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Actualizado el 11/08/2017
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Paolo Bortolameolli, vocación dirigida

Autor: Marisol García / Fotografías: Luis Felipe Quintana

Confirmado hace unos días como director asistente de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, el músico chileno es, a los 34 años, una estrella a escala sinfónica. Él aprecia la relevancia del cargo y entiende la agitación en torno suyo sobre un hito que sin embargo no quiere ver como una conquista. “Lo que vale es qué puedo dar de aquí en adelante”, dice.

Paolo Bortolameolli, vocación dirigida

En las 48 horas previas a esta conversación, y por culpa de un vuelo retrasado desde Buenos Aires, Paolo Bortolameolli ha dormido sólo una noche y ocupado un aeropuerto trasandino como el más improbable lugar de estudio y pensamiento sobre música. De seguro nadie había matado antes el tiempo en Ezeiza como el director de orquesta chileno: respondió entrevistas por e-mail, revisó detalles de posproducción de un nuevo capítulo de Ponle Pausa —la estupenda serie de breves clips sobre música con él como conductor y parcial guionista; completa en YouTube— y repasó luego sinfonías de Mahler, Schoenberg y Beethoven.

Tres ensayos para diferentes repertorios, en tres lugares y con tres orquestas diferentes lo esperaban en una misma tarde en Santiago. También su hijo pequeño, al que no veía hacía dos semanas.

-Y en la noche, luego de los tres ensayos, me invitaron a una reunión con mis amigos más queridos de toda la vida. Sabía que me estaba muriendo del agotamiento, pero no los veía hace demasiado tiempo, y con nadie me río como con ellos. Si no los veo pierdo yo, pensé. Y fui. Ése tipo de cosas, de intentar abarcar mucho sin que algo se caiga por los lados me pasa más ahora, es cierto. Pero no lo lamento: lo veo como un período en que así tiene que ser.

Son circunstancias de encuentro excepcionales para un entrevistado con agenda asombrosa. Así tiene que ser porque el momento de Paolo Bortolameolli es ahora el de una estrella, a escala sinfónica. Convertido a los 34 años en el más vistoso director de orquesta chileno, su reciente confirmación como director asistente de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles para la temporada 2017-18 lo ha dejado en una altura internacional de relevancia objetiva; para él, sus proyectos y la atención general hacia su trabajo.

Lo que en el currículo es tipografía destacada en negrita, en la distribución del día es encaje preciso de tiempos y esfuerzos. Sólo la segunda quincena de este mes, Bortolameolli se presentará junto a la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, la Orquesta Sinfónica Estudiantil Metropolitana y el grupo de cámara Solístico de Santiago en un total de seis conciertos, en Santiago y Valparaíso. Debe luego regresar a Los Ángeles con varias obras memorizadas, las que no deja de estudiar a diario. En la dinámica de orquestas profesionales, un director asistente suma a sus tareas la de estar disponible como un potencial reemplazo para cubrir cancelaciones de improviso. El repertorio debe estar siempre a alcance de imprevistos. El chileno no habla de cansancio sino de responsabilidad: “Te enfrentas a una orquesta y, bueno, qué pueden importar tus dudas o tu cansancio: los músicos están ahí para tocar. Entonces qué más vas a hacer. La presión en esto es tan grande, que terminas memorizando cosas que hace años me parecían imposibles”.

La suya es una convicción desde la infancia (comenzó con clases de piano a los 8 años), que dice que siempre asoció no sólo a su arrebato por el sonido y la ejecución sino también a la posibilidad de expandir éste en iniciativas de contacto con audiencias. Prefiere hablar de sí mismo como un músico que como un director. E ir más allá: “Enseñar, escribir, no sé. Ser como un conector entre mundos. Es eso lo que busco”.

