Marvin Deras: “Chile me salvó la vida y espero salve la de mi familia”

FOTO: JOSE LUIS MUÑOZ / LA TERCERA

#CosasDeLaVida | “Soy de El Salvador. Dos de mis hijos fueron asesinados por pandillas. Un par de chilenos me dieron la oportunidad de venirme a Santiago. Llegué en mayo del 2017. Sueño con ser chofer del Transantiago y poder traerme a mi familia”.


Los conocí gracias a un juego de aviación, el Air Combat, que descargué en mi celular en 2016. El juego tenía un chat para hablar con tu equipo. Así empecé a hablar con los chilenos Patricio Gómez y Sebastián Trincado. Todos teníamos más o menos la misma edad -yo entonces tenía 39- y nos contábamos cosas. Hasta que un día les advertí que quizás no estaría más conectado. Yo manejaba un taxi en El Salvador y cada lunes debía pagar el arriendo del automóvil, pero como me había ido tan mal, tendría que vender el celular para cumplir ese compromiso. Fue ahí que uno de ellos me transfirió dinero. Yo, sorprendido, comencé a pensar en ese país donde había gente buena y con oportunidades para surgir. O, al menos, para trabajar sin poner en riesgo mi vida o la de mi familia.

Eso último no era un detalle. Muchas veces me habían asaltado en el taxi, con una pistola en la cabeza. Estaba intranquilo. Me había emparejado con una mujer que tenía cuatro hijos y que considero míos. En 2014, dos fueron asesinados: Víctor y Nelson tenían 17 y 23 años. Un día Víctor no llegó, con su madre lo buscamos en hospitales y lo encontramos en el Servicio Médico Legal. Cuando mataron a Nelson, yo estaba dormido y al despertar tenía 177 llamadas perdidas; entonces supe que algo había pasado.

Hechos como éstos me hacían sentir que en mi país todo se resolvía a puñetazos o balazos. Somos tan pequeños, que el resto del mundo ni se entera de nuestras tragedias. Como si no existiéramos. Con mis hijos vivíamos encerrados en la casa, sin poder salir con amigos o a trabajar, por miedo a ser asesinados por un balazo, un ajuste de cuentas o simplemente por esa extorsión que el narcotráfico pide a todo negocio o persona que le va relativamente bien.

Los salvadoreños históricamente migramos de manera ilegal a Estados Unidos, no a Chile. Pero las invitaciones de Patricio y Sebastián se hacían cada vez más recurrentes. De su país yo sólo sabía quien era Pinochet, porque de pequeño vendía diarios, y el año 93 o 94 vi una Copa América. Me puse a averiguar de Chile y cuando vi que los índices económicos eran buenos, tomé la oportunidad y acepté el boleto de avión.

El viernes 10 de marzo de 2017 llegué a Santiago, tras haber pasado la noche en el aeropuerto de Colombia y haber visto las montañas. El principal terror que estaba quedando atrás no era el miedo a volar, sino ese pánico en el que vivía en El Salvador y que tuve hasta el último día que salí de la casa: lo hice en completo silencio y sin maletas para que nadie sospechara, para no levantar alarmas en las pandillas que al saber que salía de mi país en pos de un mejor porvenir podrían extorsionar a mi familia con dinero o cobrarles con la muerte.

Obviamente yo dudaba y pensaba si había alguna mano oscura tras esta ayuda chilena; no podía ser que estuviesen ayudando a alguien sin conocerlo en persona. Recordarlo aún me emociona. He conocido muchos extranjeros que se quejan de los chilenos, pero yo no.

Entré de noche a Santiago. Sebastián me fue a buscar e hicimos un recorrido hasta Puente Alto. Me gustaron las luces de los edificios; lo que más quería era conocer el Costanera Center y ver la ciudad desde arriba. Mis amigos costearon el primer mes de gastos; tardé 20 días de caminatas en hallar trabajo estable. Mientras lo encontraba, hasta vidrios limpié en la Alameda. Me di cuenta de lo difícil que era trabajar sin documentación adecuada, pero una alma caritativa me ayudó a tramitar mis papeles y entré a trabajar a un condominio en Lo Barnechea terminando el otoño.

Cuando llegó el frío, yo no lo conocía ni tenía ropa para enfrentarlo. El clima fue una de las cosas que más me abrumó, pero entre sopaipillas todo se pasa rápido.

Todo lo que gano lo ahorro para comprarles los pasajes a mis hijos Axel y Jocelyn, de 18 y 23 años. Ellos viven encerrados para evitar que las pandillas los rapten, los declaren enemigos y los maten como a sus hermanos. En ese afán, junté dinero y compré un auto pequeño para usarlo como Uber, ya que en mi trabajo como conserje tengo algunos horarios libres. Toda mi vida he sufrido de migrañas y sólo se me quitan cuando manejo, por eso me gusta tanto manejar. Pero no alcancé a hacer dinero con mi Toyota Yaris. A menos de un mes de haberlo adquirido, un día desapareció de la calle donde lo estacionaba.

Con mi plan de Uber destrozado, tomé una micro, la CO1, que sube hasta Cerro 18 en Las Condes.

Encontré tan bonito el recorrido con vista a la cordillera nevada, que me dieron ganas de ser chofer del Transantiago. Pienso que con ese trabajo podría rescatar a mis hijos de la violencia en El Salvador. Hoy lo que más quiero es traerme a Axel y a Jocelyn; y también a mi madre. Pero con mi baja escolaridad -hice sólo la básica- no puedo sacar esa licencia de chofer; y sacar la enseñanza media me costará algunos años en escuelas nocturnas. Todo eso se traduce en que mi familia deberá seguir esperando.

He vivido en Puente Alto, San Miguel y Lo Prado. Para llegar a mi trabajo tomo el Metro y camino un par de horas. Como estoy mandando dinero a El Salvador, me he tenido que resistir a las juergas que ofrece Santiago. Aún no conozco el Costanera Center. He aprendido a usar el “altiro” para decir que lo haré luego. Sin embargo, lo que más me ha enseñado este lugar es a andar tranquilo. En las Fiestas Patrias me sentí feliz, miraba la bandera flamear y me sentí agradecido de estar acá. Tengo pendiente ir a Puerto Montt a conocer a Patricio y darle las gracias por el apoyo a la distancia. Pese a todo, incluyendo malos ratos como el robo de mi auto, sigo creyendo que Chile me salvó la vida y no deja de darme nuevas esperanzas que pueda salvar también la del resto de mi familia.

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