Junto al gran Volga, de Samara a Nizhni

Tranvía en Samara.

Otra vez sobre rieles, continuamos esta travesía por las sedes de Rusia 2018 descubriendo qué pasa más allá de la fiebre mundialera. En esta tercera crónica, nos sumergimos en la cósmica ciudad de Samara y llegamos hasta la imperial Nizhni Nóvgorod. Siempre con el interminable río Volga como compañero de viaje.


“¿Pivo?”

Con una sonrisa y poniéndose de pie, me hace esa cordial invitación. Debe tener unos 35 años, calvicie avanzada, fornido y con una gran cadena de oro. Bajo el quitasol también está su esposa, atenta a su pequeña hija que intenta acercarse al agua. En la mano, él sostiene una botella de plástico, sin etiqueta alguna, llena de cerveza. O pivo, en ruso.

Se ve que está heladísima. Así que acepto. En el cielo no hay ni una sola nube y el sol pega fuerte, sin piedad. Por suerte, frente a mí está el Volga. Imponente, protector, serpenteante. La arteria que da vida a esta parte de Rusia y también a esta larga franja de fina arena, ahora repleta de gente. Tomo casi con desesperación del vaso que mi nuevo amigo me acaba de ofrecer. Nos reímos. Sólo con gestos, analizamos el agobiante calor y lo bueno de este brebaje. Le doy la mano para agradecerle su certera ofrenda, corro hasta el río y me zambullo en la fría y turbia corriente. Ahora sí, estoy listo para seguir disfrutando de la playa del gran Volga, en la antigua ciudad de Samara.

Llevo un par de días aquí. Caminando por sus anchas avenidas paralelas al río, recorriendo el extenso malecón de casi 5 kilómetros de largo y observado sus innumerables casas de madera que, en cada cuadra, resisten los embates de los nuevos edificios. Algunas ya están casi hundidas en el pavimento, pero permanecen de pie, estoicas. Es lunes, plena tarde, y todos peregrinan hacia la orilla del río. Familias completas, hinchas colombianos que esperan el partido contra Senegal, algunos pescadores con su caña al hombro y varias señoras que, como en casi todo este país, se instalan en la calle a vender ramos de flores. El verano en Samara se vive sin preocupaciones, con la tranquilidad de que el curso fluvial más largo de toda Europa llena cualquier vacío. Atardece, sacudo mi toalla y comienzo a caminar hacia la enorme escalera de cemento que conduce a la parte alta de la ciudad. El Volga lentamente va quedando atrás. Tomo el antiguo tranvía que me llevará de vuelta a mi hostal.

El Volga en Nizhni Nóvgorod.

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Samara, de casi un millón de habitantes, está a 1.057 kilómetros al sureste de Moscú. Fue un punto importante en la ex Unión Soviética, posición estratégica en las rutas comerciales y relevante centro político. De 1935 a 1991, la ciudad llevó por nombre Kuybyshev, en honor al oficial revolucionario bolchevique Valerian Kuybyshev. De él, sólo queda una estatua en la plaza principal, la más grande de Rusia. A pasos de esa explanada, la huella soviética de Samara se puede sentir de cerca, más bien a 37 metros bajo tierra.

Ahí, a principios de los años 40, en plena guerra, el gobierno central mandó a construir un enorme y laberíntico búnker para proteger la integridad física y sicológica de Stalin. Finalmente, el líder nunca pisó el refugio, pero en sus pasillos se pueden sentir perfectamente los latidos de ese poderoso régimen. Pero no sólo pasaron cosas bajo tierra; también en el aire. Samara es núcleo de la industria aeroespacial y aeronáutica. Aquí se ensamblaron la mayoría de los aviones que bombardearon Alemania durante la gran guerra, pero además se engendró al Vostok, el cubículo que convirtió a Yuri Gagarin en el primer ser humano que pudo ver la Tierra desde el espacio exterior. En la estación de metro Gagarinskaya se recuerda a este diminuto y carismático personaje con grandes mosaicos de diseños cósmicos.

