Los árboles de Hiroshima que crecen en Valdivia

Las semillas llegaron hace cinco años. Habían sido recolectadas con cuidado entre los árboles que sobrevivieron a la bomba atómica en Hiroshima. Hoy son cerca de 300 plantas que crecen en el Jardín Botánico de la Universidad Austral. Bajo la supervisión de un biólogo que se emociona cuando habla de ellas.


Las semillas habían llegado 10 meses antes. Pero el biólogo Mylthon Jiménez dice que el remezón emocional, el mazazo al corazón, a él le vino después. Cuando viajó a Hiroshima.

Todo comenzó en octubre de 2012. Mylthon Jiménez -director del Jardín Botánico de la Universidad Austral- se movió de Valdivia a Santiago para recibir lo que le habían mandado de Japón. Un sobre que había hecho un viaje de 17 mil kilómetros y que contenía las bolsitas con semillas de tres árboles distintos: ginkgo, ilex rotunda y cinnamomun camphora. Recibirlas no era un asunto trivial. Porque ésas no eran semillas cualquiera.

Durante todo ese año, el biólogo chileno había estado en contacto con la ONG japonesa Ant-Hiroshima. Esa organización, junto a Unitar (brazo de investigación de la ONU), es la responsable del proyecto Green Legacy Hiroshima: que envía a jardines del mundo las semillas de los árboles que sobrevivieron al ataque atómico. El jardín botánico bajo el mando de Jiménez había sido uno de los elegidos. Lo único que se pidió a cambio fue plantar las semillas, cuidar las plantas y, a través de ellas, transmitir un mensaje de paz y de que la esperanza siempre se impone a la muerte.

Mylthon Jiménez sabía todo eso cuando recibió las semillas en Santiago. Se lo habían explicado, él mismo había leído del tema. Pero el corazón se le mantuvo quieto.

El golpe en el alma, el peso de la misión que tenía por delante, los sintió después. En agosto del 2013. Cuando viajó a Hiroshima.

Los hibakujumoku

Cuando se pensaba que todo estaba perdido, en Hiroshima miraron a los árboles.

Era 1945. El 6 de agosto de ese año los norteamericanos habían tirado una bomba atómica sobre la ciudad y todo quedó en ruinas. Los edificios, las calles, los puentes, los parques, la gente. Unas 140 mil personas perdieron la vida. El dolor y el horror eran inmensos. Campeaba la muerte.

Entonces, cuando el ánimo estaba por el suelo, cuando se pensaba incluso reconstruir la ciudad en otro lugar, alguien miró un gingko. Estaba cerca de donde la bomba había caído meses atrás. El lado del tronco por donde recibió la onda expansiva estaba quemado. Pero, contra todo pronóstico, estaba floreciendo. Era un sobreviviente. Se corrió la voz de este árbol que devolvía las esperanzas. Y los japoneses de Hiroshima se dieron cuenta de que no era el único. En el radio de dos kilómetros que rodeaba al hipocentro de la bomba había más árboles que empezaban a dar brotes. Se contabilizaron 170.

Actualmente hay cerca de 300 plantas de Hiroshima creciendo en la Universidad Austral.

Actualmente hay cerca de 300 plantas de Hiroshima creciendo en la Universidad Austral.

Autoridades, ciudadanos, botánicos se pusieron a cuidarles la vida. Los dejaron en sus mismos lugares, los marcaron con una placa y les dieron un nombre: hibakujumoku, los árboles sobrevivientes. Luego se les ocurrió algo más: perpetuarles la vida más allá de esa ciudad y de ese país. El mundo debía enterarse de su hazaña. Así nació Green Hiroshima Legacy y el envío de semillas a distintos puntos del planeta.

La lista es inmensa, repartida en 27 países. Hoy crecen árboles de Hiroshima en lugares como el Jardín Botánico de Irkutsk, en Rusia; en el Hortus Botanicus de Amsterdam, en Holanda; en el Kirstenbosch Botanical Garden de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica; en la Universidad de Columbia, en Estados Unidos; en la Universidad Nacional de Singapur. En Buenos Aires, en Suiza, en Kazajastán. En el Jardín Botánico de la Universidad Austral de Valdivia, en el sur de Chile.

Llegan las niñas

Recuerda Mylthon Jiménez:

“Nos demoramos casi un año en conseguir la autorización para el ingreso de las semillas. Primero está el prejuicio de la gente, nos decían: esas plantas radiactivas, esas plantas mutantes… Luego están las estrictas normas del SAG. Ellos querían que las semillas quedaran en cuarentena, pero corríamos el riesgo que después no germinaran. Porque la cuarentena no significa 40 días, puede ser incluso un año”.

