La transparencia equivocada

Como plantea Byung-Chul Han, más transparencia no lleva más verdad: "El exceso de exposición hace de todo una mercancía", dice. Si nuestra propia clase política no actúa para contrarrestar el vacío de lo público, seguiremos asistiendo a barbaries como las que vimos esta semana en el hemiciclo.




Uno de los filósofos más polémicos de la actualidad es el coreano-alemán Byung–Chul Han. Escribe libros muy cortos que suelen destruir muchas ideas instaladas como dogmas en la sociedad moderna, en los medios y en la política. Una de ellas es la transparencia, que Han lo ha denominado como una "coerción sistémica".

En las menos de 100 páginas de su libro La sociedad de la transparencia ataca con virulencia el excesivo culto a la exposición y plantea que el exceso de transparencia, tan de moda en este barrio, no lleva más verdad, sino lo contrario.

Sus palabras son duras y polémicas. Refiriéndose a la farandulización de la agenda pública dice: "En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en valor de exposición (…) El exceso de exposición hace de todo una mercancía".

No exculpa tampoco a la clase política: "Los políticos no se miden por sus acciones, y esto engendra en ellos una necesidad de escenificación. La pérdida de la esfera pública deja un vacío en el que se derraman intimidades y cosas privadas. En lugar de lo público se introduce la publicación de la persona".

Pareciera que Han habla de lo ocurrido el 10 de noviembre con la publicación de chats privados del diputado Ceroni, obtenidos a través de un teleobjetivo en el salón plenario de la Cámara de Diputados.

¿Hubo alguna noticia sobre cómo terminó dicha sesión plenaria, y cómo votó el diputado Ceroni y el resto de la cámara?

¿Se preocupó la prensa de cuántos diputados y diputadas estaban presentes en la sala y cuáles eran los puntos de vista de cada uno?

Sólo el "evidente vacío de lo público" hace que lo interesante sea la anécdota, la escenificación y la excesiva publicación de la persona.

Quienes realmente conocen el Congreso saben que la verdadera acción que configura las leyes ocurre en las comisiones y no en el salón plenario. Y ahí no hay panóptico, ni El Dínamo. Ni siquiera hay público, y sólo algunas las transmiten por TV, sin quedar claro cuál es el criterio que lleva a la selección.

A manera de ejemplo, el mismo día que se publicó la noticia sobre los gustos privados del diputado Ceroni hubo 14 comisiones citadas, de las cuales sólo 3 fueron transmitidas por el canal de televisión de la Cámara.

O sea, lo que la Cámara de Diputados permite ver con exceso es qué hace el diputado mientras está en el salón plenario y no el crisol donde se hacen las leyes —las comisiones— sin televisión y sin público.

Alguien podría contraargumentar que el poco interés por lo público y la construcción sobre el Congreso, donde prima la historia del diputado viajero, del diputado koala, del diputado chateador o del político que ve fotos por sobre los actos de real peso, hacen innecesaria la exhibición de las comisiones.

Y que tampoco es responsabilidad del Congreso la frivolización de la agenda pública. Y tienen razón. Como dice Byung-Chul Han, "la política hoy carece de inspiración".

Pero si nuestra propia clase política no actúa para contrarrestar el vacío de lo público y promueve el exceso de exposición y la cuña comunicacional por sobre la política, habrá más publicidad burlándose de políticos, o imágenes de sesiones plenarias con parlamentarios rascándose la nariz, o más actos bárbaros como del que fue víctima el diputado Ceroni.

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