Luc Ferry, filósofo francés: “Mientras más soñemos, más difícil será el despertar”

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El intelectual galo advierte sobre los exagerados anuncios de una sociedad post Covid-19. “El mundo por venir no será diferente del mundo de hoy, sólo será más difícil y más pobre que el que habíamos conocido antes de la crisis”, afirma. “Si no queremos caer desde lo alto, es mejor desconfiar de la increíble capacidad de recuperación que expresan hoy los ideólogos que llevan las aguas a su molino para vendernos su ‘mundo después’, envuelto en rosa o verde”.




Este destacado filósofo e intelectual público francés, que ha enseñado en diversas universidades francesas, también ha estado al otro lado: en la política. Fue ministro de Educación, Juventud e Investigación (2002-2004) mientras Jacques Chirac fue Presidente de la República. Como ministro, Ferry estuvo a cargo de la implementación de la Ley francesa sobre la laicidad, que prohibió la ropa o símbolos religiosos “ostensibles” en los liceos, escuelas y colegios públicos. Fue denominada la “Ley Velo”. Sus experiencias y reflexiones lo han llevado a escribir más de una veintena de obras de temas tan diversos como la familia, el amor, la tecnología o la religión. En ellas destacan La revolución transhumanista; Familia y amor. Un alegato a favor de la vida privada; El hombre-Dios o el sentido de la vida; Pequeña historia del pensamiento, entre otras obras traducidas a muchos idiomas,  incluido el español.

Desde París, contesta vía email las preguntas de Tendencias de La Tercera sobre el presente y el futuro pandémico. Cree que nada cambiará tanto y que exageran las redefiniciones o las nuevas “eras” que algunos presagian. Además, habla de qué es hoy la socialdemocracia, sus falencias en Europa, qué ha pasado con las familias en pandemia, el trabajo del futuro y por qué él piensa que esta plaga ha causado una “inédita angustia e incertidumbre”.

-¿Cuáles son, en su opinión, los cambios más relevantes  a causa de la pandemia?

-Te decepcionaré mucho, pero esta pandemia que seguimos viviendo no va a cambiar casi nada. Para responder a tu pregunta mejor, leí o releí una treintena de artículos de puntos de vista distintos, pero que sin embargo estaban centrados en el mismo tema: “¡Nada volverá a ser igual!”, “¡Todo cambiará!”, “¡No desperdiciemos la crisis, despertemos!”,  “Otro mundo es posible”, etcétera. Ya sea que estas consignas de encantamiento provengan de militantes de activistas antiglobalización, ecologistas partidarios del decrecimiento o nacionalistas de extrema derecha, todos comparten la misma hostilidad hacia la globalización liberal. Entiendo que, siendo la pandemia de una escala sin precedentes, la tentación sea grande de injertar un nuevo comienzo, ver un cambio de civilización. Sin embargo, lo contrario se vislumbra en el horizonte.

-¿Por qué?

-El mundo por venir no será diferente del mundo de hoy, sólo será más difícil y más pobre que el que habíamos conocido antes de la crisis. Eso sí, tendremos que repensar la organización de nuestros sistemas sanitarios, y además adaptarnos a las nuevas medidas de seguridad, porque a falta de test y mascarillas, la vuelta a la normalidad será mucho más lenta de lo esperado. La mayoría de los estados han optado con razón por una política neokeynesiana de apoyo al consumo y a las empresas a través del gasto público: si queremos que la economía se recupere después de la crisis, es mejor, de hecho, que no sea aniquilada durante ella. Aún así, los efectos del keynesianismo son predecibles: experimentaremos una recesión colosal, quiebras corporativas, desempleo masivo y, nos guste o no, los estados endeudados son estados débiles, incapaces de satisfacer -salvo verbalmente- la demanda de protección.

“¿Hacer pagar a los ricos? Sí, pero en primer lugar, son muy pocos para que eso sea suficiente y, en segundo lugar, el gran riesgo de la globalización es simplemente hacerlos huir del país y llevarlos a reubicarse, lo que no ayuda”

-¿Cambiarán las prioridades?

