Ese Moscú que sólo conocen los moscovitas

Llegamos finalmente a la capital rusa. La Copa del Mundo está a punto de terminar. Momento perfecto para sumergirnos en las entrañas de esta potente e interminable metrópoli y descubrir los lugares de los que sólo saben quienes habitan aquí. Lejos de las guías turísticas.


“¡Distinguidos pasajeros, Ploschad Revolyutsii!” Una voz masculina anuncia el nombre de la estación. Se abren las puertas. El vagón exhala fuerte a los cientos de pasajeros que rápidamente se pierden en los intrincados túneles. Unos para cambiar de línea, otros para encontrar la salida; todos a paso rápido. En la plataforma, en medio de los dos andenes, se observa la magnitud soviética de este lugar. Enormes lámparas cuelgan desde el cielo. Escaleras y pasadizos, con pasamanos de fierro y madera. Arcos imponentes, que sostienen esta estructura enquistada 34 metros bajo tierra y que no ha cambiado mucho desde su apertura en 1938.

Apenas la masa humana comienza a disiparse por los pasillos, irrumpe otro tren repleto, provocando violentas ráfagas de aire y un ruido ensordecedor. Así, una y otra vez, desde el amanecer hasta entrada la noche. Pero no todo es vorágine en este punto estratégico del gran metro de Moscú, que mueve a más personas en el mundo. Hay personajes que vigilan, que permanecen estáticos, con sus miradas fijas en los viajeros. Ahí están el marinero revolucionario, el señalero con los banderines y el explorador con el perro, las grandes estatuas de bronce y símbolos de esta estación. Ellas recuerdan los hitos revolucionarios, pero también son dueños de una centenaria tradición moscovita: aquel que pase su mano por alguno de ellos, tendrá prosperidad. Me acerco al explorador y le acaricio la nariz al perro, un esbelto mastín. Se dice que entrega éxito a los estudiantes en sus exámenes. Es justo lo que necesito. Hoy tengo una prueba mayor: descubrir los lugares ocultos de la capital rusa.

Martes, 9:35. El centro de Moscú funciona a toda máquina. Desde las entrañas del metro, luego de cinco minutos en escaleras mecánicas, llego al lugar que le da el nombre a la estación: la Plaza de la Revolución. Aún quedan fanáticos que esperan las fases finales del Mundial y hay hordas de turistas que invadieron esta urbe hace casi un mes. Esta vez tengo una misión específica. Saltarme el Kremlin, la Plaza Roja, el Gorky Park y la peatonal de Arbat, para descubrir lo más profundo de la capital. Esos rincones reservados sólo para los moscovitas.

Tatuajes a la rusa en Love Life Tattoo Studio. Puro estilo.

10:00. Hora de cargar energías. Por recomendación de mi amigo, el chef español Carlos Rubio, llego a Cook’Kareku, unos 15 minutos caminando desde la estación Barrikadnaya, en la línea 5. Acá el desayuno se sirve las 24 horas. Por su variada carta se puede viajar imaginariamente a cualquier país y elegir lo típico de ese lugar. Por ejemplo, si vamos a Medio Oriente, nos encontraremos con la opción de berenjenas asadas, pan pita y huevos revueltos con tomate, uno de los recomendados. O si decidimos llegar hasta el País Vasco, hay pulpo ligeramente ahumado, tomates dulces, ensaladilla y huevos. Hay café, jugos naturales y espumantes. No hablan inglés, sólo ruso.

11:00. La cultura de las barberías, como en todas las grandes ciudades, está creciendo en Moscú. Tomo la línea 10 hasta la estación Maryina Roscha para llegar a Apaches Barbershop, en una ajetreada avenida llena de edificios grises de corte industrial. Estos muchachos expertos con las navajas y las máquinas. Después de casi dos horas, me voy con un impecable corte al estilo de los soldados de la Gran Guerra y barba perfecta. Experiencia única junto a Yuri y los demás Apaches, todos moscovitas.

13:30. Sigo avanzando por el Moscú que sólo conocen los locales. La pausa de mediodía es siempre la más esperada. Sobre todo si es con recetas, sabores y productos exclusivos de Asia Central, en el mercado más ondero del sur de esta megaciudad. Antes fue un centro de distribución de mercadería durante la Unión Soviética; ahora un popular pero elegante centro gastronómico. A pasos del metro Tulskaya, aparece esta cúpula blanca, el Danilovsky Market, lleno de stands de comida, frutas, verduras, pescados, quesos, panes y otros antojos. Muchos vienen aquí a hacer las compras del día, pero lo más común es ver almorzando a bien vestidos ejecutivos. El local más visitado es el Vietnam, donde la especialidad son las sopas, servidas con verduras, pollo, especias y tallarines de arroz. Una delicia. Al lado aparece la República de Daguestán, del sur de Rusia, representada por delgados panqueques llamados “chudu”, rellenos de espinaca o carne. Una panadería de Tayikistán y el puesto de los pescados coronan la visita. Si los vendedores han tenido un buen día, puede que ofrezcan un poco de caviar negro de Astracán, aunque es difícil entusiasmarse: una pequeña lata cuesta 300.000 pesos chilenos.

Cook’Kareku, desayunos las 24 horas.

16:00. Escondido en un diminuto pasaje cerca de la estación Sretensky Bulvar, está Love Life Tattoo Studio, lugar favorito de los moscovitas que quieren dibujarse para siempre algún diseño en la piel. Una puerta de fierro da la bienvenida, sin letreros ni anuncios. Ahí se refugian los artistas, experimentados y novatos en el arte del tatuaje. En las paredes no queda espacio para más fotos, figuras, bocetos y esculturas. El rock se mezcla con el sonido de las agujas. Nadie habla demasiado, todos están concentrados. Intercambio unas palabras con Mikhail, tatuado hasta el cuello y con abundante barba. Le muestro lo que quiero. Él procede.

21:00. Comienza a caer el sol en la capital de la Federación Rusa. A pesar de que recién es martes, los moscovitas necesitan compartir con amigos. Pero sólo unos pocos llegan a este lugar, reservado durante décadas para socios y abierto hace algunos años al público general. El Club Petrovich es un viaje al pasado, a la época de Kruschev, de Gorbachov y compañía. Acá se sienten los tiempos en los que el mundo se dividió en dos bloques. Laberínticos recovecos recargados con artículos de esos tiempos: muñecas, juguetes, televisores, radios, escudos y condecoraciones del Ejército Rojo. Se escuchan baladas rusas mientras los garzones avanzan con grandes bandejas. Imperdible pedir una cerveza junto al clásico arenque con papas cocidas y pan negro. Viernes y sábado hay fiesta.

00:35. Estación Ploshchad Revolyutsii. Nuevamente aquí. La presión sigue alta en las venas de Moscú. Quedan 25 minutos para el cierre del metro y todos se apuran para alcanzar el último tren. Me acerco al andén. Antes, veo al perro del explorador y le toco la nariz. Las tradiciones hay que respetarlas.

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