La otra Ana Frank

Renia Spiegel, en 1939, año en que los nazis invadieron Polonia.

Su nombre era Renia Spiegel y en 1942 fue fusilada por los nazis en el pueblo polaco de Przemysl. Al igual que la joven alemana, la adolescente escribió un diario donde narró sus sueños y los horrores de la guerra. El texto estuvo perdido por décadas, pero hace unos años fue redescubierto y hoy está siendo traducido al inglés y al español. Esta es la historia de sus protagonistas.


Renia Spiegel acababa de cumplir 17 años cuando el primer amor de su vida se atrevió a darle un beso. Esa noche del 20 de junio de 1941, la joven polaca entró a la casa donde vivía con sus abuelos en Przemysl, abrió su diario y escribió lo que le dictaba su corazón: “El sol ya se había puesto, las estrellas empezaron a aparecer en el cielo y estábamos sentados uno junto al otro mientras conversábamos. Cuando estábamos a punto de irnos, me desorienté. Estaba oscuro y no podía encontrar el camino de vuelta a casa. Era una tarde tan inesperada, dulce y confusa, antes que Zygo dijera: ‘Renia, dáme un beso’. Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, me besó… Me sentí terriblemente avergonzada… quería besarme de nuevo, pero no pude… Estaba temblando… No puedo seguir escribiendo ahora… Tengo que pensar y soñar…”.

En 1942, el romance entre la adolescente judía y Zygmunt Schwarzer, también judío e hijo de un doctor y una concertista en piano, se había vuelto más apasionado. Cuando ella estaba a punto de alcanzar los 18 años, Renia tomó el lápiz y confesó que ya conocía lo que significaba la palabra “éxtasis”: “Es indescriptible; es lo mejor, algo único que sólo dos criaturas enamoradas pueden hacer. Y por primera vez experimenté el ansia por volverme un solo cuerpo y sentir más”. Pocas semanas después de que consumara su romance, Renia se desangraba frente al edificio 10 de la calle Moniuszki: los nazis la habían fusilado junto a los padres de Zygmunt tras haber descubierto el ático en el que se ocultaban.

Al día siguiente de ese 30 de julio de 1942, Zygmunt salió de su escondite en otra zona de la ciudad y se enteró de lo ocurrido. El joven abrió el diario de Renia que él resguardaba y vertió su dolor en la página final: “¡Tres tiros!, ¡Tres vidas perdidas! Ocurrió anoche a las 10:30 p.m. Mi vida se acabó. Todo lo que escucho son disparos, disparos. Mi querida Renusia, el último capítulo de tu diario está completo”.

Nadie volvió a saber de esa bitácora que Renia había fabricado con cuadernos unidos con hilo y que al fallecer sumaba casi 700 páginas. Pero ahora ese relato que ella inició cuando tenía 15 años y que mezclaba historias de sus amigas, poesías y el horror de la guerra, ha vuelto a salir a luz.

La responsable es Elizabeth Bellak, una profesora jubilada de 87 años que vive en Nueva York. Durante décadas, esta mujer les ocultó a sus hijos que su nombre verdadero no era Elizabeth y que no siempre fue católica. Cuando su hija Alexandra tenía unos 12 años, Elizabeth la escuchó referirse despectivamente hacia los judíos y decidió que era hora de contarles la verdad a la niña y a su hermano Andrew: les dijo que había nacido judía y que su nombre verdadero era Ariana Spiegel. Bellak era en realidad la hermana menor de Renia: había huido del horror de Przemysl en un escape cinematográfico; y más tarde, en la década de los 50, un visitante del pasado le dejaría en sus manos el diario de su hermana. Un texto que cuando ella era niña no sabía que existía y que de adulta escondió para no reactivar su dolor.

