Voces

Lo que la mala política olvida

Sergio Melnick

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DICE LA sabiduría antigua que nada puede superar a su propia fuente. Por ejemplo, un auto no puede ir más rápido que lo que su motor le permite. Traducido a la política, esto puede reducirse a dos principios: (1) los países acotan o no pueden ir más lejos que la calidad de su política, y (2) los países tienen su techo en lo que sus habitantes son capaces de pensar y construir.
En la situación de nuestro país, lo que vemos es muy angustiante. La política vuelve al pasado en que nos destruimos unos a otros, y las ideas abundan por su ausencia. Lo peor es que los jóvenes del Frente Amplio solo tratan de desenterrar las peores propuestas de hace 50 años; no han aportado una sola idea novedosa. Peor aún, en pleno siglo XXI proponen el asambleísmo y hasta los cabildos. Es como si se planteara volver a los trenes a carbón para la economía.
Todos los políticos quieren una sociedad mejor, de eso no puede caber duda. Negarlo es de una odiosidad inaceptable. Por cierto discrepan en qué es una sociedad mejor, y ese es el debate de ideas que todos esperamos. En cambio, el foco en nuestro país es tratar de descalificar moralmente al adversario. Guillier se permitió esta semana calificar a su oposición como “enemigo”. Con el enemigo no se debaten ideas, solo se los trata de destruir, son una amenaza vital.
Los populistas apelan a los programas ciudadanos y renuncian a postular sus propias ideas, que es la clave para seleccionar a un líder. Aquí es preciso hacer un alcance conceptual clave: la sociedad es una entidad sinérgica. Es decir, es más que la suma de las partes. La sociedad tiene comportamientos que pertenecen al todo y no a las partes. Justamente la clave de los grandes políticos y de la buena clase política es ver ese todo que las partes no pueden entender. La ecología es así, la economía también. Sin duda la defensa, o las políticas de ciencia y tecnología, la organización del Estado, el equilibrio de poderes, en fin. Entonces, aquellos candidatos que dicen que van a preguntarle a las partes qué quieren, entrarán en enormes contradicciones si no aportan el principio de las reglas de la sociedad como un todo. Esos son los que llamamos estadistas.
Asimismo, es fundamental entender que la ética de la sociedad como una entidad en sí misma es distinta a la de las personas. Una sociedad democrática real admite la existencia de grupos muy disímiles entre sí en cuanto a creencias, de las que emana la ética. Por cierto es necesario regular la convivencia de esos grupos. Por eso, para la sociedad como un todo, la ética relevante está definida en el estado de derecho. La ley debe reflejar solo los valores colectivos, salvo que sean estados religiosos fundamentalistas. Por ello la ley es evolutiva. Entonces, lo único exigible éticamente a un candidato es que cumpla cabalmente el estado de derecho. Por cierto la expresión personal de la ética en ese terreno se expresa en el voto.
Otro elemento crucial para el adecuado funcionamiento de la sociedad es evitar al máximo que alguna entidad tenga la calidad de ser juez y parte. Por ejemplo, cuando el Estado es empresario, y es a la vez su regulador. El resultado final siempre será malo. ¿Cómo controla la educación el Estado cuando él mismo es quien la administra? Por esa misma razón es fundamental evitar que los empresarios, por ejemplo, coopten a la política. Los contrapesos del poder son fundamentales.
La excesiva concentración del poder es siempre nefasta para la sociedad. Eso es válido para lo económico, lo intelectual, lo religioso, lo geográfico y, por cierto, para la política y el Estado. A la izquierda le molesta solo la concentración económica, pero le gusta el Estado omnipotente. A mí me molesta cualquier concentración excesiva del poder, y esa es una función de regulación de la política cuando es realmente sabia.
Finalmente, la democracia tiene una enfermedad crónica que es el excesivo foco en el corto plazo. Las elecciones son necesarias, y los períodos de ejercicio del poder son cortos. En Chile la presidencia tiene el absurdo período de cuatro años sin reelección. Por eso es necesario de alguna manera incorporar el largo plazo en gobiernos de corto plazo, y eso no es la suma de los intereses individuales. Aquí es donde aparecen los grandes estadistas.
En Chile la izquierda botó al único que tenía. Ahora solo queda uno en campaña.

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