El director del Jardín Botánico habla en su oficina en el tercer piso de la Facultad de Ciencias. Detrás de su silla, al lado de la ventana, crecen en sus maceteros cinco ginkgos de Hiroshima. Son aún pequeños, de no más de 50 centímetros. Son los únicos que están fuera del invernadero donde está todo el resto y que Mylthon Jiménez mostrará en un rato más, desbordado de orgullo.

“Así estaban las cosas con el SAG -continúa-. Entonces apareció Vicente Pinto”.

Vicente Pinto era el agregado de Agricultura en la Embajada de Chile en Japón. Sabía de las semillas que llegarían a Chile. Hizo un contacto con el Ministerio de Agricultura -del cual depende el SAG- y consiguió una orden especial de ingreso: las semillas no pasarían por cuarentena; se llevarían de inmediato a la Universidad Austral. Aprovechando un viaje de trabajo a Santiago, en octubre del 2012, él mismo las trajo en el sobre que le pasó a Mylthon Jiménez.

Hoy Vicente Pinto está en Japón, aunque en otro trabajo, y tiene recuerdos amables de las plantas de Hiroshima. Como un tiempo estuvo viviendo en Puerto Varas, varias veces fue a verlas a Valdivia. Por mail, dice que le encantaría “volver a saludarlas, deben estar grandes”. Cariñosamente se refiere a ellas como “las niñas”.

Pero hay algo más. Algo que Mylthon Jiménez no olvida: que fue Vicente Pinto quien hizo las gestiones para que él pudiera ir a Hiroshima.

Hiroshima: el área donde cayó la bomba se mantiene hoy como sitio de paz.

Hiroshima: el área donde cayó la bomba se mantiene hoy como sitio de paz.

Japón en un invernadero

Ya plantadas en el laboratorio de la Facultad de Ciencias, metidas en tierra del mismo Jardín Botánico, las semillas de Hiroshima germinaron. Las primeras en hacerlo, a los treinta días, fueron las de cinnnamomun. Un mes y medio después brotó la primera semilla de ginkgo. Las más lentas fueron las de ilex, que tardaron un año. A medida que nacían, cuidadas a una temperatura entre 18 y 20 grados, las pequeñas plantas se iban trasladando a maceteros.

Todas las semillas que llegaron de Japón hoy ya son plantas. Mylthon Jiménez dice que son cerca de 300. “La más alta debe medir dos metros. La más pequeña, unos pocos centímetros”, cuenta el biólogo. La mayoría son de ilex. Las plantas de cinamomo son 30. Las más escasas son las de gingko: no más de una docena.

Todas están en un invernadero con acceso restringido, en uno de los bordes del Jardín Botánico. Muy cerca del río Caucau. Mylthon Jiménez abre el candado de la puerta. Lo acompañan quienes han sido sus colaboradores en esta iniciativa: el biólogo Patricio Torres, académico de la universidad y asesor externo del Jardín Botánico; y Carolina Apablaza, quien se encarga de las actividades de extensión en este jardín de 12 hectáreas.

Adentro del invernadero, sobre tablones de madera y en el piso, se distribuyen cientos de maceteros con las plantas de Hiroshima. Es una situación especial: somos cuatro chilenos en medio de 300 plantas japonesas, hijas de sobrevivientes, con tanta historia encima. Es imposible no conmoverse.

Al mirarlas, algo dentro de uno se estruja.

Están allí los ginkgo con sus hojas con forma de abanico y color verde claro. En Japón son árboles famosos y queridos, sobre todo en otoño: adquieren en esos meses un intenso color dorado. En su edad adulta pueden alcanzar hasta 30 metros. Los que veo esta mañana en Valdivia aún son pequeños.

En el invernadero están también las plantas de ilex: son las que tienen las hojas más pequeñas. En otros maceteros están las de cinnamomun. Carolina Aplablaza les toca la tierra con un dedo, para asegurarse de que está húmeda. “Ahora en verano hay que regarlas dos veces por semana”, dice. Mientras, Mylthon Jiménez y Patricio Torres comentan, frente al ginkgo más grande, cómo será cuando lo saquen al aire libre.

Porque en algún momento estas plantas que hoy están protegidas en el invernadero deben instalarse en el Jardín Botánico. A la intemperie, a la vista de todo el mundo. Ése es el compromiso con la ONG que envió la semillas: que estos árboles lleven un mensaje de paz a la mayor cantidad de gente.
Mylthon Jiménez ya tiene pensando cómo hacerlo.

