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Actualizado el 26/11/2016
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Fidel Castro y Chile: los hitos de una relación de más de medio siglo

Autor: Pedro Schwarze

Es difícil encontrar otro actor internacional que haya influído tanto y por tan largo tiempo en los destinos de Chile. Desde que el líder cubano llegó al poder en 1959 hasta después del retorno de la democracia en Chile, Castro fue una figura central en la izquierda, el gobierno de Salvador Allende y el surgimiento del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Este es un breve recorrido por los principales momentos donde la figura de Fidel tuvo un peso gravitante en los sucesos chilenos.

La gira de 1971: Un largo e incómodo viaje de 24 días

El programa decía 10 días, pero se quedó 24. La visita a Chile de Fidel Castro en 1971 fue la primera vez en años que el entonces primer ministro cubano -medianamente aislado- hacia al extranjero, por lo que no quería desaprovechar esa oportunidad para viajar y conocer, hablar ante un público nuevo y, por sobre todo, situarse en la primera línea en un país que le estaba quitando protagonismo, por el experimento de Salvador Allende y de la Unidad Popular de establecer una vía pacífica al socialismo, tan distante del modelo que el representaba: la revolución armada.

Así, usó todos sus recursos para encandilar a los más radicales, molestar a la izquierda tradicional, escandalizar a la derecha y polarizar al país entero. El gobernante cubano llegó el 10 de noviembre y se fue recién el 4 de diciembre de 1971, cuando hacía rato que Allende estaba molesto con Castro por su permanencia, por sus intromisiones en asuntos internos y por su discurso incendiario. Recorrió de Iquique a Tierra del Fuego “como un testigo de Jehová anunciando el Apocalipsis”, escribió Norberto Fuentes sobre lo que contó su amigo Antonio de la Guardia, entonces en el grupo de seguridad de Castro, y quien sería fusilado en 1989 en un supuesto caso de narcotráfico.

El paso de Fidel por Chile enrareció tanto el ambiente político que el clima de enfrentamiento creció -y no se detuvo hasta el golpe de 1973- y en su honor hicieron fueron estrenados los “cacerolazos” de las mujeres opositoras.

La irritación de Allende era tal que en las fotos de esos días no oculta su rostro de desagrado. Incluso le pidió al entonces secretario general del Partido Socialista, Carlos Altamirano, que le dijera a Castro que ya era suficiente, que se fuera, pero el dirigente se negó a hacerlo.“Salvador me pidió (que hablara con Fidel), pero yo no lo hice”, ha relatado Altamirano. “No era fácil decirle a una personalidad y a un jefe de estado de la talla de Fidel ‘mire, ya está bueno que se vaya’.  Tampoco yo era el más apropiado para decírselo”.

Finalmente, se organizó una despedida multitudinaria en el Estadio Nacional, el 2 de diciembre -quizá para que no pudiera volver a cambiar planes- donde Fidel Castro lanzó sus últimos dardos en los que evidenciaba su distancia de la vía chilena al socialismo.

“Lo decimos con toda franqueza: que hemos tenido la oportunidad de aprender y de ver el fascismo en acción. Y sinceramente creemos que no habrá nada que pueda enseñarnos tanto como esta visita”, y “regresaré a Cuba más revolucionario de lo que vine; regresaré a Cuba más radical de lo que vine; regresaré a Cuba más extremista de lo que viene”, son dos de los pasajes más recordados de su discurso.

Fidel Castro y Allende

La batalla en la embajada cubana

“La orden de Fidel era que los cubanos podían actuar en el conflicto chileno sólo si Allende lo solicitaba, de lo contrario, tendrían que mantenerse dentro de los límites de la embajada” relata en Las Armas de Ayer, Max Marambio, uno de los chilenos más cercanos a Castro y protagonista de la batalla en la embajada cubana el 11 de septiembre de 1973. Con la certeza de que el golpe era irreversible y que éste no sería resistido, Castro asumió que la sede diplomática se convertiría en un objetivo militar y ordenó fortificar la residencia, construir un subterráneo y que el casi centenar de funcionarios se mantuviera en su interior. A cargo de la defensa quedó un contingente de 43 miembros de Tropas Especiales, el cuerpo militar de elite de Fidel, los que contaban con 160 fusiles AKM y varios lanzacohetes RPG7.

El 29 de julio de 1973 Castro había enviado a Chile dos altos emisarios: Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente de Cuba, y Manuel “Barbarrojas” Piñeiro, jefe del Departamento América. Ellos le entregaron a Allende una carta donde el líder cubano le recordaba “nuestra disposición a cooperar frente a las dificultades y peligros que amenazan el proceso”, además de hacerle hincapié en que “la formidable fuerza de la clase obrera chilena” puede ante “tu llamado…paralizar a los golpistas”. Según relató a La Tercera en 2001 Ileana de la Guardia -hija de Antonio de la Guardia, uno de los oficiales favoritos de Castro y jefe militar de la embajada en Santiago- la verdadera misión de los altos personeros fue intentar “convencer a Allende de que diera un golpe de estado antes que lo hicieran los militares”.

A las 9 AM del 11 de septiembre la embajada cubana -ubicada en el barrio de Providencia- fue rodeada por fuerzas del Ejército. Según relata Marambio, esa mañana los cubanos se contactaron con Allende para “ofrecerle combatir a su lado (…) pero el Presidente se negó”. El fuego cruzado entre ambas fuerzas sólo comenzó al caer la noche, cuando el yerno cubano de Allende, Luis Fernández de Oña, intentó salir de la residencia. Durante casi diez minutos las ráfagas de las metralletas del Ejército se enfrentaron a los 120 fusiles cubanos que disparaban a la calle y casas vecinas. Al día siguiente, Chile rompió relaciones con Cuba y dio un plazo de 24 horas para que los miembros de la embajada abandonaran el país. En La Habana, Fidel Castro recibiría a los hombres provenientes de Chile con honores en el aeropuerto José Martí.

