Kona, la hija del volcán

Hwai

foto: Hawaii Tourism Authority (HTA).

Lugar de arrecifes y de cafetales, este enclave en Hawái está experimentando el mayor crecimiento turístico de los últimos años. Su posición estratégica, playas blancas y atardeceres únicos en el planeta, han ido cambiando su fisonomía rural lejos de la sombra de Honolulu.




Dicen que su nombre proviene de un antiguo rey que estableció ahí su residencia de descanso, un lugar en el extremo sur oeste de la isla grande de Hawái desde donde podía divisar cómo el comercio por el Pacífico iba y venía. Un tráfico de canoas que iniciaba su peregrinación desde Las Marquesas: el archipiélago que sirvió de plataforma para el poblamiento de muchos territorios insulares en un océano inmenso y desconocido hace más de cuatro siglos. Hoy, con casi diez mil habitantes, Kona está dejando atrás su historia secundaria como paradero turístico detrás de las visitadas playas de Honolulu o Maui.

Sus potencialidades son numerosas. Con uno de los aeropuertos más eficientes de la zona, se ha transformado en una vía rápida para acceder a una ruta de paraísos volcánicos. Desde el mismo terminal aéreo, donde se recibe a los viajeros con collares y coronas elaboradas con flores de orquídeas, plumerías e hibiscos, aparecen las modernas carreteras que abren un abanico insospechado de itinerarios.

Para los amantes del café, que en el mundo crecen con más velocidad que los devotos del vino, hay excursiones a los antiguos cafetales que hoy producen los granos más premiados en el mundo. La denominación de origen Kona crece en celebridad desde que el botánico Francisco de Paula Marín Grassi llevó posiblemente desde Brasil las primeras plántulas de la cepa robusta arábiga en 1813. En principio se trató de una siembra espontánea para el consumo local. Nadie pensó que, a pesar de la proximidad del mar y de los fuertes cambios de temperatura del día a la noche, se podría llegar a una bebida que, por su fuerza de sabor y el equilibrio de sus aromas, ahora está en el podio de los mejores cafés según los expertos.

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Foto: Hawaii Tourism Authority (HTA).[/caption]

Distintos factores como la sequía, las infecciones y la urgencia por rápidas plantaciones de azúcar impidieron el despegue inicial de esta industria cafetera que acaba de cumplir 200 años, una historia que para los habitantes ha tenido de dulce y de agraz. Si bien antes las labores de cosecha se realizaban prácticamente bajo métodos muy cercanos al esclavismo, ahora se trata de un negocio que ha ido en absoluto beneficio de la comunidad.

La mayor parte del café cultivado en la región de Kona está en tierras de propiedad del Estado Obispo de las Escuelas de Kamehameha (KSBE). Este fideicomiso fue creado por una de las últimas descendientes del rey Kamehameha, la princesa Bernice Pauahi, quien propuso que los ingresos generados por el arriendo de estas tierras fueran en apoyo de las escuelas de la isla y que permitieran, crear, además un fondo para el establecimiento de becas universitarias. Para los especialistas, este café tiene su reputación gracias a la rapidez con la que madura el fruto en los árboles, de manera que su intensidad recoge todos los beneficios de una crianza natural, donde cada grano atrapa las cualidades de la tierra sin apresurar los procesos. Todo en una franja de tierra de más de tres kilómetros de largo, también conocida como el "Cinturón de Café de Kona", una ruta que agrupa a más de 600 fincas.

Hasta hace 25 años este era el único territorio de Estados Unidos que producía café, una industria que ha ido creciendo paulatinamente hacia las montañas, donde se ha desarrollado otra cepa llamada Blue Mountain, un grano ideal por su suavidad para preparar una bebida muy consumida por los isleños que suma chocolate y macadamias tostadas y molidas bajo el nombre de Lion. Desde el centro urbano de Kona hay que seguir por la ruta principal hacia las alturas para conocer las mejores preparaciones. El más concurrido es el Hula Daddy Kona Coffee, en el pequeño poblado de Holualoa.

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Foto: Hawaii Tourism Authority (HTA).[/caption]

Desde arriba se puede ver la fisonomía completa de un archipiélago protegido por grandes acantilados y aguas tibias. Un escenario ideal para el trekking por senderos de roca marrón muy oscura, casi del mismo color de los cafetales, debido a la acumulación de los sedimentos que fueron arrastrados por los antiguos ríos de lava, la misma lava que en un principio le dio origen a estos enormes peñones en ultramar, a medio camino entre Japón y Estados Unidos.

