La Tercera

Claudio Naranjo, un zombi y el corazón endurecido

Foto: Agencia EFE

En sus memorias -tituladas Ascenso y descenso de la montaña sagrada-, el reconocido siquiatra no sólo repasa su nutrido camino profesional. También su ruta más íntima, la de los vínculos familiares. Habla del desamor de sus padres, de las esquirlas que eso le dejó y de cómo su hijo fue una tabla de salvación. Aunque haya una tragedia incluida.

De manera espontánea, cuando habla de su madre, Claudio Naranjo (86) cuenta esta historia. Lo hace con voz quieta, pese a que no es un recuerdo feliz: “Yo chupaba y chupaba de la teta de mi madre sin poder sacarle leche y sólo a los seis o siete días de mi nacimiento vieron que estaba perdiendo peso en vez de ganarlo. Así, mi primera experiencia después de nacer fue el hambre y todo causado por un estrechamiento de los pezones de mi madre, como que ella no quería darme leche de su cuerpo. Tuvo que ver con el hecho de que no fue ella quien quería tener un hijo, sino que mi padre”.

Esa madre, que se llamaba Julia Cohen, es uno de los personajes de los que Claudio Naranjo más escribe en su recién publicada autobiografía Ascenso y descenso de la montaña sagrada. En el libro hay, claro, un recorrido por lo que uno ya sabe de un hombre como Naranjo: que es un reconocido siquiatra, que es seguido como rockstar y rebalsa auditorios con sus conferencias, que de joven se ganó las becas Guggenheim y Fullbright, que tiene posgrados en universidades norteamericanas y es doctor honoris causa en varias otras, que ha escrito decenas de libros, que ha sido un médico poco convencional, que en sus tratamientos usó alucinógenos que él mismo experimentó, que se convirtió en referente de la terapia Gestalt y la sicología transpersonal -donde no sólo importa la mente, sino también el espíritu-, que ha usado la música y la meditación como armas terapéuticas. Todo eso está en las 800 páginas de este libro. Pero lo que más sorprende, por el desgarro y la honestidad que tiene, es el viaje interior por sus afectos. Una ruta que, según él, comenzó con el desamor.

-Cuentas que tu madre, que estudió Derecho y Periodismo, era una mujer muy ilustrada, amiga de intelectuales, gran anfitriona. Pero que era escasamente tierna y muy desconectada de su maternidad. ¿De qué manera eso te resintió?
-Bueno, cuando uno no tiene algo, a veces ni siquiera quiere imaginarse qué es lo que le falta. No tengo el recuerdo de querer que mi madre me quisiera de una manera que no me quería, era como un mundo desconocido para mí eso del amor. Pero no ser visto, no tener un retorno, me dejaba seco. Es como lo que han descubierto en estudios con macacos: que si un macaco no tiene una madre peluda a la cual aferrarse, después no tiene capacidad maternal. El desarrollo del amor requiere que uno haya recibido amor. Así que yo fui una persona muy poco empática, muy aislado, muy poco interesado en los demás. Yo uso mucho la palabra zombi, yo creo que fui un zombi.

-Qué fuerte reconocerse zombi.
-Sí. El camino mío ha sido como un empezar a sanar desde que tengo memoria. No me ha interesado otra cosa en la vida que, como Pinocho, llegar a ser una persona de verdad.

-Lo escribes en tu libro: “Crecí aislado en mi propio mundo, con escasa experiencia de los demás y de mí mismo. Aprendí a no molestar y a esperar sin reaccionar. Aprendí a estar solo, sin sentir soledad, sin sentir nada, convirtiéndome en algo como un zombi”.
-Sí, y eso tuvo mucho que ver con mis primeras experiencias al nacer, como la que te conté de no poder sacar leche de la teta de mi madre.

-¿Pudo darte leche finalmente?
-No, me cambiaron a la mamadera. Y yo preferí la mamadera, lo que en cierto modo fue simbólico: que prefiriera el mundo de las cosas al mundo de las personas.