Tras la revelación de su madre, Alexandra se propuso averiguar más de su familia, pero pasaron años antes de que encontrara el diario entre los documentos de Elizabeth. En 2012, escaneó las páginas y las envió por email a un estudiante en Polonia para que las tradujera. Finalmente, pudo leer las palabras de su tía: “Inicialmente, quería saber más de mi historia y mi herencia. Este pequeño proyecto ha mutado en algo más grande y significativo. Si consideramos el nacionalismo y el populismo que prosperan hoy en Polonia y en el mundo, se hace más relevante compartir este diario. Renia era una joven inteligente y perspicaz que tenía el potencial de ser una gran escritora, una gran poetisa. Su vida fue interrumpida brutalmente pero su legado perdura”, señala a Tendencias.

Preservar esa historia es la misión de la Fundación Renia Spiegel, creada hace tres años por Elizabeth, Alexandra y el documentalista polaco-estadounidense Tomasz Magierski. Una de sus primeras acciones fue la publicación en 2016 del diario en la tierra natal de las hermanas, donde a Renia ya se la conoce como la “Ana Frank de Polonia”. Se la compara así con la joven alemana, víctima también del exterminio judío, que se haría luego famosa debido a su diario, que narra los dos años en que permaneció oculta junto a su familia en una casa holandesa: en 1944 los nazis finalmente los hallaron y los enviaron a varios campos de concentración hasta que en 1945, y con sólo 15 años, Ana murió de tifus en Bergen-Belsen.

Renia era mayor que Ana cuando redactó su bitácora y, a diferencia de ella, pudo moverse por las calles de su ciudad durante años, por lo que sus descripciones de la ocupación son más vívidas y han despertado un alto interés en su diario. Tras ser editado en polaco con el simple título de Dziennik 1939-1942 (Diario 1939-1942), ahora se están elaborando ediciones en inglés y español que estarían listas a fines de 2019. Además se está preparando un documental dirigido por Magierski, quien también creó en Polonia un concurso de poesía en honor a Renia y una obra de teatro basada en el diario.

“Las historias de Renia y mi madre son increíbles. Una es un relato desgarrador de soledad, peligro, amor y añoranza con un final trágico. El otro trata sobre una joven ‘Shirley Temple polaca’ que sobrevive y usa sus talentos actorales para interpretar el rol más difícil de su vida. Ella tuvo que vivir con papeles falsos y mentiras en un hotel repleto de oficiales alemanes. Fascinante”, cuenta Alexandra.

La niña solitaria

Renia nació el 18 de junio de 1924 en Uchryńkowce y sus padres fueron Bernard y Rose. La familia Spiegel vivía en una tranquila granja cerca de Rumania, tal como recuerda Renia en la primera anotación de su diario: “Me encantaba ese lugar. Había cigüeñas en los árboles. Las manzanas brillaban en la huerta y yo tenía un jardín con encantadoras hileras de flores”, escribió el 31 de enero de 1939, cuando tenía 15 años.

Todo eso se esfumó cuando Bernard y Rose se separaron. Él se quedó en la casa y ella mandó a Renia a vivir con sus abuelos en la pequeña ciudad de Przemysl, al sureste de Polonia. Mientras tanto, Rose y Ariana se instalaron en la capital, Varsovia, para promover la carrera de la niña que ya era una promisoria estrella del teatro y el cine. El cambio fue desolador para Renia: “Ahora vivo en Przemysl, en la casa de mi abuela. Pero la verdad es que no tengo una casa de verdad. Por eso a veces me pongo tan triste que tengo que llorar. Extraño a mi mamá y su corazón cálido”.

La joven sentía tanta melancolía por su familia que cada anotación termina con ella rogando que Bulus -el apodo que le daba a su madre- la protegiera. “Las escenas donde añora a su madre son las más terroríficas. Vive cada día para volver a verla. Renia sufre por ella”, explica Alexandra. Nueve meses después de ese primer registro, el ejército nazi invadía Polonia y daba inicio a la II Guerra Mundial: Rose quedó aislada en Varsovia, y Ariana, que estaba visitando a su hermana, tuvo que quedarse en Przemysl. Su padre desapareció y se presume que murió durante el conflicto.