Naturaleza exótica

Para llegar es clave saber que la mayoría de los vuelos, siempre de ocho horas o más, despegan desde los aeropuertos de la costa Pacífico de Norteamérica, como Los Ángeles, San Francisco y Vancouver, en Canadá. Un destino que, por lo general, siempre suma escalas y esperas. El sacrificio tiene sus recompensas. Como ningún otro lugar, es una tarima sobre el mar repleta de maravillas de la naturaleza: arrecifes de corales, enormes mesetas casi desérticas para la práctica de deportes motorizados, playas de aguas tibias y un clima tropical y húmedo que puede, en un mismo día, sumar lluvias repentinas y temperaturas sobre los 30 grados.

Si bien Kona no es un paraíso para los surfistas como Maui, esta costa ofrece las mejores vistas para divisar ballenas y delfines, una bahía de distintas profundidades para actividades de buceo y de pesca deportiva. En los fondos marinos además se puede observar la composición mineral de las islas, junto a formaciones rocosas de formas caprichosas debido al choque de la lava caliente con el agua fría. Si el entusiasmo va en aumento se puede ir más adentro para ver viejos barcos naufragados y goletas hundidas de corsarios.

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Foto: Hawaii Tourism Authority (HTA).[/caption]

La comida, siempre atenta a los productos locales, es prodigiosa en frutos como piñas muy dulces, mangos y preparaciones de mariscos con leche de coco y macadamias. Al atardecer, los restaurantes y chiringuitos ofrecen cervezas producidas artesanalmente, o bien la sensación de la temporada: el Lava Lava, un cocktail preparado con vodka, licor de café Kahlua, helado de vainilla y plátano. Una copa ideal para acompañar los atardeceres que son considerados como los más impresionantes del mundo, siempre luminosos y con alternancia de colores. Desde dorados encandilantes a rojos furiosos.

Es el momento en que también aparecen más de cuatro tipos de tortugas que se desplazan plácidamente por sus playas de arenas blancas, un momento en que los delfines rompen el cuadro del horizonte con sus elevados saltos y la dócil foca monje juega con gracia justo en el rompeolas. Una hora mágica ideal para la música, donde los ukeleles y las marimbas traen las suaves melodías del kumulipo, un tradicional canto isleño que celebra cómo la creación y la vida provienen del mar desde tiempos ancestrales. Uno de los mejores balcones para contemplar estas escenas son las terrazas y playas que están el lujoso Four Seasons Hualalai, un complejo turístico y hotelero con los restaurantes más sofisticados de la isla.

El volcán Kilauea, que emergió del mar hace más de cien mil años y que hasta ahora es uno de los más activos del mundo, es la pasada obligada de los visitantes. Ubicado en el Parque Nacional Big Island, es el único sitio Patrimonio Mundial de la Unesco en Hawai. Siempre en erupción y con permanente expulsión de lava naranja que llega al mar, es un poderoso cráter que, además, libera vapor, brilla con intensidad y emite sonidos crepitantes que se pueden escuchar desde varios kilómetros a la redonda.

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Foto: Hawaii Tourism Authority (HTA).[/caption]

Cuando las condiciones son óptimas, se puede recorrer en auto el borde de cráter llamado Rim Drive. Cerca de 17 kilómetros donde las rocas calientes apenas deja crecer algunos árboles como mirtos. Entre sus rocas, aves migratorias hacen sus nidos siempre con el mar de frente, desde donde obtienen el alimento para su supervivencia.

Si bien se trata de un destino ideal para los que quieren ser testigos de la fuerza de la naturaleza, en Kona hay sitios arqueológicos y ruinas que hablan de la complejidad del pueblo hawiano frente a las distintas colonizaciones que han ido tejiendo sus historias, como el monumento del Capitán James Cook, en la colina más alta. Un navegante británico que estableció las primeras cartografías del territorio, un hombre que los isleños vieron en principio como una divinidad y luego como un enemigo.

Finalmente fue apuñalado en 1779 por los nativos luego de una riña por establecer los límites de un embarcadero en plena bahía de Kealakekua. La evangelización católica, por su parte, dejó sus huellas en la tradicional iglesia Pintada San Benedicto, un templo en el que confluyen las antiguas técnicas muralislas de los pueblos originarios para recrear los pasajes biográficos más conocidos del patrón religioso del pueblo.

En suma, una ruta de leyendas, atardeceres y playas que van alternando el color de sus arenas, del blanco pálido al negro total. Una tierra viva que parece ir marcando el pulso del planeta con una actividad volcánica que nunca detiene su marcha, mientras el sol y la playa dejan que la vida continúe como si nunca hubiera peligro.

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