-¿Cómo de niño buscabas llamar la atención de esa madre desconectada de ti?
-Mi madre me mandó interno desde los 7 años y no era claro por qué, pero yo en mi calidad de zombi ni siquiera se me ocurría preguntarle por qué viviendo a sólo 20 minutos del colegio me ponía interno. Entonces, hice un razonamiento implícito de que la única forma de tener amor de mi madre o interesarla era ser un buen alumno. Me volví más intelectual por esta necesidad de decir aquí estoy, existo.

-En el libro dices que en tu infancia la odiaste inconscientemente, y que en la adolescencia el odio hacia ella fue consciente.
-Sí, recuerdo muy bien que a eso de los 14 años yo quería darle patadas a mi madre en la cara y me parecía sumamente injusto cuando ella, supuestamente, era tan buena madre. Para mí no había la idea de que ella me hubiera fallado, de que por alguna razón justa yo pudiera estar enojado, entonces me parecía una aberración odiarla, me sentía un monstruo de tenerle tanta rabia.

-Pero la rabia estaba…
-Claro, estaba. Y tuve que dedicarme a la sicoterapia para sacar esa rabia, para tratar de entenderla, por último para dejarla de lado.

Ser padre

El padre se llamaba Vicente Naranjo. Era el proveedor del hogar, trabajaba como tesorero provincial de Valparaíso y estaba poco en casa. Sí se daba el tiempo de plantar naranjos en el patio. Era muy distinto a su esposa, Julia, pese a que ambos eran librepensadores y viajeros. Él tenía una biografía más humilde, que esta mujer con ascendencia francesa miraba no pocas veces con desdén. Con los años terminaron separándose.

Claudio Naranjo fue hijo único. Y se daba cuenta de las diferencias entre sus padres. Incluso en detalles cotidianos: “Cuando viajaba con ellos en coche y la radio estaba encendida, mi madre elegía la música clásica; y mi padre prefería la música popular”.

-Pero tampoco lograste una conexión con tu padre. Intentaste amarlo, pero él siempre se mantuvo lejos y delegó todo lo tuyo a tu madre, mientras tú lo idealizabas a la distancia.
-Así fue. Yo diría que siempre he andado buscando a un padre, también sin darme cuenta; que he buscado gente a quien admirar.

-¿Y esta carencia del padre fue distinta a la de la madre?
-Diría que sí. Mi padre era más maternal que mi madre, tenía un contacto más fácil, era más protector, más tierno; sólo que no lo fue conmigo, porque mi madre tenía una actitud muy posesiva conmigo. Cuando conocí a Bob Hoffman, un gran clarividente, él me dijo esto: que veía a mi padre acercarse a mi madre cuando yo recién nacido estaba en los brazos de ella; que mi padre quiere tomarme en brazos y mi madre se escandaliza ante la idea de que lo haga porque no está esterilizado. Hoffman me dijo que mi padre se enojó y tuvo una actitud de “bueno, quédate con tu chiquillo, yo me desentiendo”. Y eso fue lo que yo siempre sentí: que mi padre no se metió, se alejó, renunció a ser mi padre. Así que yo sentía en mi padre una persona humana, querible y cariñosa, pero que se había retirado de mi vida y yo no entendía por qué.

-¿Qué pasa con todo eso cuando a ti te toca ser padre? ¿Repites el molde o te conviertes en el padre que a ti te habría gustado tener?
-Hubo un elemento de no querer ser como mis padres. Al ser yo padre, quise muy especialmente que mi hijo fuera libre, pero eso no fue solamente una rebelión al ambiente convencional en torno a mí, había también un elemento de experiencia directa. Para mí fue muy cierto lo que leí que decía Dostoievski: que con un hijo todo se puede hablar, y que un niño es un ser maravilloso. Tenía yo esa percepción del niño como algo cuasi divino, que no se ha ensuciado en el mundo todavía. Entonces sentí una responsabilidad de tratarlo como alguien que, por una parte, tiene una gran altura en su conciencia aunque no sepa del mundo, pero que se merece que todo se le explique bien y honestamente. No quería repetir mi propia infancia, en que todo se hacía sin consultar conmigo y como en automático.