La emoción

La idea de Mylthon Jiménez es ésta: cuando las plantas estén más grandes, más firmes, poder instalarlas en una ladera del Jardín Botánico; en donde habrá un jardín japonés -con agua, con fuentes, con piedras- y un memorial para no olvidar el horror de Hiroshima. Alrededor, muchas flores. Azaleas, rododendros, magnolias.

La universidad les dio presupuesto para armar una maqueta de cómo sería ese lugar. Con eso en la mano, deben salir a buscar fondos para materializar la idea. Mylthon Jiménez sabe que no será tan rápido como quisiera. Pero no pierde el entusiasmo. Y sueña: “Me imagino un lugar de recogimiento, de meditación. Incluso con una pérgola, donde la gente se siente a mirar los árboles”.

A Mylthon Jiménez no le es difícil ese ejercicio de imaginación. Tiene aún frescos en la memoria los parques que vio en Hiroshima. En ese viaje que lo conmovió. Cuando fue él quien, en una ruta exactamente inversa a la de sus semillas, se desplazó 17 mil kilómetros para ir al origen de esta historia.

Fue el 6 de agosto de 2013. Justo para un aniversario de la bomba en la ciudad.

Así lo recuerda: “Empezamos con un almuerzo en un restaurante tradicional de Hiroshima. Había varios sobrevivientes de la bomba, a quienes se les llama hibakusha. Contaron de ellos, de sus familias, de sus pérdidas. Fue un mazazo emocional. Después fuimos a ver los árboles sobrevivientes. Cómo los identifican, cómo los cuidan, cómo es el proceso con sus semillas. Fuimos a un jardín chiquitito, el Sukkeien, donde está el ginkgo que dio origen a todo esto. Un entorno silencioso y muy bello”.

Al final de ese día intenso fue al Museo de la Paz. Ese que cuenta cómo la bomba quebró en dos la historia de la ciudad. Allí abundan los testimonios de los que sobrevivieron y las biografías tristes de los que no lo lograron. “Era complicado mantenerse entero. A la mitad del recorrido tuve que parar un rato. Se me caían las lágrimas. Al otro día fui a la ceremonia por el aniversario de la bomba, en el parque junto al museo. Había muchos hibakusha, autoridades políticas, discursos. Cientos de escolares ponían grullas de papel”.

Mylthon Jiménez se emociona.

“Ahí fue cuando me involucré emocionalmente con el proyecto y las semillas. Una cosa es que te cuenten la historia, y otra distinta es estar donde ocurrió”, dice.

Atrás de él, como testigos de sus palabras, cinco ginkgos japoneses reciben por la ventana el tímido sol de una mañana del sur chileno.

Las semillas de Hiroshima creciendo.

Las semillas de Hiroshima creciendo.

Los árboles y la sustentabilidad

Para Mylthon Jiménez, la sustentabilidad es también parte de esta historia. Dice: “Tiene que ver, porque para nosotros esa conexión recae en la relación más básica, primitiva y fundamental: del hombre con la naturaleza. Cuando cayó la bomba, todo estaba destruido en un radio de dos kilómetros alrededor del hipocentro y los sobrevivientes no tenían dónde refugiarse ni obtener agua.

Allí, entonces, cobran una importancia fundamental los parques, jardines y áreas naturales que estaban menos dañados. Fueron los árboles sobrevivientes, los parques, los bosques de alrededor los que dieron ese refugio tan básico para el ser humano: protección, agua, madera para fogatas en el momento de mayor precariedad para la vida humana, en el momento en que las personas estaban solas, llenas de miedo y dolor. Ellos dieron el primer sustento a la vida después del desastre”.

De paseo

Los árboles de Hiroshima en Valdivia siguen bajo la supervisión del SAG. Ellos deben dar permiso cada vez que mueven algunos fuera de la universidad. Porque las plantas se llevan a charlas en colegios locales. Y han venido dos veces a Santiago: 15 plantas se expusieron el 2015 en Santa Rosa de Apoquindo; y una el año pasado en el Centro de Arte de Cerrillos, en un esfuerzo conjunto con la Fundación Mar Adentro para dar difusión al tema con niños y jóvenes a través de un sitio web especialmente creado para difundir los árboles de Hiroshima (www.legadoverde.cl). “Cuando nos movemos a colegios en Valdivia las trasladamos en auto. Para Santiago, la última vez mandamos la planta en bus en una caja especial que hicimos, dentro de la cual metimos planta y macetero en un cooler sellado por el SAG”, dice Jiménez.

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