-La verdad es que será necesario recuperar la riqueza y los trabajos perdidos, hacer inmensos esfuerzos para volver al nivel de prosperidad que habíamos logrado adquirir, en todos los campos, desde la Segunda Guerra Mundial. Si no queremos caer desde lo alto, es mejor desconfiar de la increíble capacidad de recuperación que expresan hoy los ideólogos que llevan las aguas a su molino  para vendernos su “mundo después”,  envuelto en rosa o verde. Los ecologistas nos explican que finalmente acabaremos con el productivismo, encontraremos el aire y la naturaleza limpios como eran antes del mundo industrial, que la frugalidad volverá a reencantar el mundo, que nos olvidaremos de cruceros y viajes aéreos, como si las pandemias hubieran esperado al capitalismo y el turismo de masas para abatirse sobre la humanidad. Por lo tanto, es exactamente lo contrario de lo que dicen estas ideologías antieconómicas, y por tanto antisociales, lo que tendremos que hacer para evitar la catástrofe que se avecina en el horizonte. Sin crecimiento, son los pobres, no los ricos, los primeros en sumergirse en la miseria. Cafés, restaurantes, pequeños comercios y pymes irán a la quiebra, provocando desempleo e infelicidad en las familias. Siempre podemos soñar con otro modelo, pero mientras más soñemos, más difícil será el despertar.

-Además de la pobreza, está el problema grave de la desigualdad, especialmente post Covid-19. ¿Cómo afrontarlo, en su opinión?

-Según los organismos competentes de la ONU, 150 millones de personas se encontrarán en la pobreza extrema a causa de la pandemia, que conducirá a la quiebra de empresas y, en consecuencia, al desempleo. Los estados pobres o endeudados no podrán echar mano a los fondos públicos para siempre. ¿Hacer pagar a los ricos? Sí, pero en primer lugar,  son muy pocos para que eso sea suficiente y, en segundo lugar, el gran riesgo de la globalización es simplemente hacerlos huir del país y llevarlos a reubicarse, lo que no ayuda. La única forma de luchar seriamente contra la pobreza, pero también contra las desigualdades, es crear puestos de trabajo e imponer el reparto de beneficios y la participación de los empleados en las empresas. Cuando una empresa gana dinero tiene que compartirlo mucho más con todos los que allí laboran, pero no lo lograremos haciéndola irse del país...

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-Ahora, en Chile, muchos se declaran “socialdemócratas”. ¿Cuál es la característica más importante de una socialdemocracia del siglo XXI, en su opinión?

-La socialdemocracia es el estado de bienestar (protección social) más una economía de mercado regulada. Por tanto, es el sistema ideal en teoría. En la práctica, la socialdemocracia está en vías de extinción en casi todo el mundo porque apenas tiene un lugar creíble entre la extrema izquierda y la derecha moderada, que es también en el fondo socialdemócrata. En Francia, el Partido Socialista está prácticamente muerto, lo mismo en Alemania, donde ha sido superado por los ecologistas y en muchos países, como Italia, Brasil, Estados Unidos, Gran Bretaña, Hungría, etcétera, es el populismo el que tiene el viento en popa. La culpa la tienen los dirigentes socialdemócratas que no lograron inventar un proyecto atractivo y movilizador entre la izquierda radical y la derecha moderada.

-Como ha dicho usted reiteradamente, hay un problema con la credibilidad de la clase política. ¿Cómo conseguir que los ciudadanos ajenos al mundo tradicional de la política se animen a participar, para “oxigenar” la política?

-El discurso político se ha convertido casi en su totalidad en un discurso publicitario. Se trata de seducir al votante diciéndole lo que quiere escuchar para que compre tu discurso y vote por ti. Es una derivación casi inevitable de la democracia hacia la demagogia. Lamentablemente, sólo hay un remedio: los ciudadanos deben ejercitar su pensamiento crítico. La prensa de calidad obviamente tiene un papel importante que jugar en este asunto, porque las redes sociales difunden continuamente rumores y fake news.

La angustia pandémica

-¿Habrá cambios perdurables en algún nivel, a su juicio?

-En verdad, es en el nivel metafísico y espiritual donde la pandemia ha revelado un cambio importante en comparación con los tiempos pasados; sabido es que, sin religión, la relación con la muerte se vuelve más angustiosa. Casi podríamos medirlo comparando nuestras actitudes actuales con las que surgieron en 1968-1969 por la llamada pandemia de influenza “Hong Kong” que causó tantas muertes en el mundo como el Covid, si no más. En ese momento, apenas se hablaba de ella, excepto como una “pequeña gripe” estacional que apenas preocupaba a nadie. No hubo ni contención, ni máscaras, ni test, ni siquiera la búsqueda de una vacuna en la emergencia. De derecha a izquierda, el personal político permaneció impasible mientras la prensa quiso ser tranquilizadora.

-¿Cómo así?

