El último rincón del ecoturismo en Costa Rica

Costa Rica uno de los países más ricos del mundo en biodiversidad.

A dos horas de San José se encuentra Puerto Viejo de Sarapiquí, un poblado discreto que, alejado de cualquier ruta turística, esconde una revolución interna que ha hecho de la conservación de la biósfera su propia forma de supervivencia. Hay actividades increíbles, como un tour para observar hormigas rojas.


A simple vista, Sarapiquí es uno de esos pequeños pueblos que abundan en Centroamérica y que podría pasar perfectamente sin pena ni gloria. Compuesto por una calle principal donde se acumulan de manera secuencial casas con fachadas de colores, almacenes, ferreterías, vulcanizaciones y tiendas de menaje, es poco lo que seduce.

Aquí nada es ni remotamente parecido a la postal que usualmente vende Costa Rica para mostrarse al mundo, y que la han convertido en una de las mecas del turismo que cualquier amante de la naturaleza debe conocer, al menos una vez en la vida. Hablamos de parques nacionales, cafetales, jungla, playas paradisíacas de palmeras, monos capuchino y aves exóticas de variados colores; todos reconocidos emblemas costarricenses, pero que en el centro de Sarapiquí parecieran estar escondidos, o definitivamente ausentes.

Pocos se aventurarían a predecir, entonces, que caminando cuesta abajo por la misma avenida principal que corta al pueblo en dos y que de noche es utilizada como pista de carreras clandestinas de motoristas adolescentes, todo iba a cambiar en cosa de segundos. Y que aparecerían de golpe la mayoría de los elementos que hacen a Costa Rica uno de los países más ricos del mundo en biodiversidad.

Es cosa de llegar al río Sarapiquí y tomar un bote para ser testigos de un ambiente cada vez más salvaje, donde los caimanes no tardan en mostrarse tomando sol en la orilla, diversas especies de aves vuelan sobre la cabeza y, si la vista es fina, se puede ver cómo un oso perezoso se trata de mover desde una copa de un árbol a otra.

Mejor aún si este bote se toma en compañía de personajes como el profesor León Santana. Haciendo caso omiso a lo espectacular de la naturaleza del lugar, y por el equivalente a 20 mil pesos chilenos por persona, Santana narra la épica historia de grandes héroes costarricenses que en ese preciso lugar libraron una sangrienta batalla; y cómo a consecuencia de ella quedó un pueblo aminorado por el cólera producido por las aguas infectadas de cuerpos sin vida. Pero, dice, que esa batalla también logró detener el avance de los filibusteros norteamericanos en su ánimo expansionista, alentado por la doctrina Monroe de mediados del siglo XIX.

Sarapiquí no es cualquier lugar si se sabe un poco más de su historia. Desde aquí embarcaron las primeras expediciones desde Costa Rica hacia Europa, permitiendo, entre otras cosas, la exportación de bienes como el café. Por eso el profesor Santana narra con tanto fervor la batalla que se libró en este lugar improbable, pero que fue clave en la defensa de la independencia nacional.

La sorpresa aumentará cuando uno continúe explorando los alrededores.

Una actividad en Sarapiquí es un tour para ver a las hormigas rojas.

La vida silvestre

Se sabe que Costa Rica es un país ejemplificador en cuanto a conservacionismo. Cuenta con más de un 24 por ciento de áreas protegidas con reservas y 26 parques nacionales, unificados desde la década de los 70 en una red que permite la proliferación de miles de especies nativas de flora y fauna que hoy se traducen en el 5% de la biodiversidad mundial.

Lo que poco se conoce es que Sarapiquí, desde la tribuna más silenciosa, se ha transformado en un lugar de estudio de vida silvestre, permitiendo la combinación de turismo y aprendizaje. Un lugar icónico para ese propósito es el hotel Selva Verde (www.selvaverde.com), del italiano Marco Gasparoli, quién hace medio siglo y en una propiedad de 170 hectáreas en medio de la jungla comenzó a dar rienda suelta a un proyecto que incluye excelentes habitaciones y ambiente natural. El despertador natural son las familias de monos aulladores que abundan el área.

