Rodrigo Guendelman

Rodrigo Guendelman

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El turismo aún nos queda grande


Me bajé hace poco de un crucero que duró dos semanas. Uno que recorrió las costas de Chile, Uruguay, Argentina y el territorio marítimo de las Islas Falkland, que pertenece a Gran Bretaña. En el barco, uno muy grande, tuve la oportunidad de ir desde el puerto de San Antonio hasta Buenos Aires, pasando por el mítico Cabo de Hornos. Toda una experiencia, desde habitar catorce días mayoritariamente arriba de una embarcación hasta lo que me interesa retratar en esta columna: la paquidérmica diferencia de subirse o recalar en puertos chilenos versus lo que sucede en el océano Atlántico.

El viaje parte en San Antonio, el primer destino es Puerto Montt, luego le toca a Puerto Chacabuco y después a Puntas Arenas. Ya en el Atlántico, el turno es de Ushuaia, luego las Malvinas, más tarde Montevideo y finalmente Buenos Aires. Partamos por San Antonio: importantísimo como puerto para el funcionamiento de nuestro país, sin duda, ¿pero para ser el punto de inicio de un crucero turístico? Definitivamente no. Hablamos de una ciudad donde cuesta creer que haya un plan regulador, cuando un centro comercial ha tenido la osadía de instalarse frente al mar y robar parte importante de la vista panorámica. Es el descarte de muchos cruceros que han perdido la confianza en Valparaíso, el lugar donde obviamente debiéramos estar maravillando a los miles de extranjeros que se embarcan en cada nave. Pero como el puerto de Valparaíso es tierra de paros, huelgas, de incerteza total, San Antonio ofrece lo que falta: seguridad y profesionalismo. ¿Se entiende? Estamos dejando que alemanes, chinos, canadienses, australianos, argentinos, estadounidenses, miles ellos, año a año, se lleven esa primera impresión. San Antonio en vez de Valparaíso. Una ciudad portuaria con un horrible mall en la primera línea, frente a una de las ciudades más lindas del mundo. Para llorar.

Sigamos. Puerto Montt. Qué manera de haber poco cariño hacia Puerto Montt desde sus autoridades y habitantes. Con ese paisaje geográfico maravilloso que los rodea, se permiten tener una costanera vergonzosa, sucia, fea, en mal estado, rota y, peor aún, con un fétido olor de aguas servidas que se siente cuando uno va llegando a ese mall que jamás debió estar frente al mar. Pareciera que, tácitamente, se aceptó la idea de que la belleza y el cariño se concentran en Puerto Varas y que Puerto Montt es una especie de puerta trasera. Para remate, el crucero no atraca, sino que debe quedarse en el mar: para desembarcar y volver a embarcar hay que hacer largas colas para subir a los botes.

Sigamos. Puerto Chacabuco. También hay que usar bote para bajar y subir. No hay nada para ver en el puerto. Y para ir a Puerto Aysén, lo único cercano y con un par de discretos puntos de interés, hay que rezar para que pase una van o un minibús que te lleve. Estuve casi una hora parado esperando en la calle, con un viento que helaba, para poder subirme a uno. Nada de memorable. Por eso, la expectativa era alta para ver si en Punta Arenas la experiencia mejoraría, pero el mal tiempo nos impidió ir. El barco debió refugiarse en los fiordos magallánicos. Así que a Ushuaia los boletos. Ahí cambió la cosa. En todo sentido. El barco atracó en el puerto. El lugar no puede ser más hermoso. La costanera, impecable. La ciudad, para caminarla entera. Los paseos para conocer parques nacionales, cercanos y a buenos precios. El trencito del fin del mundo, una joya. Aplausos para la manera en que los argentinos entienden el turismo. Y para este hito de Tierra del Fuego que, aunque está a sólo mil kilómetros de la Antártica, tiene ochenta mil habitantes, tiendas, restoranes, wifi y todo es belleza escénica.

*Periodista, fundador de @santiagoadicto y conductor de “Santiago Adicto” en Radio Zero.

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