Matías Naranjo Bruna nació en Santiago, el 27 de enero de 1959. El mismo día de Mozart, escribe su padre Claudio en el libro. Él también le eligió el nombre: asoció Matías al sánscrito “mat” -alusivo a la sabiduría- y a la terminación “ías”, que según él era un sonido que visualizaba como una línea ondulante y le sugería la trompa de un elefante. “Matías fue como una gota de alegría en mi vida”, escribe en su autobiografía.

Claudio Naranjo se separó de su esposa, Cecilia Bruna, cuando el niño tenía 4 años. Claudio, que estaba instalado en Berkeley, Estados Unidos, comenzando una carrera sólida como terapeuta, lo veía por temporadas cuando venía a Santiago. Cuando unos años después la madre de Matías se trasladó a París, decidió dejar al hijo con el padre. El chico llegó a vivir a Berkeley a fines de los años 60.

-Tenías una relación cercana con tu hijo. Aunque también reconoces una paternidad insuficiente, que te sentías poco preparado para eso.
-Sí, en cierto modo olvidaba a Matías emocionalmente. Recuerdo haber tenido sueños en que lo llevaba en un maletín; él ya no era una persona más en el mundo de las personas, sino un objeto en el mundo de mi trabajo. Me parecía monstruoso eso, pero me pasaba.

-Me pareció una relación con culpa de tu parte, por la separación con su madre, por no verlo con frecuencia… ¿Cómo se quiere cuando hay sensación de deuda?
-La deuda me recargaba el ánimo, pero no creo que me quitara capacidad de amor. Lo que me quitaba capacidad de amor era que simplemente yo era una persona de corazón chico, de corazón estrecho desde la infancia.

-Tú hablas de un corazón endurecido. Herencia del niño zombi, supongo.
-Claro; el zombi era ya menos zombi, pero algo quedaba de ese mal, de ser una persona fría.

Tendría que ocurrir una tragedia, el dolor más profundo de todos, para que ese corazón endurecido de Claudio Naranjo se ablandara. Se rajara por dentro. Se partiera en dos.

Por fin el amor

Fue en Semana Santa de 1970. Claudio Naranjo andaba por viaje de trabajo en San Francisco. Matías, su hijo, se había ido con unos amigos del padre a un paseo en otra localidad de California. En el camino, el auto en que iba el niño se desbarrancó. Varios ocupantes quedaron heridos. Matías murió de inmediato. Tenía 11 años.

Un policía llamó al padre a las 5 de la mañana para avisarle. Claudio Naranjo estaba en la pieza de su hotel. Dice que se puso de rodillas en la cama y dio golpes de puño contra ella. Lo que sentía, lo define como “una avalancha de dolor”. Lloró por varios días.

Hasta que en un momento se dio cuenta de que sus “lágrimas estaban equivocadas”. Que para que la muerte de Matías no fuera en vano, él debía encontrarle un sentido. Y que eso partía en el lado izquierdo de su pecho. “Fue como sanar de mi mal. Mi mal era esa insensibilidad, esa anestesia emocional, pero con la muerte de Matías se me rompió ese velo sobre el corazón”.

-En el libro dices que la muerte de Matías fue “la manera en que Dios golpeó mi corazón endurecido”.
-Exactamente, me imaginaba que Matías había venido al mundo para hacer eso por mí: golpearme el corazón y rajármelo, para que yo pudiera sentir el dolor y empezar a amar al mismo tiempo.

-Romper ese corazón de zombi.
-Sí, ese corazón de zombi.

-Había una misión, entonces.
-Desde que Matías murió, la imagen era como si él hubiese venido al mundo para morir, para darme la experiencia de su muerte y así despertarme. Que eso fuera una voluntad superior puede estar sugerido en que su muerte ocurrió el Sábado Santo.