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Lo que me pasa nunca lo pienso en términos de conquistas ni escalones de ascenso, más bien al revés. La meta es no tener techo. Que de eso que haces hagas lo que más puedas. Por eso lo de ser nombrado director asistente en Los Ángeles es increíble, en todos los sentidos: musicales, artísticos, de gestión, pero al mismo tiempo porque abre otro montón de oportunidades para seguir desarrollando tu filosofía. Tengo conciencia de que este sí es un hito en mi vida, pero lo que vale es qué hago después en cuanto a lo que puedo dar de aquí en adelante.

Entiendo la atención que esto ha generado en medios en el contexto de lo que es hoy la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles. Porque, objetivamente hablando, sí es una noticia bien relevante. No hay otra orquesta que esté haciendo tanto por renovar formatos, encargar obras a compositores contemporáneos, forjar nuevas audiencias, enlazarse con la sociedad… compite sólo consigo misma. Y le suma tener a Dudamel; digo, perdón, al maestro Dudamel, como referente mundial. Además, el look que supieron dar al encargarle el edificio a Frank Gehry es tan del sigo XXI, tan innovador. Detrás de todo eso ha habido decisiones muy inteligentes. Yo estuve ahí becado, fui Dudamel Fellow, pero esto ya es un cargo, soy parte del staff. La orquesta más importante de Estados Unidos ha puesto su confianza en mí, y eso como que todavía se me hace difícil de asimilar.

Cuando llegué a Yale en 2011, todos mis compañeros tenían una conciencia muy desarrollada sobre el self-marketing. Hablaban de lo importante que era tener una web, un portafolio de retratos… y para mí eso era muy chocante. Yo estaba en una mentalidad de estudio-estudio-estudio, y todo el resto me era super ajeno. Había un ramo de “Career management”, imagínate, y era larguísima la lista de espera para tomarlo. Pero por suerte me aceptaron, porque ahí ordené ideas que siempre había tenido pero sin saber conectarlas. En la primera clase, la profesora leyó un texto sobre la situación de las orquestas en el mundo. Era terrible lo de la falta de presupuesto, los cierres, la frustración… te daban ganas de irte a ver Netflix una semana y olvidarte de todo. Pero la lección era: esto sucede porque prevalece una mirada estancada, y nuestra función es entender que no somos funcionarios del sistema, sino gestores. No puedes seguir pensando que ojalá el teatro esté lleno, sino que depende de ti: “Make it happen”. Es muy gringo eso, es verdad, pero lo agradezco por cómo me ayudó a ver lo que hago de una forma más aterrizada, más concreta; que la forma de comunicar tus ideas tiene que tener cierto método. Estamos en una época en que si tienes buenas ideas, las herramientas están a la mano. ¿Tienes ideas? ¿Te gusta la música? Ocupa eso, pero ocúpalo bien.

Me gusta mucho venir a Chile. Te advierten eso de que uno no es profeta en su propia tierra, que el chaqueteo… todas esas cosas que escuchas y temes, pero que la verdad es que en mi caso nunca han existido. Me siento muy cómodo con el ambiente musical acá, con las experiencias que he tenido con orquestas, con los músicos. Pero además siento un compromiso. Por eso existe el Ponle Pausa, y mi colaboración con la FOJI (Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles). Podría ser una decisión quedarme ahora un buen tiempo en Estados Unidos, pero claramente no es lo que quiero, ni por razones profesionales ni por mis amigos, mi familia. Mi intención es siempre dejar tiempo para estar acá y desarrollar ideas.

Disculpa si sueno cliché, pero en eso de que el arte es un lenguaje universal yo creo a rajatabla. No hay nada que comunique más a las culturas que esa mirada sensible del mundo que te rodea. Por eso no puedo despegarme de la relevancia que el arte tiene como herramienta de cambio, de piedra angular de una sociedad en términos de evolución social, de crecimiento, de todo. Con esto no digo que debiese haber más músicos en el mundo, no es eso. Es más bien que nadie debiese sentirse ajeno a la experiencia del arte. Cuánta gente dice: “No voy a un concierto porque no entiendo”, siendo que escuchar música debiese ser algo natural. El público no es el enemigo; es, de hecho, la víctima, porque se perdió con esta visión del arte alejado, sólo para elegidos. Por eso mi urgencia es invitar: “Señor, no importa si no entiende. No tiene que informarse. Vaya, nomás”.