Aquí alojan también (aunque no con el mismo lujo de los huéspedes) decenas de investigadores que se quedan por temporadas para investigar desde el comportamiento de reptiles nocturnos -como la icónica rana de ojos rojos- hasta las más de 500 especies de aves que pueblan el entorno. Este concepto ha traído frutos, ya que aquí se han llevado a cabo importantes descubrimientos científicos en los más de 30 años de vida del hotel. Por ejemplo, se encontró una especie de murciélago que parecía extinto hace décadas.

Como servicio adicional, los pasajeros de este hotel -y también las visitas-, pueden optar a tours guiados por expertos dispuestos a compartir sus conocimientos con niños y adultos.

Gasparoli se toma su proyecto en serio, alejándolo de cualquier experiencia estilo parque de diversiones temático. Se preocupa de que todo sea real y busca proyectar en sus visitantes un compromiso con la conservación. “Acá no sólo queremos ofrecer una estadía agradable, queremos educar”, cuenta; y pone énfasis también en descartar el crecimiento del hotel: “Aquí un sendero de dos metros ya puede generar un impacto muy duro”.

De cacao a hormigas

La preocupación de los conservacionistas de Sarapiquí está centrada en el aumento de zonas de cultivo de piñas, que según ellos son una amenaza al corredor biológico. Han tratado de pelear entonces en contra del modelo que hoy tiene a este fruto como el principal ingreso económico de la zona. Por esto, han proliferado los proyectos de ecoturismo para que la balanza se incline hacia esta área de la economía.

Un ejemplo lo presenta la Reserva Tirimbina (www.tirimbina.org), que en un área de 45 hectáreas ha desarrollado tours desde los 18 mil pesos chilenos, siendo la ruta del cacao la más interesante. En algo más de dos horas, enseñan el proceso de fabricación del chocolate, desde la vaina hasta la transformación en barras, lo que se mezcla con interesantes datos de la historia de este producto, desde los tiempos en que los indígenas utilizaban la bebida para honrar a sus dioses.

Las especies nativas de flora y fauna son el 5% de la biodiversidad mundial.

De manera más artesanal, pero no menos interesante, otro proyecto que ha apostado por el modelo educativo de la naturaleza lo lleva a cabo Leo Herra, entomólogo por afición que se ha especializado en el cuidado e investigación de las hormigas rojas. Con escaso marketing asociado, su proyecto llamado simplemente “Tour de hormigas” ofrece por 10 mil pesos la posibilidad de observar un completo circuito donde estos insectos cortadores de hojas trabajan de sol a sol acarreando hasta 20 veces su peso.
Especial para niños y curiosos de cualquier edad, se puede ver cómo las hormigas de la especie Atta cephalotes se dividen por casta en un hormiguero que se puede observar gracias al ingenio arquitectónico de Herra. Se puede conocer también a la gigantesca hormiga reina y el apasionante relato en torno a su reproducción: ocurre una vez al año a medianoche, tras un baile donde distribuye sus huevos por toda la comarca, asegurando así la eternidad de la especie.

Como un recreo al aprendizaje, se han desarrollado propuestas más adrenalínicas, como la que ofrece la misma empresa que promueve el Tour de hormigas, Pozo Azul (www.pozoazul.com), así como también Oasis Nature Tours (www.oasisnaturetours.com), que incluye bajadas en rafting por el mismo río Sarapiquí que, si bien es de intensidad media, se transforma en un refrescante panorama.

En la lucha

Joanna Arguello, presidenta de la Cámara de Turismo de Sarapiquí, cuenta que hace medio siglo la oferta turística del pueblo iba por otro camino: la caza de animales como venados y felinos era, por ejemplo, bastante popular en la zona y dejaba buenos dividendos a quienes la practicaban. Pero han sido los mismos proyectos, como el del hotel y lodge Selva Verde y la consolidación del OET (Organización de Estudios Tropicales), que a principios de la década de los 60 instaló aquí el primero de los tres centros de estudio que existen en Costa Rica, los que han hecho cambiar la mentalidad de los locales frente a su propio entorno. “Quienes antes ofrecían tours de caza furtiva, hoy se amarran a los árboles para protegerlos”, dice Arguello, reconociendo a la vez que en Sarapiquí aún hay mucho que hacer en materia de ecoturismo y de turismo rural.

“Siempre hay que dar la lucha”, dice la dirigente y asegura también que son cada vez más quienes se inclinan a promover la biodiversidad de su entorno, antes de pasar el resto de sus vidas cultivando piñas.

Seguir leyendo