Luego de tres años de ocupación, los judíos del pueblo vivían con un temor constante. Cientos fueron ejecutados en las afueras de Przemysl, y ese terror se hace notar en el diario de Renia. “Donde quiera que miro hay matanzas. Dios, por enésima vez me postro ante ti, ¡Ayúdanos!, ¡Sálvanos! Déjanos vivir, te lo ruego. ¡Quiero vivir! He vivido tan poco; mi vida ha sido tan diminuta, tan poco importante. Hoy me preocupo por ser fea, mañana quizás deje de pensar para siempre”, contó el 7 de junio de 1942.

Finalmente, el 15 de julio de ese año los nazis crearon el ghetto de Przemysl y retuvieron a miles de judíos. “El momento en que se da cuenta que la van a enviar ahí está repleto de emoción”, dice Alexandra. Esa desesperación permea la página que recoge esa jornada: “Recuerden este día, recuérdenlo bien. Se lo contarán a las generaciones por venir. Desde las ocho de hoy hemos sido encerrados en el ghetto. Ahora vivo aquí. El mundo está separado de mí y estoy separada del mundo. Cada día hay más muertes”, escribe Renia.

Zygmunt, el novio, quien era parte de la resistencia, logró sacar a Renia y a su hermana antes de que los nazis enviaran a los judíos al campo de exterminio de Belzec. Primero se ocultaron en un cementerio y luego él puso a Ariana, que tenía 12 años, al cuidado de una familia amiga. Pronto otro agente de la insurgencia la reunió con su madre en Varsovia.

El 28 de julio, Renia y los padres de Zygmunt se escondieron en el ático de un tío que era miembro del Judenrat, el concejo de judíos que los nazis instalaron para hacerse cargo de los ghettos y que podían vivir fuera de ellos. Fue allí donde la joven escribió sus últimas palabras antes de ser encontrada y fusilada: “Escucha oh Israel, ¡Sálvanos!, ¡Ayúdanos! Me has protegido de balas, bombas y granadas, ¡Ayúdame a sobrevivir!”. Hasta hoy nadie sabe quién delató a Renia y a los padres de Zygmunt. “Pudieron haber sido otros polacos, otros miembros del Judenrat. Nunca estaremos seguros”, afirma Alexandra.

Renia, con un traje tradicional, en 1936.

Visitante del pasado

Mientras sus hijas intentaban escapar de la muerte, Rose Spiegel había obtenido papeles falsos que decían que su nombre católico era María Leszczynska. Su alemán fluido le permitió obtener un trabajo de asistente en el Hotel Europejski, el más grande de Varsovia y cuartel general de los oficiales nazis. Cuando se reunió con Ariana, cobró varios favores y tras un tiempo la niña fue bautizada con el nombre de Elizabeth y enviada a un convento. Allí estudió catecismo, rezó el rosario diariamente y asistió a clases con las monjas ursulinas. Al final de la guerra, María ya sabía que Renia, sus propios padres, sus amigos y vecinos estaban muertos. Por eso tomó a su hija y partió a Estados Unidos, pero el pasado no se olvidó de ellas.

En los años 50, Elizabeth y María vivían en un apartamento en Manhattan. Un día sintieron fuertes pasos que subían por las escaleras. Al abrir la puerta, vieron con sorpresa a Zygmunt Schwarzer. Un año después de la muerte de Renia, el joven fue atrapado y enviado a Auschwitz, donde sobrevivió porque el doctor Josef Mengele, el “Ángel de la muerte”, lo consideró apto para trabajos forzados.

Tras la guerra se convirtió en pediatra y migró a Nueva York con su esposa. Fue allí donde ubicó a las Spiegel y se decidió a visitarlas. Al ver a Elizabeth exclamó “¡Arianka!” y le entregó su tesoro: el diario donde Renia narró su juventud, su amor y su horror. Nadie sabe si Zygmunt le dejó el texto a un amigo antes de que lo atraparan o si en algún momento volvió a Polonia para recuperarlo. “Él sobrevivió a un infierno, pero nunca se olvidó de Renia. O de su diario”, dice Alexandra.

