Arrepentimientos




CUESTA SOPESAR la reciente declaración de Bachelet, pidiendo perdón al pueblo mapuche por "errores y horrores" pasados, cometidos o tolerados por el Estado. La primera impresión que produce es que estaríamos ante un hecho capital; los actos de contrición suponen un dolor y temor profundos: angustia por haber pecado y miedo a condenarse para siempre de no reparar el daño causado. Podría creerse también, que con esto, por fin, la historia cambió, habiéndose hecho justicia, poniendo las cosas en su debido lugar, salvándonos.

Un mínimo de realismo hace aconsejable, sin embargo, aterrizar el asunto. Nada hace pensar que este gobierno, de repente, se ha vuelto piadoso. Las distintas partes en el conflicto no se van a contentar con que les ofrezcan conmiseración. Ninguna de las fuerzas en contienda ha alabado a nuestros gobiernos por su capacidad y voluntad para solucionar el problema en juego. Los dos de Bachelet, para nada una excepción, y menos este último en retirada, obsesionados en La Moneda con hacer aparecer a la Presidenta haciendo algo, cualquier cosa. Lo más probable, marcando la cancha futura en caso de quedar fuera, se les cobre cuentas, y tengan que inventarse alguna causa para seguir avivando el proceso de "reformas", supuestamente su contribución histórica. Lo vimos el 2011 con la educación, también un nudo ciego, pero ¿a la escala inflada en que terminó?

Si algo hemos aprendido de esta última administración es que importa más quien maneja la agenda de discusión que quien gobierna. No existen los gobiernos cien por ciento políticamente correctos, a no ser dictaduras, algunas solapadas (e. g. Venezuela).

Sí existen, en cambio, fuerzas vivas políticamente correctas que dicen ser portavoces de hacia dónde va la historia, aunque en un mundo tan confundido y sin sentido, no atinen a otra cosa que a un cambio, cualquier cambio, en la línea ésa de "yo prefiero el caos a esta situación tan charcha" que le venimos escuchando a Mauricio Redolés desde hace 30 años. Por tanto, de no "posicionarse" según esta lógica algo desesperada, se queda fuera uno de toda pista política biempensante; el progresismo radicalizado de estos años lo confirma.

Por tanto, lo de Bachelet cabe tomarse en serio en un plano estrictamente contingente. No vaya a creerse que sentó cátedra histórica con sus dichos, tampoco es que haya sido especialmente valiente. Según el historiador John Lukacs, haber sostenido que un negro era igual a un blanco en un mitin del Ku Klux Klan en 1915 no es lo mismo que haberlo afirmado en marchas antirracistas de los años 1970. Por cierto, a la historia le importa la verdad, pero la sabe esquiva. La tentación de imponer una versión única de lo verdadero es más propia de afanes clericales o políticos que de la historia (Paul Ricoeur). Tratándose de una disciplina tentativa que trabaja con huellas y residuos (Marc Bloch y Georges Duby), aspiraría, a lo sumo, a poder comprender y explicar. Y, ¿a hacer justicia? En materias históricas nunca se cierra el debate.

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