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Actualizado el 30/12/2016
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Death cafe: Con la muerte sobre la mesa

Autor: Juan Pablo Figueroa / Ilustraciones: Alfredo Cáceres

¿Qué ocurre cuando diez desconocidos se juntan para conversar de lo que pocos se atreven a hablar? Así fue el primer Café de la Muerte realizado en Chile.

Death cafe: Con la muerte sobre la mesa

“Tu amigo Rodrigo está de cumpleaños. ¡Salúdalo!”. Ese mensaje me arrojó Facebook la mañana del jueves 10 de noviembre de 2016. Fue lo primero que leí ese día. Se refería a un profesor de castellano que tuve en el colegio, con quien no hablaba hacía años. Entré a ver su perfil. Sus últimas fotos lo muestran demacrado, consumiéndose en una pieza de hospital por una extraña infección a la sangre. Sus amigos y familiares lo saludaban, lo felicitaban, le dejaban mensajes con buenos deseos y muestras de cariño. Me dio un escalofrío. No le escribí nada. Para qué, si Rodrigo nunca salió de ese hospital y hace ya casi tres años que está muerto.

No pienso mucho en la muerte, pero desde hacía dos semanas que rondaba en mi cabeza de distintas maneras: el recuerdo de todos mis muertos –una amiga que falleció a los ocho años, mis abuelos, mis perros, la idea de la mía- y el terror a la partida de alguno de mis hijos. Pensaba en cómo siendo un niño una muerte me alejó de la religión, en el miedo que me da que de un minuto a otro todo se pueda acabar, y en lo terrible que resulta vivir con la única certeza de que, eventualmente, todos los que amamos van a desaparecer.

No eran pensamientos fortuitos, sino que se detonaron a fines de octubre con una invitación que tenía para ese día y que era tan extraña como inesperada.

Matías Reeves (32), ingeniero civil industrial y actual secretario ejecutivo de la Nueva Educación Pública del Ministerio de Educación, me llamó para que fuera al primer Café de la Muerte que se realizó en Chile. Una actividad que organizó junto a su amigo Jorge Browne (30), un médico que se está especializando en geriatría en la Universidad Católica. Cada uno invitó a distintas personas que no se conocían entre sí a juntarse la noche del jueves 10 de noviembre en el restaurant La Diana, en el centro de Santiago, a hablar de un solo tema: la muerte.

Aunque rara, la idea no es tan descabellada. Cada día mueren en promedio cerca de 290 personas en Chile. Al año, según datos del Instituto Nacional de Estadísticos (INE), son alrededor de 105 mil. Así de normal es morir. A pesar de ello, el último estudio de la muerte elaborado por el Instituto de Sociología de la Universidad Católica junto con el Cementerio Parque del Recuerdo, revela que sólo tres de cada diez chilenos piensan recurrentemente en ese momento. Y apenas un 23 por ciento habla al respecto. Aunque los resultados representan un aumento en relación a mediciones anteriores, dan cuenta de que en Chile el tema sigue siendo incómodo, algo sobre lo cual quizás es mejor no hablar.

“La muerte se esconde porque es poco elegante y cada vez se ve más distante gracias a los avances de la ciencia. Ponerla en la mesa como algo natural ayuda a verla como algo común y no como algo malo”, dijo ya sentado Juan Carlos Claro, médico y académico de la Universidad Católica, estudioso de las narrativas de la muerte, y una de las ocho personas de distintas disciplinas que respondieron a la convocatoria de Reeves y Browne.

Además de ellos, llegamos tres periodistas, un anestesiólogo, una matrona, un académico de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile y una mujer que llegó atrasada y nunca contó a qué se dedicaba. Sobre la mesa había copas de vino. “Una está envenenada”, dijo Reeves para romper el hielo y sólo consiguió una que otra risa nerviosa.

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La franquicia de Underwood
El primero en llevar la muerte a la mesa fue Jon Underwood, un estudiante de un centro budista de Londres, Inglaterra, que en 2011 quiso romper el misterio y el silencio y hacer del fin de la vida algo más familiar, más ameno. Basado en los estudios del sociólogo suizo Bernard Cretazz y sus “cafés mortales”, Underwood convocó a un grupo de personas para hablar libremente de la muerte mientras tomaban té y comían pasteles. De sus creencias, sus miedos y sus dolores. Lo llamó Death Cafe. “Mi experiencia me dice que la muerte puede jugar un papel importante para ayudarnos a disfrutar de la vida. También creo que centrarnos en la muerte puede ayudar a superar algunos grandes retos, como el apoyo a los adultos mayores, el cambio climático, el fracaso del sistema económico y la desigualdad crónica global”, escribió Underwood en su sitio web.