Pocas semanas después, en un discurso en la Plaza de la Revolución, Castro reescribió la historia de la muerte de Allende, al relatar con detalle cómo el mandatario chileno murió combatiendo (ver pg 30). En una sola frase, Fidel reflejó por qué lo describía muriendo con una metralleta en las manos: “ Ahora, los chilenos ya saben que no hay ninguna otra alternativa que la lucha armada revolucionaria” dijo.

Las armas de Carrizal Bajo y el atentado a Pinochet

Fue Fidel Castro en persona quien dio el vamos. Desde 1980 el encargado internacional del PC, Guillermo Teillier -actual presidente del partido- viajó en varias ocasiones a La Habana y a partir de 1984 comenzó a abordar con Castro la idea de desarrollar una lucha más frontal contra el régimen militar con miras a 1986, “el año decisivo” para la caída de Pinochet. En uno de esos encuentros conversaron sobre la necesidad de trasladar armamento para el FPMR en Chile.

Según ha relatado Teillier, aunque tuvo dudas iniciales, en 1985 “Fidel nos dijo bueno, que estaba dispuesto a ayudar en todo, pero que también había riesgos internacionales porque Cuba enfrentaba una situación muy compleja. El arriesgaba mucho”.

Fidel designó a uno de sus oficiales más destacados, el general Alejandro Ronda, jefe de Tropas Especiales del Ministerio del Interior, para que se hiciera cargo de la operación de traslado de al menos 80 toneladas de armamento, la mayoría recolectadas por los cubanos de las armas que Estados Unidos había dejado abandonadas en Vietnam. Se definieron dos entregas en 1986, en la pequeña caleta pesquera de Carrizal Bajo en la Región de Atacama.

Cuba cumplió con éxito la operación: el traspaso de las armas en alta mar se hizo sin inconvenientes y según el escritor cubano Norberto Fuentes, ex miembro del círculo de hierro de Castro, Fidel premió a los participantes del desembarco “con automóviles y otros regalos”. Sin embargo, los errores de inteligencia de los chilenos hicieron fracasar la operación en tierra y el arsenal fue incautado por la CNI en agosto de 1986.

El 7 de septiembre de 1986, el día en que el FPMR realizó el atentado a Pinochet, Fidel estaba de gira en Yugoslavia. Su ministro José Abrantes fue quien le dio la noticia: “Comandante, falló la emboscada a Pinochet”, le dijo. Según ha contado Fuentes, en los días previos Castro “estaba obsesionado con matar a Pinochet. Lo repetía y repetía sin parar. Era un tema que se conversaba mucho en los círculos de inteligencia cubanos”.

La Habana ofreció sus bases de entrenamiento para los frentistas y las autoridades de la isla manejaron un detallado registro de los preparativos de la denominada Operación Siglo XX. Tanto así que dos años después el escritor Norberto Fuentes recibió del gobierno una caja con más de 60 horas de grabaciones y videos, con la recopilación de la inteligencia cubana sobre el atentado, para que escribiera una novela. Tarea que jamás se concretó.

El regreso y la distancia con los viejos aliados

En noviembre de 1996 Fidel Castro regresó a Chile. Esta vez no fue una visita oficial sino para participar en la VI Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de gobierno que se celebró en Santiago y Viña del Mar, y su estada en el país duró sólo dos días. Un año antes, con el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Chile y Cuba habían reestablecido relaciones diplomáticas a nivel de embajadores. Castro, a diferencia de la visita de 1971, mantuvo las formas y moderó su agenda paralela a la cumbre.

En una de esas actividades, en un homenaje en el Canelo de Nos, el Partido Socialista marcó distancias con el gobernante cubano. Claro que lo hizo a través de la viuda de Salvador Allende, Hortensia Bussi. Una jugada insospechada, ya que Cuba había acogido a varios miembros de la familia Allende en el exilio y Bussi tenía nietos cubano-chilenos.

Fue el entonces presidente del PS, Camilo Escalona, quien le pidió a la ex Primera Dama que hablara y quien preparó el discurso en conjunto con Luis Maira, secretario general de la colectividad. En él la viuda de Allende pidió apertura política y libertades democrática en la isla. El episodio es considerado el quiebre definitivo del PS con Fidel Castro y el régimen cubano, a tal punto que cuando Michelle Bachelet viajó a La Habana, como presidenta, en 2009, no viajó con ninguno de los dirigentes socialistas de esos años. El comandante cubano ya no tenía nada en común con el socialismo chileno y la izquierda concertacionista. Renovado a la europea y en el poder, el PS se había distanciado completamente del ideario de Castro.

En 1997, Bussi (quien falleció en 2009) dijo al diario La Epoca que el tenor de su declaración fue aprobado por Escalona: “Yo le dije, voy a entregar mi percepción, porque pienso que, si bien la Revolución Cubana produjo grandes éxitos, nadie puede estar en el gobierno más de 30 años. Camilo Escalona me dijo: ‘Muy bien, tengo confianza en lo que usted hace”.

Castro trató de bajar la tensión y al día siguiente en una recepción en la embajada de Cuba en Santiago se acercó a Hortensia Bussi y le expresó que “las relaciones con la familia Allende conmigo son indestructibles y nada va a estropear nunca nuestra relación”.

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