Voces

PPD: ¿Por qué no me reinscribo?

José Joaquín Brunner

Académico UDP y exministro

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EN ASUNTOS de partidos políticos y militancia cabe separar claramente dos planos; uno de carácter democrático general, otro de índole personal y voluntad individual.
Por lo pronto, la política democrática es inseparable de los partidos. Estos contribuyen a formar la voluntad general, vinculan la ciudadanía con el Estado, dan expresión a las diversas agrupaciones de intereses e ideas que existen en la sociedad civil, contribuyen a seleccionar el personal político y son garantes del pluralismo y la competencia por el poder.

Sin partidos políticos las sociedades serían meros agregados de individuos entregados a la dominación de los más fuertes. En cambio, allí donde hay solo un partido, éste controla todo, penetra la vida privada de las personas, domina los medios de comunicación y organiza desde arriba la economía y la cultura.

Frente a la crisis que experimentan los partidos políticos chilenos -de oligarquización y burocratización, de apego al empleo público y pérdida de su carácter representativo, de confusión ideológica y connivencia con los negocios, de falta de competencia interna y escasa atracción respecto a las jóvenes generaciones, de pérdida de vitalidad sociocultural y debilitamiento de su inserción en las comunas, regiones y a nivel nacional- es imperativo apoyar decididamente la renovación de los partidos.

La ley dispuso un nuevo marco legal para ellos y, en función de objetivos de democracia interna y revitalización de su vínculo con la ciudadanía, los obliga a crear -desde cero- un nuevo registro de sus militantes, sea mediante inscripción de personas por primera vez o a través de la reinscripción de antiguos militantes.
Constituye un motivo de la mayor preocupación observar que los partidos existentes están encontrando serias dificultades para alcanzar el número mínimo de militantes exigidos por la ley, corriendo el riesgo de desaparecer. Es un reflejo más de la profundidad de la crisis que los aqueja.

En vez de encontrar satisfacción en este estado de cosas, como ocurre con quienes abominan de la política y no creen en una “democracia de partidos” -¡como si existiese otra!- yo, al contrario, me lamento de no poder contribuir mediante mi reinscripción en el PPD, a superar este negativo estado de cosas.
Aquí es donde el plano personal y las consideraciones privadas se cruzan con el plano democrático más general y las consideraciones colectivas.

No me reinscribo porque el PPD, partido en el cual milito desde el acto de su fundación, extravió su identidad original. La de un partido moderno de centroizquierda, que mezclaba ideales progresistas con un sentido práctico de las responsabilidades de gobierno. Impulsaba una cultura política de alianzas, consenso y una vocación reformista. Mezclaba bien una ética de convicciones con una ética de la responsabilidad. Admitía un amplio rango de pluralismo interno, desde ideas liberales hasta ideales de renovación socialista.

Todo esto fue desapareciendo a lo largo del camino. La maquinaria partidista reemplazó la vitalidad y diversidad de la organización. Los ideales dieron paso a los caudillos. La renovación intelectual fue desplazada por la rigidez de las consignas. El “progresismo” se convirtió en una caricatura.

Esto me hace desistir de mi militancia en el PPD, aunque mantengo viva mi adhesión a los ideales que le dieron nacimiento.
Mi esperanza es que la propia evolución del cuadro político en que nos encontramos genere próximamente nuevas opciones. La democracia gana cuando sus partidos cambian, se renuevan y desaparecen aquellos que no logran reunir una masa crítica de personas e ideas en torno a un proyecto ciudadano competitivo.

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