La batalla de Braulio Leal

A 100 días de fracturarse varios dientes en plena cancha, a 80 de haber sido operado de una malformación congénita y dos aneurismas cerebrales; y a diez del arranque del Campeonato Nacional , el veterano volante de San Luis (36 años) relata su particular y emocionante lucha por volver al fútbol.


Si a Braulio Leal le hubieran dicho, mientras yacía tumbado boca arriba sobre el césped, que el durísimo golpe que acababa de sufrir y le había fracturado varios dientes iba a terminar por salvarle la vida, probablemente no se lo habría tomado en serio. Pero aquella terrorífica caída padecida tras la disputa de un balón aéreo con Aued, en San Carlos, el 4 de noviembre; aquel terrible impacto con la cara contra el suelo; aquel sobrecogedor golpe de nocaut; iba a terminar por convertirse, en efecto, en su particular golpe de suerte.

Son las tres de la tarde en el barrio santiaguino de Bellavista cuando Braulio Leal (36), el incombustible volante de contención de San Luis de Quillota, toma asiento en el café, ordena un espresso y comienza a conversar largo y tendido con eldeportivo de La Tercera. Hace exactamente 100 días de aquel que comenzó a cambiar su vida para siempre, pero han pasado desde entonces tantas cosas que el futbolista del conjunto canario, ex capitán de Unión y de O’Higgins y ex seleccionado chileno, no tarda demasiado en romper el silencio: “Me encuentro bien, he evolucionado muy bien, bastante mejor de lo que esperaban incluso los médicos”.

Pero no está hablando de su choque fortuito con Aued ante la UC, de la 12ª fecha del Transición, sino de lo que vino después. Una larga pesadilla que comenzó 20 días más tarde, en su casa de Pirque, la madrugada posterior a su 36º cumpleaños. “Eran como las 4.30 de la madrugada cuando empecé a convulsionar. Fue una convulsión larga, de unos tres minutos, con pérdida total de consciencia, pero afortunadamente estaba con una persona que supo estabilizarme y manejar bien la situación”, rememora. Una persona llamada Verónica Montoya. Su ángel de la guarda y también su esposa.

“De no haber sido por ella podría haber muerto en la convulsión”, agrega. Pero no sucedió, porque minutos después de sufrir aquella inesperada y tardía reacción a lo sucedido 20 días antes sobre el terreno de juego, Braulio Leal se encontraba ya en manos de un especialista en un centro médico. Un doctor cuyo despreocupado diagnóstico no terminó de convencer a Verónica (de profesión, enfermera), que decidió acudir con su marido a una clínica de urgencia pese a que contaba ya con el alta médica. Otro acierto, pues los nuevos análisis detectaron en el cerebro una malformación vascular congénita: “Me hicieron una angiografía y después vino lo peor, me dijeron que tenía dos aneurismas ahí a punto de reventar. Fue duro, el neurólogo me dijo: ‘tienes que pensar que probablemente no vas a poder seguir jugando más’”.

Y al recordarlo los ojos se le humedecen: “Fue duro, porque yo no tenía pensado retirarme todavía. Y que te diga un médico que te tienes que retirar, que no puedes jugar más, es fuerte. Fue durísimo, porque además el diagnóstico era de gravedad. La pasé mal porque quería retirarme poniendo yo fecha. Decir: ‘éste va a ser mi último partido, hasta aquí llego’. Y no hacerlo de esta manera”.

Trata de ver, sin embargo, el vaso medio lleno: “Fue un golpe de suerte y lo asumo como tal. Agradezco haber caído, porque el golpe sí influyó en que convulsionara, pero permitió descubrir la malformación y los dos aneurismas. Y no sé si volveré. Quiero ser positivo, optimista, pero hay cuestiones que son más importantes. Mis hijos me vieron convulsionar y mi hija dice: ‘papá, no quiero volver a verte así’. Quiero volver a jugar, tengo unas ganas locas, pero si no puedo, no puedo”.