Tres meses después de la muerte de su hijo, Claudio Naranjo se fue 41 días al desierto en Arica. Estuvo solo, meditando y contemplando la naturaleza. Abriéndose, a sus 37 años, a lo que llama una nueva vida. Centrada en la espiritualidad y en el amor. A sí mismo y a los demás. Que es parte importante del trabajo que ha desarrollado como terapeuta.

“En mi retiro en el desierto en Arica había un propósito de iluminación, de realización mística. Era como si no contento con haber salido de la anestesia emocional, no contento de que la muerte de Matías había cumplido su propósito, no contento con que esa muerte había tenido el sentido de despertarme emocionalmente, quería yo usar esa circunstancia para ir más allá. Me sirvió de gasolina para hacer el trabajo que necesitaba en el desierto, para seguir los trabajos que me estaban pre-escritos. Fue como una elaboración de la muerte de mi hijo”, dice.

-Otras muertes no te afectaron tanto. Pienso en la de tu padre, en un accidente. O la de tu madre, cuando era ya una señora octogenaria y enferma.
-Sí. La de mi padre, fueron apenas unas pocas lágrimas. La de mi madre, nada. En su funeral sonreía casi extático, con la idea de que ella estaba contenta de irse. Me dijo por teléfono cuando la llamé antes de viajar a verla por última vez: “Aquí estoy con vida, pero no sé si es castigo o regalo”.

-En el libro dices que con el tiempo has tratado de amar a tus padres. ¿Lo lograste?
-Sí, es una de las cosas que he alcanzado. Ya no puedo decir que estoy disgustado por la vida que me tocó. Me reconcilié hace mucho con eso, entendiendo que estamos en un universo causal, que todo es de la única manera que pudo ser y que ellos no tuvieron alternativa. Lo hablamos con mi madre en vida y ella me pidió perdón; así que antes de que muriera yo ya la había comprendido y me había reconciliado con ella.

Claudio Naranjo queda en silencio. Por el teléfono -él está viviendo en Barcelona- sólo se escucha su respiración y el golpeteo de su mano izquierda sobre una mesa, porque hace un tiempo empezó con temblores que la ciencia no ha podido explicar. A sus 86 años, este hombre tiene la salud resentida. Al inicio de la conversación contó que en estos últimos doce meses ha estado seis veces hospitalizado. La última fue en enero en Udine, Italia. Le dan bronquitis espásticas que lo asfixian, y le dejan los minutos justos para llegar a un hospital. Por prescripción médica tiene prohibidos los viajes largos. Sólo hará uno más, a mediados de año, para ir a desarmar su casa en Berkeley y para despedirse de su antiguo maestro budista, antes de regresar a instalarse a Europa. Se dedicará a la vida contemplativa. Ya no dará más conferencias; sólo terminará un par de libros. Quiere concentrarse en sí mismo y prepararse para lo que llama la gran transición.

De pronto, su voz suena de nuevo en el teléfono. Retoma la idea que tenía antes de este silencio. “Sí, a mis 86 años me siento en calma con mis padres”, dice.

-Y a tus 86, ¿cómo ves y sientes a Matías, tu único hijo, muerto hace casi medio siglo?
-Siento que Matías estuvo muy cerca de mí después de su muerte, era como si estuviera presente. Y ya no está tan presente, como si lo hubiera olvidado un poco.

-¿Por qué?
-No lo sé, pero es así. Lo quise mucho, lo sufrí mucho, pero no te puedo decir que lo extrañe. Es un poco como si lo hubiera olvidado. Puedo decir que intelectualmente lo extraño, pero no es un gesto emocional, no es un verdadero echar de menos.

 

Ascenso y descenso de la montaña sagrada
Autor: Claudio Naranjo Cohen
Sello: Vergara
Páginas: 802
Precio: $ 18.000