Columna de Constanza Michelson: un diputado interferido

Imagen Gabriel Boric 21117seqn}



"(…) en nosotros hay más de una persona. Hay, por ejemplo, una que únicamente aparece en los intervalos de una décima de segundo, o de una veintésima. Y otra que sólo puede producir sus efectos si transcurre un tiempo un poco más largo" Paul Valery.

Un hombre saca una piedra del camino. Se le ocurre que por ahí podría pasar su amada y volcarse. Luego vuelve a poner la piedra para anular el primer acto que le parece algo absolutamente estúpido de su parte. Pero el segundo acto no invalida el primero, volver a poner la piedra sigue siendo algo igualmente absurdo. Sin embargo, si no la quita otra vez, teme que entonces secretamente pudiera odiar a su novia. Poner o no poner la piedra puede convertirse en un laberinto mental, como lo fue para el Hombre de las ratas, el famoso caso de Freud.

La obsesión es el infierno de la duda. Huésped intruso en la cabeza, que interrumpe la linealidad de la existencia, rompe la idea de que se tiene de sí mismo. El más ateo, irracionalmente se ve obligado a realizar rituales y compulsiones como si tuviera una religión personal. Al que se asume suficientemente inteligente para no creer en supersticiones populares, una fuerza lo obliga a producir sus propias cábalas excéntricas para evitar que el mal afecte a sus seres queridos. Tener que pestañear cuatro veces al entrar a su pieza es algo que puede ocurrirle, a pesar de sus habilidades políticas, a un joven diputado: Gabriel Boric, no pudo negociar con su síntoma mental y se fue con licencia médica por un TOC, como se le llama hoy a la neurosis obsesiva.

Más allá de los alardes de "la nueva política", el diputado está atravesado por una vieja política, tan antigua como los griegos. El obsesivo es un ser trágico, no porque sufra más que los demás, sino porque, ve, irremediablemente, que no es del todo dueño de sí mismo. Para los griegos esa fuerza más grande que el ego se llamaba destino, para los modernos, deseo inconsciente. El obsesivo tiene la particularidad de estar en parte desquiciado -fuera de sí- pero sin estar loco. Aunque la nueva política del alma y el marketing existencial empujan a un hazte a ti mismo, conócete, amate y adminístrate acorde a tu ideal, el obsesivo debe recordar cada día que el yo no es más que una ilusión. Una ilusión que puede ser violenta como el nacionalismo: para lograr la identidad soñada, hay dejar demasiados muertos en el camino.

El obsesivo ni siquiera cree en sus rituales mágicos, aun así, no puede detenerse. Esta es una importante lección política que nos deja su neurosis: no es necesario creer en la ideología, para que ésta funcione de todas maneras. Aunque alguien se defina, con un orgulloso "yo soy" (liberal, feminista, de derecha, de izquierda), uno nunca sabe, ni su propio dueño sabe del todo, si acaso está hablando desde la misma posición que rechaza.

Precisamente en ese intento de oponerse a la ambivalencia, lo incierto y las contradicciones, es que el obsesivo fracasa una y otra vez. Las cosas del amor, el sexo y la muerte -todas cuestiones que no se pueden representar del todo en una palabra correcta o en una ciencia- activan por alguna extraña asociación su angustia, luego su defensa: contar hasta siete cuando alguien habla de alguna enfermedad; repetir palabras cuando sospecha su ambivalencia, que ama y odia a la vez; tener muchas parejas o no tener ninguna para no enfrentarse a perder; tener sexo compulsivo para evitar el abismo del post coitum.

El obsesivo está atrapado entre el amor, siempre riesgoso, y el control, siempre asesino del deseo.

Prefiere las hazañas, los heroísmos, las pasiones inútiles, como sus colecciones y sus cajitas de tesoros, a la vulnerabilidad de desear. El amor del otro lo lee como un asalto, se defiende controlando a su amante, pero en el mismo acto, muere la pasión. Así es la política del deseo: el anhelado control de la vida, mata aquello que justifica el esfuerzo de vivir.

Pero el deseo es obstinado. Y en cada parpadeo neurótico, el obsesivo se cruza con él. El asunto es cómo transformar sus defensas -sus compulsiones- en una pregunta acerca de su angustia. Siempre y cuando la experiencia no quede secuestrada en unas siglas vacías, un TOC, que sólo le habla al psiquiatra que lo recibe.

Como Romeo y Julieta, tituló un diario el supuesto dilema de Boric, su nuevo amor pertenecería a un partido con el que hoy está en disputa. Pero todo lío amoroso es siempre político: cuánto del yo se transa en el encuentro con el otro. Y como en toda política, hay distintas reacciones: confiar, arriesgarse, escapar, violentar, hacer leyes y pactos.

Comenta

Imperdibles