Al poco tiempo la idea se replicó en varios lugares y derivó en una “franquicia social”: cualquier persona en cualquier parte del mundo puede convocar a una reunión de este tipo y usar el nombre de Death Café, sólo tiene que descargar gratis la guía que Underwood preparó y publicó en su web (www.deathcafe.com). Según los datos de esa misma página, ya se han registrado más de 3.900 encuentros en casas, cafeterías, restaurantes, e incluso cementerios, en 40 países en Europa, Asia, Australia y América.

En vez de té y pasteles, la primera versión chilena del Café de la Muerte fue con vino y pizzas. Tras una breve introducción, cada participante contó la extrañeza que nos produjo la invitación y por qué decidimos asistir. De a poco salieron a flote algunos fantasmas.

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El peso de la muerte
Mi primer encuentro con la muerte fue a los cuatro años: me encaramé al ataúd de mi bisabuela y vi su rostro pálido e inexpresivo. No pude dormir durante varias noches. Cuando tenía nueve, falleció uno de mis abuelos por una leucemia fulminante y poco después atropellaron a mi perro. Pero la que más me marcó fue la de una amiga de ocho, cuando yo tenía diez. Un cerro se desmoronó sobre la casa de su tía durante una reunión familiar. Murió junto con dos de sus primos. Entonces dejé de creer en Dios.

Nunca antes había compartido con nadie esas historias, menos con desconocidos. Ninguno de los diez que estábamos allí lo había hecho.
Algunos manifestaron su miedo. Por ejemplo, Nicolás Salas: es anestesiólogo y le aterra morir. Él reconoció que aunque le ha tocado por su trabajo ver a gente apagarse, la idea de su propia muerte pasa frecuentemente por su cabeza. Lo angustia. Explicó que “a veces es tanto, que necesita tocar algo para sentir que sigue vivo”.

Carol Toro también dijo algo parecido. Ella es matrona, trabaja en neonatología y ha visto morir a dos niños recién nacidos. Uno por agenesia de hipófisis, una rara malformación congénita que se considera incompatible con la vida. El otro, por una enterocolitis que se complicó. “En esos casos lo acepto, sufro y me corto las venas un par de días. Después sigo adelante”, dijo Carol, y añadió: “Cuando pasa te preguntas, ¿cuál es el sentido de la vida?”.

Por unos minutos, esa pregunta fue el eje de la conversación. Hablamos entonces de Dios y religión, de las culturas que veneran a la muerte y de aquellas que creen en la reencarnación o en una vida eterna. También del recuerdo, el olvido y el impacto que los muertos dejan en los vivos. Algunos aseguraban que ahí estaba el sentido de la vida, en el legado que uno deja. El licenciado en letras y académico de la Escuela de Teatro de la U. de Chile, Paulo Olivares, piensa otra cosa. Para él “la vida no tiene más propósito que vivirla. Si se acaba, ya está”.

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La muerte como una derrota
Uno de los presentes reconoció que cuando este año murió su abuela, “después del funeral fue como si nada”. Como si no le afectara. Que le costó llorar y que se sintió culpable por ello. Otra dijo entre lágrimas que aún espera encontrarse con su madre, muerta hace un par de años por un cáncer, y que todavía sueña con ella. Y uno de los médicos contó que a veces, cuando fallece alguno de sus pacientes, llega a su casa, escribe y llora.

El periodista Javier Ibacache, director de programación del Teatro Diana, dijo que tras la pérdida de sus padres y de un sobrino ha estudiado cómo prepararse para la muerte a través de la astrología. “¿Cómo es más genuino procesar el duelo? ¿Hay alguna forma sana de hacerlo?”, preguntó. Nadie supo cómo responder.

No fue la única pregunta que quedó sin respuesta. La conversación se extendió por casi dos horas y media y se convirtió en un paseo por distintas dimensiones sobre la muerte. Hablamos sobre enfermedades terminales y de la vejez: ¿Qué pasa con aquellos ancianos que pierden la conciencia de sí mismos y su entorno? ¿No es a veces mejor dejarlos partir? ¿Qué querríamos en su lugar? Hablamos de la eutanasia y el suicidio asistido. También sobre distintas formas de morir y el destino de nuestros restos. De cómo quisiéramos que acabaran nuestras vidas y lo poco que nos preparamos para nuestra propia muerte.

Desde entonces, según el sitio web de Death Cafe, ya se han realizado otras dos reuniones similares en Chile: una, el 24 de noviembre en un café de Providencia; la otra, el 10 de diciembre, en Puerto Varas.

En algún momento antes de terminar ese primer encuentro, el médico Juan Carlos Claro comentó que si la gente no suele hablar del fin, es porque “la muerte sigue viéndose en la cultura occidental como una derrota”. Y puede tener razón. Pero de alguna forma, con sólo hablarlo, algunos sentimos esa noche que le habíamos ganado.

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