trabajador. Alguien distinto. Eso puede generar hostilidad.

Perder esa desconfianza demoró varios días en algunos casos.

Otra barrera: los problemas que venían desde el patio. Peleas entre los mismos internos. Conflictos que eran difíciles de olvidar.

-Vivimos cosas malas, propias del encierro. La gente encerrada tiende a hacer cosas. Autoflagelaciones, intentos de quemarse a sí mismo- dice Bustos.

Con el tiempo, esas barreras fueron desapareciendo. Los internos empezaron a pedir que el taller fuera todos los días de la semana.

El teatro parecía ser capaz de parar una batalla campal dentro del penal: sus integrantes sabían que un castigo de Gendarmería les podía quitar algo que se había transformado en algo muy preciado.

El teatro les daba esos pequeños espacios de libertad en la cárcel.

-El teatro es delincuencia. Es adrenalínico. Es amoral y antirregla. En el teatro se puede hacer de todo. Les enseño eso, que el teatro no es hacer bien o mal. Es libre, es anárquico. La adrenalina de un día de hoy es como robar. Siento el mismo dolor de guata- dice Paulina Bustos.

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Segundo cuadro.

Hay una pelea entre pasajeros de la micro. Uno de los choferes queda solo sobre el escenario. Y le escribe una carta a su abuela, que está fuera de ese encierro.

-He pasado tiempo aquí y no entiendo por qué aún seguimos en este taco, llevamos kilómetros de vehículos atrás. Pero ya dejas hasta de creer en todo. No te puedo hablar de muchas cosas. Las cartas las leen los choferes antes de que salgan de la micro y me da vergüenza. Solo sé que te cumpliré la promesa, y estudiaré, pronto o tarde, pero lo haré. Solo espero que este tiempo en el tráfico no termine conmigo. Y que pienses poco en mí. No valgo la pena si estoy aquí, no me gusto, pero pronto pretendo bajarme de aquí.

Cuando termina el texto, el público aplaude.

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Luis (32 años) es de Buenaventura, una ciudad en la costa de Colombia. Está en Chile desde hace 10 años. En 2016 fue descubierto traficando drogas en la frontera con Bolivia. Al Municipal, el jueves 21, fue a verlo una tía, el único vínculo familiar que tiene en el país.

- El proyecto me aportó asumir que ya estoy preso. A relacionarme con personas con las cuales pensé que no podría juntarme. Me enseñó tolerancia, me enseñó disciplina.

Luis habla con el tono típico de su país: pausado y cordial. Por su estatura y la camiseta de básquetbol que usó en la obra parece un jugador de la NBA.

Al taller de teatro llegó para romper la monotonía de la cárcel. Su personaje dio cuenta de su detención y la discriminación que sufrió en el país.

- Cambió la forma en que nos miran de aquí en adelante. Tanto Gendarmería como los presos hemos evolucionado. Para trabajar juntos, para que no solo sea cumplir la condena entre cuatro paredes, sino que trabajar para reinsertarnos en la sociedad. Demostrar que no todo está perdido.

Aunque no hicieron teatro testimonial, recorrer la historia de cada uno de los protagonistas y las acciones que los tenían en la cárcel fue inevitable.

Los internos se abrieron a hablar de sus historias. De dolor y de arrepentimiento. De la reinserción en la sociedad.

Todos se hicieron ese examen.

- Pude romper una barrera que se crea dentro de este ámbito delictual que es la cárcel. Hay ciertos códigos, ciertas normas que uno no puede infringir. Todo esto nos ha ayudado y nos ha dado herramientas para romper esto. Ya no tenemos miedo a decir la verdad. A mostrarnos como somos- dice Bruce (28 años), quien fue condenado a 14 años privado de libertad por robo con violación.

Uno de los actores que más tiempo lleva en la cárcel es Miguel (34 años). Ha pasado 16 años viviendo privado de libertad. Le faltan cuatro más para cumplir su condena por robo y violación.

-No me gustaría hablar de eso, di vuelta la página. Me encuentro rescatando lo positivo, disfrutando estos momentos, porque van a ser únicos.

La cárcel reprime las emociones de sus habitantes. Ese fue el desafío del teatro en ellos. Que pudieran hablar por primera vez de lo que hicieron y del futuro.

