Juan Ignacio Brito

Juan Ignacio Brito

Periodista

Opinión

Adiós a la Pax Democratica


Las tres patas que sostenían la mesa de la Pax Democratica que visualizaron hace ya décadas intelectuales y líderes globales muestran grietas profundas. El orden convergente de la posguerra fría está sucumbiendo y nos adentramos en la era de la divergencia.

La democracia era la primera pata de la mesa. Hoy el consenso se ha roto y la democracia es un sistema político bajo asedio, criticado donde impera y resistido donde no. Ciudadanos disconformes votan por candidatos populistas y antisistema (Italia es el último ejemplo) en rechazo de elites que viven atemorizadas, al extremo que se da la paradoja de que en muchas democracias aquellas quieren evitar que la gente vote (la muestra más reciente: Alemania y su “gran coalición”). Mientras, en Rusia y China -potencias que hace 25 años parecían encaminadas hacia la apertura política- se consolidan autocracias.
También se estremece hoy la globalización económica, la segunda pata de la mesa de la Pax Democratica. Pese a los avances que se registraron bajo su alero, asoman en el horizonte nubarrones de proteccionismo y guerra comercial, consecuencias de la revancha de los perdedores de la globalización (los “deplorables”, como los llamó Hillary Clinton), aquellos que no gozan de los beneficios de la liberalización de los mercados y que sufren con la fallida promesa de la globalización de emparejar la cancha. Para enormes masas de ciudadanos largamente ignorados por élites insensibles y sistemas políticos capturados, la globalización generó desigualdad y una sensación de que los súper ricos se llevan la mejor y más grande tajada de la torta.

Agoniza, por último, la idea de un sistema internacional donde los estados nacionales perderían preponderancia y cuyos intereses avanzarían hacia la convergencia global. Ésta es la tercera pata de la mesa y también se está derrumbando. Ahora vemos que cada potencia defiende intereses divergentes e incluso resurge la amenaza de un enfrentamiento nuclear.

No es primera vez que el idealismo liberal promete un mundo sin conflictos y que esa ilusión se desvanece. Ocurrió tras la Primera Guerra Mundial y, brevemente, también después de la Segunda. El sueño terminó en pesadilla en ambas ocasiones.

Que la ilusión esté siendo reemplazada por el realismo no significa que el mundo se encamine hacia una conflagración letal. Implica más bien que ahora quedan al desnudo con más brutalidad los intereses nacionales, la incertidumbre es mayor y la diplomacia tiene un rol clave para construir equilibrios y evitar conflictos graves. Desde Castlereagh y Metternich en la Europa de la Restauración post napoleónica hasta Henry Kissinger y Zhou Enlai en la Guerra Fría, los estadistas de fuste han navegado con acierto para preservar la paz en medio de los peligros del balance de poder.

La pregunta es si hoy contamos con líderes de ese calado para sortear la tormenta que se aproxima.

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