Jamás dudé de lo que quería hacer. Jamás tuve bajones ni dudas vocacionales. Pero, sí, pensaba: qué triste que haya una separación tan grande entre los músicos y cómo vivimos lo que hacemos, y cómo lo perciben las personas que van a un concierto como si fuese una alternativa de salida un viernes en la noche, cuando también podrían haber ido al cine o a un restaurante. Para nosotros es nuestra vida: nos desvivimos si un acorde no está correctamente afinado, si hay un cambio en las anotaciones entre dos partituras, y sé que transmitir eso es imposible. Pero sí quiero ser alguien que te recuerde que ir a un concierto es una de las formas de vivir la música, pero es más que eso. Agradezco tanto estar ahora en Los Ángeles, porque ahí tienen la misma parada, y con todos los recursos. Es un lugar soñado para quien piensa que el arte se vive de forma transversal; de que no tiene que ser esclavo de ningún tipo de formato, porque los formatos son reinventables todo el tiempo.

A los diez años, o incluso más chico, si escuchaba algo que me gustaba corría donde alguien y le decía: “¡Pero mira! ¡Escucha!”. Esa fascinación por entusiasmar a alguien con lo que a mí me entusiasma la recuerdo desde que tengo memoria. Podía ser una película, un cuento, o incluso cuando le contaba la materia al compañero que no había leído para la prueba, y yo se la narraba como una historia, y le ponía harto color. Y con la música, ni hablar. Desde niño me fascinó la visión transversal de la música que tenía Leonard Bernstein, y lo que él hacía desde lo pedagógico, cercano a la audiencia, super carismático y, sobre todo, esa facilidad para explicar asuntos complejos en palabras simples. Podía explicarle Mahler a un niño. Era un tremendo músico con una facilidad de comunicación notable. En él se inspira Ponle Pausa que no es una clase de música, para nada. Es compartir esta fascinación y cómo esa fascinación resuena en ti. Así generas preguntas, siembras curiosidad. Y ese impacto es mucho más potente que seguir defendiendo formatos estancados que lo único que hacen es rendirle homenaje a la tradición, pero que no atraen a nadie nuevo.

No me considero un director de podio. Hay una cosa funcional de tener que subirte para que te vean, porque ocupas una batuta, pero eso no es suficiente. Yo soy músico. Y soy uno más con los músicos. Cada uno tiene roles distintos, pero vamos todos por lo mismo. No soy un jefe. Funciono más a través del convencimiento: si ellos quieren tocar contigo va a sonar increíble.

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Presentaciones en Chile

Con la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil:
Mozart, Las bodas de Fígaro, obertura y Mahler, Sinfonía nº4.

17 de agosto, 19:30 h., Teatro Municipal de Ñuñoa (entrada liberada);
19 de agosto, Universidad Federico Santa María, Valparaíso.

Con el Grupo Solístico de Santiago y amigos:
20 de agosto, 20 h., Centro GAM.
Schoenberg, Sinfonía de Cámara Nº1 Op.9 y Sinfonía de Cámara Nº 2 Op. 38.

27 de agosto, Teatro Municipal de Santiago (Sala Arrau) Saglie, El angelito de Violeta y Misterios chilotes para oboe; Pereira, Concierto enigmático para violín; Schoenberg, Sinfonía de Cámara Nº 2 Op. 38.

Con la Orquesta Sinfónica Estudiantil Metropolitana
Mussorgsky, Noche en el monte Calvo; Bernstein, Mambo (West Side Story); Beethoven, Sinfonía nº1 Op. 21.

23 de agosto, Centro Cultural Carabineros de Chile, Santiago (entrada liberada)
24 de agosto, 19.30 h., Centro Cultural de Cerrillos (entrada liberada).

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