- La reinserción es que ellos mismos busquen otra forma de ser. El teatro te da esa alternativa. Les digo, si quieres sigue siendo ladrón. O puedes ser actor. O puedes ser las dos cosas. Yo sé que después de tres meses van a dejar de robar. El teatro les va a dar plata, les va a dar placer- dice Bustos, la dramaturga y amiga de los 15 actores de la Cárcel de Antofagasta.

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Tercer cuadro y final.

La micro por fin se mueve. Los pasajeros pueden salir después de años en el encierro. Se han reconciliado. Ya no pelean ni se insultan.

Cuando salen ven un astronauta. Les parece extraño. El astronauta les habla.

- Vivir cerca de la muerte me enseñó a mirar verdades a la cara, así, frente a frente. ¿Cómo buscar hacer el bien, si quizás estaría haciendo el mal? No llega el final con solo irnos de aquí. No llega la libertad con solo conseguirla, es caminarla. Pero me temo que... solo volveremos a nacer de la tierra para comenzar la rutina del roce, sin ir a ningún fondo, sin hacer lo que se nos antoje.

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La obra termina.

Aplausos de un teatro lleno. Emoción. Lágrimas. Felicitaciones.

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Detrás del escenario los internos se mueven eufóricos. Saben que fueron parte de la primera obra carcelaria estrenada en un Teatro Municipal. El trabajo de varios meses ha finalizado. Se abrazan y ríen. Por momentos parecen niños celebrando un cumpleaños.

Tirados en un rincón están las cadenas y los chalecos amarillos. Nadie se acuerda de eso. La vela al lado de Vishnu, para alejar las malas energías, sigue encendida.

Todo es mirado atentamente por los gendarmes que fueron asignados al operativo. Fueron casi dos por cada interno.

El estreno abierto al público de Antofagasta fue el jueves 28. Una semana antes, el jueves 21, hubo otra presentación en el mismo lugar. Fue para autoridades políticas y judiciales de la región. También para los familiares y amigos.

Por eso había tanta emoción. Una visita familiar afuera de la cárcel es inusual. Una visita más libre, con más gente. Una visita sin barrotes.

Hubo gente que se reencontró tras años sin verse. Parejas que aprovecharon el momento para besarse sin parar. Hijos saludando a sus padres. Madres llorando. Selfies por todas partes.

El encuentro fue de media hora. Gendarmería pidió a los familiares que salieran del teatro, ya que los actores debían regresar a la cárcel.

De vuelta a ponerse el chaleco y las cadenas. De vuelta a la cárcel.

La última despedida fue con Bustos, la dramaturga. Formaron una fila y se fueron rumbo al carro que los iba a trasladar.

Después el silencio.

La vela se apagó cuando el último actor salió del Teatro Municipal.

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Francisco (31 años) estuvo privado de libertad por 12 años. Tres robos con violencia en los cerros de Valparaíso lo condenaron. Tuvo que pagar sus culpas. Sobrevivir tras las rejas. Golpear y ser golpeado.

En resumen, fingir que era otra persona.

En la cárcel se hizo tatuajes para intentar demostrar que era más rudo de lo que parecía. Los nombres de cada una de sus expololas. Formó un clan. Era el encargado de repartir a sus hombres por los módulos enemigos.

-Me marqué a mí mismo el cuerpo recibiendo muchos golpes. Me hice masoquista prácticamente. Son anécdotas que quiero borrar, son el menoscabo, los insultos. Fui torturado. Fui encerrado 23 horas .

Salió con libertad condicional el año pasado y siguió participando en el taller. Aparenta mucho menos edad de la que tiene. Tuvo que crecer tras las rejas y no quiere volver. Está arrepentido de sus golpes. Encontró trabajo hace poco.

- Soy guardia en un supermercado. Fue un gran enfrentamiento en contra de mis leyes carcelarias. Eso fue lo más violento. Hueón, soy guardia. Tomar detenidas a personas cuando tú hacías algo así - dice Francisco. Lo tomé con calma, tengo un objetivo mayor.

El plan es ganar algo de dinero para seguir perfeccionándose en el teatro y así formarse en lo que le gusta.

- Ese deseo, ese gusto porque tu cuerpo explote de energía. He visto tipos rudos de la cárcel que con el aplauso han llorado. Tipos que en 10 años nunca los vi llorar. El aplauso, la adrenalina hacen eso. El artista queda despojado.

Ahora Francisco es actor.

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