Columna de Alan Pauls: Tan alemanes

BERLIN, GERMANY - SEPTEMBER 23, 2015: Famous Brandenburger Tor (Porta di Brandeburgo), Germany

Basta liberar los ojos del yugo del celular y apuntarlos a la ventana para entender hasta qué punto Berlín no es la Meca ecofriendly del alternativismo neobohemio que (todavía) encandila a todo el mundo con menos de 40 años y ganas de resolver de un modo nuevo la dialéctica de la excepción y la regla.




La Historia se escribe dos veces: la primera, como acontecimiento; la segunda, como efeméride, celebración cultural, feria de merchandising. Hegel no llegó a conocer a Helmut Kohl ni a Angela Merkel, pero su famosa sentencia -con los retoques del caso- parece ajustarse como anillo al dedo a las Alemanias que cada uno de estos cancilleres famosos gobernó, y sobre todo a la distancia y la relación que hay hoy entre ellas, motivo de rememoración y debate intensos en estos días en Alemania. El 3 de octubre pasado, miles de alemanes salieron a la calle a celebrar el Día de la Unidad, fecha que evoca la entrada en vigencia del tratado de reunificación de las dos Alemanias -la Federal, la ex Oriental- impulsado bajo el liderazgo de Kohl en octubre de 1990. En unas semanas más, miles de alemanes saldrán a la calle a celebrar el trigésimo aniversario de la Caída del Muro (9 de noviembre de 1989), quizás el acontecimiento político más preñado de entusiasmo y esperanza que la historia contemporánea de Occidente pueda ofrecer, llegado el caso, a los marchands marcianos interesados en coleccionar chucherías de galaxias remotas.

El presente es como Trump: tosco, torpe, expeditivo, solo combina dos colores, desprecia matices y perspectivas, lo achata todo y hasta insolenta la cadena de causas y efectos.

La sumisión al presente (denunciada por otro alemán, Alexander Kluge, ya en 1985, antes de que nada de todo esto hubiera sucedido, en un filme extraordinario llamado El asalto del presente sobre el resto del tiempo) explica que, puestos a festejar, los alemanes celebren hoy las consecuencias (la Reunificación) antes que las causas (la Caída del Muro). Lo cual no deja de ser extraño. Sobre todo por las distintas coloraciones que cada celebración luce a la luz del presente alemán.

Treinta años después, la caída del Muro conserva intacta su carga de romántica emancipación, su pureza de turning point exaltado y dramático, su potencia de ícono progresista. Sigue siendo sinónimo de júbilo, euforia, liberación. Veintinueve años después, en cambio, la reunificación está lejos de la utopía reconciliadora que prometía ser. Sigue siendo un proceso largo, difícil, trabado, la negociación problemática y equívoca que nunca negó que sería y cuyos resultados defraudan empecinadamente las expectativas que alguna vez suscitó. Es la lucha -siempre desigual- entre el Instante y el Proceso, el Acto y el Desarrollo, el Rapto y la Duración. Sin duda, como todo el mundo, los alemanes no traicionan la Historia al recordarla. Simplemente, la vuelven prosaica. Celebran una causa (la caída del Muro) sabiendo que su consecuencia (la Reunificación) no tuvo lugar; y celebran una consecuencia (la Reunificación) que no parece hacer feliz, ni satisfacer, ni esperanzar, ni aliviar a nadie.

Pero los alemanes no están locos, como es más que obvio. Si hacen lo que hacen es tal vez porque no tienen más remedio; porque el tipo de deuda que contrajeron con la Historia al hacer esas dos pequeñas cosas (tumbar un muro, encarar la unificación de dos países cuya enemistad encarnaba la que regía al planeta entero: dos cosas que condensan todo el siglo XX) quizá les imponga ese camino paradójico, poco consistente, a primera vista, con el proceder unívoco, eficaz y progresivo que sería de esperar de una potencia mundial como Alemania: celebrar la caída del Muro (sabiendo que no están ni estarán nunca a la altura de ese acontecimiento), celebrar la Reunificación (sabiendo que no la consiguieron, que puede que no la consigan nunca). En el fondo, tal vez sigan siendo fieles al eslogan más productivo que parió mayo del 68, ese que exhortaba a ser realistas y pedir lo imposible.

Una pregunta es si los que salen a la Puerta de Brandeburgo de Berlín a festejar el Día de la Unidad son los mismos que llenan las salas de los debates, simposios y exposiciones con que la ciudad empezó a celebrar hace unas semanas, en muchos casos para revisarlos críticamente, los 30 años de la Caída del Muro. Gute Frage, nächste Frage, como dicen por acá. ("Buena pregunta. ¿Próxima pregunta?"). Aunque quizás haya una pregunta previa, o por lo menos simultánea: ¿Salen por lo mismo los miles que salen a la calle el Día de la Unidad? Yo estuve ahí, caminando por la Av. 17 de Julio, la pasarela de los festejos, y no me pareció percibir en el aire un motivo, una atracción más cívica y tentadora para participar de la apacible multitud que el perfume de la bratwurst y la cerveza, una algarabía general típica de kermesse (puestos de globos, pesca de patos, tiro a la pirámide de latas) y la oferta musical surtida de los tres escenarios montados en el lugar, uno dedicado a la electrónica (o a sus ruinas), otro al rock (o a sus autoparodias), el tercero, pegado a la puerta de Brandeburgo, a una especie de lírica Pimpinelliana histriónica y vehemente, todo lo cual, sumado a la bella y fría tarde de otoño, configuraba un programa nada despreciable para un feriado, que en Berlín, al revés que en todas partes, es un día verdaderamente muerto.