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Martes 9:35 a.m. Camino por las calles del centro en busca de un café. A lo lejos lo diviso trasladándose torpemente, subiendo y bajando las veredas. Es un camioncito que seguramente funciona desde la época de Nikita Krushev. Golpeo la ventanilla y le pregunto al conductor si lo puedo acompañar a cepillar las calles. Se abre la puerta, y Sasha me invita a subir. Enfilamos hacia el malecón.

Junto a Sergeij en Bor.

Al día siguiente es hora de partir. Llevo una semana instalado aquí. Fueron largos paseos por la costanera, inmersiones en el Volga y dos partidazos del mundial en el extraordinario Samara Arena. Avanzo sin prisa hacia la estación de trenes para seguir mi viaje a Nizhni Nóvgorod, 13 horas hacia el norte. La humedad y el calor acechan. Lo único que quiero es llegar rápido al andén, ubicar mi compartimiento y descansar al ritmo de los rieles.

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Los rayos del sol me despiertan y esta vez no hay nadie en las camas de al lado. Decido ir al coche restaurante por desayuno. No hay pasajeros. Una robusta mujer que me entrega la carta. Pido café y unas tostadas jamón-queso, pero la señora me obliga a desistir y a inclinarme por una enorme empanada de hojaldre. Tiene papa cocida en cuadritos e hilachas de carne. La devoro mientras el convoy se detiene en la estación de Arzamas. Quedan sólo dos horas para llegar a Nizhni.

Esta es otra Rusia. Una fresca brisa me hace olvidar el aire espeso y húmedo que me ha acompañado en la mayoría de esta travesía. Nizhni Nóvgorod es una ciudad imperial, con grandes construcciones que trasladan al tiempo de los zares. Hay otra atmósfera, lejos de los mercados callejeros y el apasionante desorden del sur. Estamos a 400 kilómetros al este de Moscú. Hay varias cúpulas doradas que emergen entre los edificios y está también el Volga, surcado por barcos mercantes y cruceros.

Tendré bastante tiempo aquí. Parto por cruzar el río en el magnífico teleférico que lleva hasta el pueblo de Bor, en la ribera de enfrente.

Bor es tranquilidad. En su coqueta plaza, los niños juegan vigilados por sus padres que toman helados. En un escaño, tres ancianos conversan con sus bastones en la mano. A lo lejos, se puede ver la vorágine de Nizhni. Me adentro en sus angostos pasajes y antiquísimas casas de madera, parecidas a las que vi en Samara. La paz es total. Entonces aparece el viejo Sergeij que se acerca a saludarme. Conversamos con señas y me invita a pasar a su casa llena de nostalgia.

Se hace tarde y tras varias tazas de té con Sergeij, parto de vuelta a la ciudad. El sol comienza a esconderse. Doy un último paseo por la orilla del Volga. Lo miro fijamente, ahí está de nuevo, enorme, grandioso, eterno.

Playa frente al río Volga, en Samara.

Recuadro:

Datos útiles

  • Trayecto de Samara a Nizhni Nóvgorod, 676 kilómetros, unas 13 horas en tren. Tickets desde 16 mil pesos chilenos a través de la página oficial de los trenes rusos, www.rzd.ru
  • Imperdible 1: El frío y oculto búnker de Stalin en Samara. Entrada por 250 rublos, unos 2.500 pesos chilenos.
  • Imperdible 2: Caminar por el largo malecón de Samara en la orilla del Volga, tomar un café y ver cómo los rusos disfrutan de la playa.
  • Imperdible 3: Sumergirse en el metro de Samara y conocer cada una de sus estaciones temáticas. Gagarinskaya, en honor a la historia cósmica de la ciudad, y Sportskaya, que recuerda el poderío ruso en los deportes olímpicos. Ticket, 25 rublos, 250 pesos chilenos.
  • Imperdible 4: Cruzar el Volga hasta el pueblo de Bor en el teleférico de Nizhni Nóvgorod que recorre tres kilómetros en 12 minutos. Panorama espectacular del río y la ciudad. Ticket, 100 rublos, mil pesos chilenos, sólo ida.

 

*Periodista, conductor de CDF / @fuenzamati / YouTube: Siempre pasa algo matias!

 

 

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