Centroderecha: pluralismo o pensamiento único




Quienquiera que estudie con detención lo que ha sido la centroderecha en nuestro país, podrá constatar que ella ha estado compuesta de, al menos, cuatro tradiciones. Si se las ordena en dos ejes, uno que va del liberalismo al conservadurismo y otro del laicismo al cristianismo, se dejan discernir: una tradición liberal-laica, una liberal-cristiana, una nacional-popular y otra socialcristiana.

Las cuatro han tenido expresión en lo que podría llamarse la historia intelectual del sector y en su historia política. Entre los liberales laicos cabe contar partes de Evópoli; en el pasado, y con una presencia mucho más amplia, el Partido Liberal. De sus autores, puede mencionarse a Lastarria y Barros Arana; en el presente, a Óscar Godoy o Cristóbal Bellolio. A liberales cristianos se los halla en la UDI, en un ala del antiguo Partido Conservador y en figuras de talante intelectual como Jaime Guzmán y Rolf Lüders. Socialcristianos hubo en sectores del Partido Conservador, cual los que llevaron adelante una acción intensa con organizaciones de trabajadores, fundaron la Federación Obrera de Chile y levantaron la candidatura presidencial de Eduardo Cruz-Coke; hoy están en Solidaridad, en parte de RN y Construye Sociedad. Entre sus mentes se cuenta, por ejemplo, Mario Góngora, especialmente en su primera época; actualmente, Daniel Mansuy o Manfred Svensson. En la vertiente nacional-popular se dejan incluir los dos gobiernos de Ibáñez, lo mismo que el Partido Agrario-Laborista. Allí se ubican pensadores egregios: junto a la llamada "generación del centenario", los tres ensayistas chilenos mayores del siglo XX, Encina, Edwards y el propio Góngora tardío.

Todo ese inconmensurable acervo político e intelectual le permite al sector contar con fuentes de alta sofisticación ideológica. El grueso recurso de reducir a la centroderecha a una defensa de intereses económicos o a los límites de una ideología economicista es refutado tan pronto como se empieza a salir de las declaraciones de algún peregrino columnista, barrista de think tank partisano o apresurado docente, y a entrar con detención en estos diferenciados recovecos.

El problema es que, así como hay una izquierda o incluso una centroizquierda que, por diversas razones, tiende a caer en la caricaturización, también sucede algo así en sectores de la centroderecha que, sea por temor, ignorancia o pereza mental, pretenden reducir a un sector político diferenciado, plural e históricamente significativo, a los límites de una agenda simplificada, de un tranquilizador "mínimo común", que coincidiría con la defensa liberal del mercado o esa defensa acompañada de un liberalismo moral (que ya deja de ser mínimo común). Esa debiese ser o sería (los planos usualmente no son distinguidos) "la política" de "la centroderecha".

Nos encontramos, entonces, ante una inclinación calificable, sin exageración, como fundamentalista: que, en aras de la consecuencia en base a principios definidos de antemano, busca declarar o suponer como espurios los intentos de entender el fenómeno político en su efectiva complejidad, así como los esfuerzos por reparar en la relevancia de contar con recursos comprensivos más diferenciados y plurales que los de solo una doctrina o tradición.

Pero, además, estamos, en aquel tipo de posiciones, ante la naturalización de un asunto que es, por esencia, histórico. Derecha, izquierda, centro y sus imaginables combinaciones, no son naturalezas inmutables, sino magnitudes variables e interdependientes, que cambian según los diversos contextos y conforme a las preguntas con las cuales ellas se enfrentan. La derecha o la izquierda son, por ejemplo, fundamentalmente distintas en la Alemania previa al nazismo y la actual, en los Estados Unidos de hoy, en la Francia de la Revolución. No quiero con esto relativizar completamente los términos, sino delatar que estamos ante palabras, además de polisémicas, mucho más variables de lo que cierta derecha, izquierda o centrismo pudiesen desear. Reparar en esta circunstancia es condición de una comprensión que, más que en las etiquetas, atienda también con cuidado al significado concreto de las situaciones y esté dispuesta a considerar la exigencia de reconocer ambos sentidos: el de las fórmulas y el de las situaciones. Tal esfuerzo diferencia a una política adecuada o justa respecto del sometimiento de la realidad a la idealidad.

Toda esta reflexión se torna de alta relevancia cuando la centroderecha se apronta a encabezar un nuevo gobierno.

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