Antes de entregarlo, Zygmunt hizo una copia y su sótano se volvió un santuario para Renia. Una foto de ella colgaba de la pared y pasaba horas leyendo lo que ella había escrito. Su hijo Mitchell solía ver cómo su madre Jean se enfurecía cuando Zygmunt bajaba al subterráneo para recordar a su novia muerta. “Mi padre veía en Renia a una persona frágil, sensible y poética, alguien incapaz de lidiar con los horrores de la guerra. Pienso que él se sentía inclinado a protegerla, amarla y salvarla. Todos esos sentimientos se reactivaron producto de su lectura constante del diario. Para él, Renia era como una luz que parpadeaba entre los vientos del tiempo, hasta que eventualmente se extinguió”, cuenta a Tendencias este profesor de historia arquitectónica, que visitó los pueblos y campos de concentración polacos donde vivieron sus padres.

El 23 de abril de 1989, Zygmunt hizo su última contribución al diario mientras visitaba a Elizabeth: “Estoy con la hermana de Renusia. Este lazo sanguíneo es todo lo que me queda. Gracias a Renia me enamoré por primera vez, profunda y sinceramente. Y fui amado recíprocamente de una forma extraordinaria y apasionada”. Tres años después, el primer amor de Renia moriría de un derrame cerebral.

La memoria de Renia

María Leszczynska falleció en 1969 y Elizabeth decidió esconder el diario. Cuando su hija Alexandra halló el texto y lo tradujo, alentó a su madre a que contactara al documentalista Tomasz Magierski. Finalmente en 2014 se reunieron en la exhibición de su filme Blinky & Me, que trataba sobre Yoram Gross, un animador polaco-australiano y sobreviviente del Holocausto. Elizabeth le preguntó si quería leer el diario de su hermana y sólo por educación él le dijo que lo haría: “Lo terminé en tres noches. Era demasiado poderoso”, dijo a la revista Smithsonian Magazine.

De ese encuentro nacieron la Fundación, el documental, las ediciones del diario y todas las otras iniciativas en torno a la historia de Renia. Todo, con tal de rescatar lo que Magierski califica como la “mejor historia jamás contada”. En eso coincide Mitchell Schwarzer: “Más de 20 mil judíos de Przemysl y los alrededores fueron asesinados entre 1941 y 1945. Hace más de mil años, en el siglo X, la primera mención textual de una comunidad judía en Polonia hace referencia a Przemysl. Desde 1945, ya no existe. Muy pocos testimonios de esa época sobrevivieron a la destrucción y cualquier cosa que Renia tenga que decir constituye un documento que los historiadores analizarán en el futuro”.

Escritora en potencia

Además de preparar el documental, el concurso de poesía y la obra de teatro, Tomasz Magierski hizo circular el diario de Renia Spiegel entre académicos como Anna Frajlich-Zajac. Ella es profesora emérita de lenguas eslavas en la Universidad de Columbia y considera que el texto tiene un alto valor literario: “Renia tenía un talento para la prosa y la poesía. En su poesía es posible hallar una síntesis espiritual de lo que ella experimenta en esa trágica época, mientras que la prosa tiene descripciones precisas y análisis de las circunstancias que vivió”, dice a Tendencias.

Para la experta, este tipo de relato se hace esencial en una época donde incluso los testigos más jóvenes del Holocausto ya son ancianos. “La generación más joven no es la única que aprendería del diario. La mayor parte de la gente sabe muy poco de los horrores que leemos en este texto. Quizás los más jóvenes se identifiquen con las emociones que Renia experimentaba en su escuela, durante sus exámenes y las interacciones con sus amigos, además de impactarse con el día en que es asesinada brutalmente”.

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