Tras ser sometido con éxito el 24 de noviembre a una embolización endóscopica de más de seis horas de duración, Braulio Leal inició su largo camino de regreso. La fecha estimada para su recuperación fluctuaba entre seis y 12 meses. Pero hoy, apenas tres después de su brutal caída, el centrocampista ya se ejercita sobre el terreno de juego. Realiza trabajo diferenciado, claro. “No puedo, por el momento, cabecear, hacer ejercicios de contacto, de roce, o que me aumenten la presión cerebral”, precisa. Pero sueña con volver cuanto antes a ser el que era: “A mis 36 años sigo teniendo pasión por esto, me encanta entrenar. El otro día me tocó estar en la tribuna y lo sufrí más que nunca. No sé si hacía frío, pero estaba tiritando de los nervios”.

A fines de enero, Braulio debía haber sido operado por segunda vez, pero lo reprogramaron para mediados de marzo. Una cirugía que podría finalmente no llegar a ser siquiera necesaria, pues la última resonancia -afirma- registraba una cicatrización ilusionante de casi el 90%: “Tengo todo este año de contrato en San Luis. Y soy un agradecido del club, de Manuel Gahona, de Gaspar, Jaime Baeza, Leo Durán, la Camila, el cuerpo técnico y todos mis compañeros, que desde el primer momento me apoyaron. Que te llame el presidente y te diga que pase lo que pase van a cumplir con todo, se agradece. Es poco usual”.

Tan poco convencional como lo es, a fin de cuentas, el propio jugador, quien con casi 20 años de fútbol profesional a sus espaldas se resiste todavía a rendirse, a dar un paso al costado. Porque la defensa del fútbol como pasión, pero sobre todo como profesión, como oficio, ha sido siempre su única bandera de lucha. Algo que demostró en 2014, cuando alzó la voz para denunciar (en nombre de todos los que no hablaron) que en el reparto de los premios por clasificar al Mundial de Brasil, los referentes de la Roja habían ignorado a 33 seleccionados. “Y yo creo que eso no va a volver a pasar más, porque quedó un precedente. Que cuatro o cinco jugadores tengan que decidir por lo que viene y por lo que pasó atrás no está bien. Pero al final se corrigió. Lamentablemente se tuvo que filtrar a la prensa para que tuviera alguna solución y se terminó solucionando por la presión mediática”, explica, antes de asegurar que, pese a los costos personales que supuso denunciar aquello, hoy volvería a hacerlo: “Hacerlo me trajo algunos problemas, porque en la calle te encontrabas con gente que te trataba de mercenario, de que te gusta la plata. E incluso algunos compañeros dudaron del acuerdo al que se había llegado. Pero por convicción, lo volvería a hacer. Con Claudio Bravo, la verdad, es que después de eso nunca tuve más contacto. Hasta que me escribió por Twitter antes de la operación. Perdí contacto con él y con la gente más cercana que tenía en la Selección”, sentencia.

A las cuatro de la tarde, el futbolista continúa desenterrando recuerdos, haciendo reflexiones, regalando sentencias. Porque da la sensación de que Leal es en realidad así, como su apellido, de una sola pieza. Es por eso que pese a haber sido seleccionado nacional en esta época no duda en afirmar que “la generación dorada son 12 ó 13 jugadores, los que sostuvieron todo el proceso y se ganaron el respeto”. O que aún habiendo sido ídolo de O’Higgins no dude en señalar como el equipo de sus amores al de su procedencia: “Muchos dicen que el futbolista con el tiempo deja de ser de un equipo, pero aunque yo le tengo mucho cariño a varios clubes y mucho respeto a todos, soy un agradecido a Colo Colo, porque me formó como persona. Y eso es para toda la vida. Sé que con esto me voy a ganar un par de puteadas por ahí, pero yo soy colocolino, colocolino de verdad”.

Y la conversación, que había arrancado, pese a todo, en clave optimista, termina de la misma manera. Con Braulio reincidiendo en su deseo de volver a jugar, aguardando a que el fútbol le regale una última oportunidad, un último golpe de suerte: “Yo tengo el curso de entrenador, soy entrenador ya. Y le digo a Miguel Ramírez todos los días que ando con el serrucho. No… es mentira… pero sé que mi camino va ligado al fútbol. Si no puedo seguir jugando y tengo que estar dos pasitos afuera, voy a estar ahí. Aunque si me preguntas hoy día, yo te digo que en marzo voy a estar jugando”.

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