Columna de Ascanio Cavallo: Mapa y papel

¿Fue un cataclismo el del diciembre pasado? El país no parece haberlo vivido así; y en cuanto a la sólida mayoría que votó por Piñera, parece haber sido más bien al revés. De haberlo, el cataclismo se produjo en el centro y en la izquierda y, más precisamente, en la alianza entre la DC y el PS que ha dominado la política chilena desde el fin de Pinochet.



Los aficionados a la cartografía política habrán podido empezar a disfrutar con los desplazamientos que están concibiendo los dirigentes políticos. Estos fenómenos se producen después de grandes cataclismos o, por lo menos, de eventos que los mismos dirigentes perciben de esa manera. En este caso, el cataclismo fueron las elecciones pasadas y, más precisamente, la presidencial de diciembre, que llevó a Sebastián Piñera de regreso a La Moneda con un porcentaje de votos mayor que el que sus adversarios toleraban.

Claro que esas elecciones venían precedidas de las parlamentarias y la primera vuelta, donde ya se había producido el descarrilamiento de la Nueva Mayoría, una coalición que mostró una singular inhabilidad para sobrevivir. Una lección colateral es que no hay que fiarse de los grupos con nombres grandilocuentes.

Pero la principal lección, la que nunca se aprende en política, es que es irrisorio constituir alianzas solo para ganar el gobierno, sin importar el plan de trabajo ni los objetivos que se buscan, y sobre todo sin saber si se tienen las capacidades para hacerlo. La vieja idea de Barros Luco de que los problemas del gobierno son de dos tipos -los que se resuelven solos y los que no se resuelven nunca- es rabiosamente oligárquica, de ningún modo popular o mayoritaria. La gente no vive de esa manera. Por el contrario, vive buscando soluciones a urgencias de primer orden y no tiene un bolsillo ajeno -como es el fiscal, siempre ajeno- para echar mano cuando se le acaban los recursos.

Por supuesto que esto no describe completamente a la Nueva Mayoría, sino a algunos de los partidos que la integraron sin poner atención a sus capacidades y a algunos otros que suelen creer que el bolsillo ajeno lo resuelve todo.

Y bien: ¿Fue un cataclismo el del diciembre pasado? El país no parece haberlo vivido así; y en cuanto a la sólida mayoría que votó por Piñera, parece haber sido más bien al revés. De haberlo, el cataclismo se produjo en el centro y en la izquierda y, más precisamente, en la alianza entre la DC y el PS que ha dominado la política chilena desde el fin de Pinochet. Primero se destruyó la DC, repentinamente insegura de los pactos y proyectos que había estado firmando por cuatro años.

Como todos los grandes partidos amenazados, la DC no ha dejado de existir y se resistirá a ello por un rato. Pero ha perdido grupos de militantes muy significativos, conserva su espíritu de supervivencia en el Congreso y está embarcada en un esfuerzo tremendo por reinstitucionalizar su dirección, lo que supone rescatarla del "secuestro" de sus parlamentarios. Cosa bien difícil, porque al final del día los parlamentarios son los dueños de los únicos votos que han quedado y nunca están dispuestos a poner esas preciadas posesiones al servicio de otros.

El Presidente Piñera, que lleva años esperando esa desintegración, ha movido el eje de su gobierno hacia el centro, obligando a sus propios jacobinos a bajar la cerviz y atemperando los rasgos derechistas y conservadores del programa hasta donde le resulte posible. Aspira a crear con ello un movimiento gravitacional que se lleve a su molino una parte del centrismo ahora huérfano.

El otro gran desplazamiento -o parte del anterior- se está produciendo en la izquierda. No es preciso volver a cada rato sobre lo que ha significado para la izquierda tradicional la irrupción del Frente Amplio con su 20%. La expresión visible de ese shock se encuentra en la distribución de los asientos parlamentarios, a muy pocos de los cuales se puede acusar ahora de haber sido prohijados por la Nueva Mayoría -como se hizo en el cuatrienio anterior con Giorgio Jackson y, algo menos, con Gabriel Boric. La autonomía del Frente respecto del resto de las fuerzas políticas ya está fuera de discusión, aunque no cesen ni vayan a cesar los intentos por cazar a algunos. Y en esa autonomía, se representa a sí mismo como la nueva y verdadera izquierda.

El Partido Socialista emergió de su último congreso con una definición ocurrente: "El centro de la izquierda". Ya no se ubica cerca de la centroizquierda, ni menos a la derecha de ella. Estaría, por lo que se entiende, en una imaginaria equidistancia entre el PR y todo lo que esté más allá, hasta Eduardo Artés, por ejemplo. Esta nueva planimetría lo aleja de la DC, desde luego, pero pone también en ciertos aprietos al PPD, que aún debe resolver si se ubica en la centroizquierda o en la izquierda a secas, y ofrece una suerte de invocación al Frente Amplio, propietario en disputa de ese territorio.

¿Cómo ve la gente estas posiciones? Solo se dispone de la más reciente encuesta Cadem para tener una idea. Quienes se declaran de derecha sitúan como mejor representación (70 puntos o más) de su sector a Joaquín Lavín y, con cierta distancia, a Andrés Allamand (el Presidente Piñera está excluido). Los que reconocen filiación en el centro ponen en los primeros lugares al mismo Lavín, seguido, también con distancia, por el exministro socialista José Miguel Insulza. Y los que se definen de izquierda dan sus preferencias a la excandidata presidencial Beatriz Sánchez y a los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric (en ese orden, que para ellos puede ser importante).

Excepto Insulza, nadie de la Nueva Mayoría figura en estas altas valoraciones. Y excepto Allamand, tampoco nadie de Chile Vamos que haya sido precandidato presidencial. Esta muestra es discutible -como todas- y presenta algunas ausencias relevantes, pero ofrece una idea del abismo que se ha abierto entre las opiniones del público y las percepciones de los dirigentes.

Los encuestólogos interpretan la posición de Lavín -también primero entre las cifras más blandas de los independientes- como una popularidad desvinculada de la política contingente, equivalente, por ejemplo, a la de la esposa del Presidente, Cecilia Morel. Es más o menos lo que se decía hace 20 años, cuando nadie imaginaba que podría poner en aprietos a la más insigne figura de la izquierda de entonces, Ricardo Lagos.

En fin: un mapa es siempre la representación de un territorio. Hasta que coincide totalmente con él, y en ese momento solo se le reconoce por los signos de las calles. Y no abandona su estado de mapa mental hasta que se convierte en mapa papel. Papel-papeleta, por ejemplo.

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