-El diario Le Monde, uno de los más importantes de Francia, publicó en medio de la crisis, el 11 de diciembre de 1969, un artículo según el cual “la epidemia de gripe no es ni grave ni nueva” mientras que mataba a 30.000 personas, tantas como el Covid este año. Hoy estamos en las antípodas de esta extraña indiferencia. Decir que la prensa hoy apenas se parece a la de la época es poco, comenzando por los canales de noticias de 24 horas. Y de hecho, los ciudadanos de sociedades seculares se encuentran en una situación que podría llamarse “trágica”: si no son creyentes, o incluso un poco menos creyentes que en el pasado, al mismo tiempo están menos protegidos por promesas de las grandes religiones ante la muerte, pero también más expuestas que nunca por la afectividad que se ha desarrollado exponencialmente en la familia moderna. Para la mayoría de ellos, el cielo se ha vuelto vacío, no hay cosmos ni divinidad que pueda dar el más mínimo significado a la muerte de un ser querido.

“Pero la enseñanza de esta crisis quizás todavía esté en otra parte, en el hecho de que, por primera vez en la historia de las sociedades liberales, antepusimos la vida por encima de la economía”.

-¿Y eso aumenta el miedo y la incertidumbre?

-Para Ulises o para un estoico, la muerte lo unía al orden cósmico, como un fragmento de un rompecabezas se encaja en el cuadro general. Y como el cosmos era eterno, al morir uno se convertía, por así decirlo, en un fragmento de la eternidad. La respuesta cristiana fue aún más hermosa, ya que nos prometió la resurrección del cuerpo y el reencuentro con los que habíamos amado. En las religiones de la salvación terrenal, en ausencia de una divinidad benévola, al menos quedaba piedra y mármol: allí estaban grabados los nombres de los héroes que murieron por el país, de “eruditos y constructores”, una placa destinada a desafiar el tiempo, conservaba  su memoria. Para los no creyentes, estos recursos de la gracia han desaparecido. Sin embargo, son cada vez menos numerosos en las sociedades occidentales y, en particular, en Europa. Lo único que les queda por hacer es frenar los cuatro hierros de cara al funesto plazo límite, lo que en mi opinión explica la nueva escala, en rigor inaudita, de las reacciones de angustia y encierro que observamos frente a la pandemia.

-Usted ha reflexionado y escrito mucho sobre la familia: ¿Cree que la situación de encierro tuvo un efecto significativo en las relaciones dentro de ella al estar 24/7 confinados?

-No sé cómo fue otros países, pero en Francia la situación fue muy variada. Para algunos (y este es mi caso), el encierro fue un momento muy agradable, muy feliz, porque nos juntamos en familia y fue maravilloso. Para otros, fue un infierno, como lo demuestra el hecho de que aquí en Francia la violencia familiar ha aumentado en un 35%: mujeres maltratadas, niños maltratados, maridos insultados, etc. Las escuelas estaban cerradas y los padres a veces no aguantaban más tener a sus hijos en casa. En resumen, las situaciones fueron muy diferentes aquí y allá ... Pero la enseñanza de esta crisis quizás todavía esté en otra parte, en el hecho de que, por primera vez en la historia de las sociedades liberales, antepusimos la vida por encima de la economía, lo que, a fin de cuentas y a pesar de los grandes delirios que acabamos de mencionar, es una buena noticia.

-El mundo del trabajo ha cambiado muchísimo, el hacerlo de manera remota y la automatización han tenido un gran desarrollo. ¿Será esa la nueva realidad? ¿Qué consecuencias pronostica en esta dirección?

-La mayoría de las personas se quejan de que pasan demasiado tiempo fuera de casa sin poder disfrutar de la vida familiar. Desde este punto de vista, el desarrollo del teletrabajo es algo muy bueno. Pero hay un límite obvio y está ligado a lo que acabamos de decir sobre el aumento de la violencia doméstica: los seres humanos también necesitan salir de sus hogares, ser sociables, poner a prueba sus ideas con los demás en un marco profesional. Entonces, por simple cuestión de sentido común, lo ideal será combinar el teletrabajo y el trabajo en la empresa. Por supuesto, también hay muchos trabajos para los que el teletrabajo es imposible y no tiene sentido. No somos taxistas ni gásfiters por teletrabajo…

-¿La “uberización” del mundo, como la ha descrito usted, será peor después de la pandemia?

-Guste o no, hemos vivido la gran victoria de GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple), pero también de recientes start-ups como Zoom y otras aplicaciones que permiten enlaces sociales en la red con el resto de la familia, mientras estamos en casa. Estos son los grandes ganadores de la pandemia. ¿Esto es malo? En cualquier caso, muestra que estas empresas están satisfaciendo necesidades crecientes y, nos guste o no, haríamos mejor en desarrollar equivalentes en nuestros países en lugar de lamentarnos criticando a Estados Unidos y China.

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