Con la llegada, hace unos días, de Sex and the City a Netflix, muchas de nosotras volvimos a revisitar una serie que, para las mujeres treintañeras de los años 90, se transformó en un referente. En ella, cuatro amigas, solteras, en Nueva York, desarrollan sus carreras y viven su sexualidad de manera libre, lejos de las presiones asociadas al matrimonio y la maternidad. Algo que hoy -a la luz del feminismo- nos parece obvio, pero que en ese entonces era apenas una posibilidad.

Sin embargo, parte central de la trama de Sex and the City gira en torno a las relaciones amorosas y a la presencia romántica de los hombres en la vida de las protagonistas. Durante las seis temporadas, se explora el desarrollo de esos vínculos sexo-afectivos, al mismo tiempo que se muestra cómo estas cuatro mujeres dialogan entre sí sobre su relación con los hombres. Tanto es así que, en uno de los primeros capítulos, Miranda -una de las amigas- dice: “¿Cómo es posible que cuatro mujeres inteligentes no tengan más tema de conversación que sus novios?”.

Aunque después ella misma vuelve a retomar el tema para hablar de su ex, ese reclamo refleja una escena común cuando se comparte con amigas y que tiene que ver -entre otras cosas- con el tiempo que las mujeres heterosexuales nos dedicamos a conversar de nuestras relaciones, pero más específicamente, de los mensajes que los hombres buscan transmitirnos. Lo que me dijo ayer, ¿es porque ya no le intereso? ¿O simplemente porque estaba cansado?

Si bien este tipo de conversaciones nos permiten desahogarnos y conectar con las demás a partir de nuestros vínculos amorosos, Ellie Anderson, académica de Filosofía en Pomona College en Claremont; indica que este tipo de dinámicas podrían responder a una nueva forma de trabajo mental para las mujeres. Así, esta autora denominó como labor hermenéutica a la actividad de intentar descifrar conversaciones y textos ambiguos provenientes de las parejas masculinas, quienes, según ella, carecen de vocabulario emocional para expresarse con claridad.

“Las mujeres generalmente tienen la tarea de ser expertas en el mantenimiento de relaciones y buscan interpretar tanto sus emociones como las de sus parejas que son hombres; mientras que los hombres tienden a retirarse de las conversaciones sobre emociones y carecen de habilidades para interpretarlas. Aunque esto impacta negativamente a ambos miembros de la relación, afecta más desproporcionadamente a las mujeres, que tienden a ser la parte menos satisfecha”, sostiene la autora en un estudio publicado en 2023, en la revista académica de filosofía feminista, Hypatia.

Ese rol de ser algo así como una ‘traductora emocional’, dice Daniela Arancibia (@daniarancibia.cl), psicóloga clínica UDP y especialista en atención de adultos y apego; se explica por una razón: los estereotipos de género relacionados a la expresión de las emociones. “Se ha transmitido históricamente el mensaje de que los hombres no lloran; que no pueden ser vulnerables. Eso ha provocado que les cueste identificar y gestionar lo que sienten, cayendo en la funcionalidad: ser personas de hacer, y no de ser. Y desde esta misma perspectiva, las mujeres siempre han sido las emocionales, las intensas, las que todo lo magnifican, entonces suele darse, en los roles más hegemónicos, que el hombre es la parte racional y la mujer la emocional”, dice Arancibia.

Sin embargo, transmitir el mensaje de que las mujeres (siempre) somos quienes desciframos lo que los hombres quieren decir, indica la psicóloga Loreto Krause (@psic.lorekrause), puede ser perjudicial. “Si yo considero que tú eres incapaz de comunicar y procesar tus emociones y que yo tengo que hacerlo por ti, ¿cuánta validez le voy a dar a tu reflexiones? Esa dinámica deja de ser de pares”, dice la especialista y agrega: “Estas clasificaciones profundizan los estereotipos y nos ponen en una posición -que me carga-, de madres con hijos, con nuestras parejas. Eso pasa harto”.

En ese ‘hacerse cargo’, sin embargo, no hay malas intenciones, agrega Arancibia. Al tomar ese rol, muchas veces lo que se busca es ser un aporte, ya sea bajando el estrés o el sufrimiento al otro integrante de la pareja frente a determinadas situaciones. “Aunque esto solo genera más daño en el hombre y en la relación porque no permite el crecimiento emocional del otro. Es como dar el mensaje digerido, cuando lo que tienen que aprender las personas es a identificar y gestionar sus emociones de manera autónoma”, dice la especialista.

Es por eso que cortar con este patrón es esencial. No solo porque al hacerlo nos vamos a poder ver como iguales con nuestras parejas, sino porque abrimos una posibilidad de manifestación emocional. “Hay que confiar en el otro y darle su espacio para la expresión. No tomar esa palabra de manera condescendiente, porque en realidad uno no puede interpretar lo que el otro quiere decir”, dice Krause.

En esa línea, el psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de Columbia, Amir Levine y la consejera de salud mental, Amy Warren aconsejan algunas acciones para mejorar la comunicación al interior del vínculo para, de esa manera, no caer en la labor de tener que interpretar palabras ambiguas. Entre ellas, sugieren reflexionar sobre los mensajes transmitidos por el otro, porque eso “tiene el efecto de mostrar a esa persona que la estás escuchando, y te brinda la oportunidad de aclarar lo que te molesta”.

Además, sugieren que como los sentimientos personales pueden influir en cómo se siente la pareja, lo mejor es dar un tiempo para que cada uno pueda vivir sus emociones por separado antes de ponerlas en común. Finalmente, -y aunque parezca obvio- indican que es clave no asumir lo que el otro necesita. En esos casos, lo mejor es preguntar: “Es imperativo que las parejas íntimas se hagan saber mutuamente lo que quieren en sus relaciones”, concluyen.