Más políticamente motivados debían estar Angela Merkel, que en el acto oficial defendía la unificación aun considerándola "inacabada", llamaba a "cumplir con la Constitución" y a decir "no a la intolerancia, la exclusión, el odio y el antisemitismo", y sin duda los dos mil energúmenos de ultraderecha que en ese momento, mientras mi hijo debutaba en las hamacas voladoras y yo lo filmaba aterrado, desfilaban por la Friedrichstrasse al grito de "¡Merkel fuera!", alertando a un público de amenazantes extranjeros virtuales de que "¡Esto es Alemania, no vuestro país!" y escupiendo a los periodistas -"mensajeros de la tontería"- cada vez que intentaban arrancarles algo más articulado que un insulto. Detrás de la marcha estaba la organización Wir für Deutschland ("Nosotros por Alemania"), emisaria de una derecha radical en vías de militarización que ya se cargó a un intendente democratacristiano, protagonizó el año pasado unos 560 delitos de inspiración ideológica y terceriza la siempre tediosa actividad política legal en la AFD ("Alternativa para Alemania"), el partido xenófobo que en las últimas elecciones se quedó con entre un cuarto y un tercio de los votos en tres de los estados más importantes de la ex Alemania Oriental y ya forma parte del paisaje parlamentario nacional.

Pero yo me comí mi bratwurst, y mi hijo dio cinco minutos de vueltas en el aire sano y salvo, y el dúo de corpulentos jilgueros terminó lo suyo sin problemas en el tercer escenario, y nadie tuvo que enterarse de lo que Merkel había dicho en el acto oficial ni enfrentarse -pese a lo cerca que todos estábamos de todos- con el aliento a odio y muerte que exhalan los nuevos redentores de Alemania. Lo cual está bien, por supuesto, y mal a la vez: porque el hecho de que lo real no se nos imponga es siempre una señal de civilización (muy codiciada por los que vivimos en países latinoamericanos), pero también una de las condiciones que hacen que la política (es decir: el arte de lograr que lo real se nos imponga lo menos posible) pueda seguir siendo patrimonio exclusivo de cofradías corporativas como la de los jefes de Estado y la de los etnohigienistas.

Sin embargo, en Berlín -en la Berlín hipstergentrificada pre fastos por los 30 años de la Caída del Muro- es muy difícil que pasen inadvertidos. Yo los veo todas las tardes cada vez que voy a recoger a mi hijo al jardín de infantes, cuando el tren que tomo en una estación del corazón de Schöneberg, un barrio tradicional del oeste, me deja en Lichtenberg, corazón del este profundo. En 40 minutos he cruzado la ciudad de punta a punta. Basta liberar los ojos del yugo del celular y apuntarlos a la ventana, o a la gente que va subiendo al vagón a medida que nos alejamos de Occidente, para entender hasta qué punto Berlín no es exactamente la Meca ecofriendly del alternativismo neobohemio que (todavía) encandila a todo el mundo con menos de 40 años y ganas de resolver de un modo nuevo la dialéctica de la excepción y la regla, o hasta qué punto esa Berlín "pobre pero sexy" -como la definió hace años Klaus Wowereit, uno de sus alcaldes más recordados- está fundada, lo quiera o no, en otra, una ciudad dura, áspera, lastimada por la frustración, la postergación y el desamparo, de la que ya no hay muros que la separen. Los veo en la estación de Lichtenberg, viviendo a la intemperie, apiñados en el asentamiento que desde que llegué, hace cinco meses, ha duplicado su tamaño y ya copa medio parking para bicicletas, fieles a esa estética rocker ultraalemana -jeans pálidos, pelo al rape o con colita, pantalones militares, cadenas, tatuajes- cuyo espectro va del country (y una especie de ruralismo hippoide) al metal más extremo y ampara bajo el mismo paraguas white trash a adictos, desocupados, homeless y todos los parias que la reunificación no consigue o no piensa considerar o que incluso, en muchos casos, ella misma produjo.

Los veo cuando me oyen hablar en castellano y me miran o me atienden mal. Los veo cuando persiguen por la estación al morocho que los rozó sin querer al cruzarse en las escaleras. Los veo en la sexagenaria atildada que reacciona con una mueca de agravio y asco ante las efusiones sonoras de la familia turca con la que le toca compartir vagón en el subte.

Los veo pactando complicidad con sus pares rusos o polacos, sobrevivientes -como ellos- de un experimento que se extinguió sin dejar otra posteridad que la reunificación. No en vano Lichtenberg es uno de los distritos de Berlín donde la AFD es más poderosa y no para de crecer, tendencia que se reproduce también a escala nacional, en el este del país todo. Ahí vivían en 1989 los alemanes orientales -os ossies- que salieron con sus picos y sus mazas a derrumbar el Muro. Ahí viven hoy, más ossies que nunca -aunque el Muro se venda como souvenir en Checkpoint Charlie-, los no reunificados que reclaman que Alemania vuelva a ser de y para los alemanes como ellos.

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