Salud mental: ¿drogas o terapia?

<img height="21" alt="" width="94" src="https://static-latercera-qa.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/sites/7/200907/438255.jpg" /> En su reciente y polémico libro "Medicalizando la mente", el sicólogo Richard Bentall se lanza en picada contra el abuso de fármacos y el énfasis genético en los trastornos mentales.




Con la aparición de la fluoxetina o Prozac a mediados de los años 80, se pensó que las enfermedades mentales llegaban por fin a buen puerto. Depresión, trastorno obsesivo compulsivo, ataques de pánico y otros problemas mentales se creían destinados a desaparecer. El mundo parecía al borde de una felicidad permanente y algunos proponían añadir Prozac al agua potable, como una forma de elevar la calidad de vida.

Pocos años más tarde se vio que se estaba lejos de una solución biológica y radical de las enfermedades mentales. Debido a los fracasos e insuficiencias de la fluoxetina, la industria farmacéutica comenzó a producir nuevas drogas de la misma familia: inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina. Gracias a éstas, este neurotransmisor (la serotonina) mantiene altos sus niveles en el cerebro, con lo cual disminuye la agresividad, se mejoran el humor y el sueño. Pero las nuevas promesas de felicidad tampoco se cumplieron del todo.

Por eso, el sicólogo clínico británico Richard Bentall plantea que a pesar de los aparentes progresos en entender la enfermedad siquiátrica, los tratamientos han hecho poco para mejorar el bienestar humano. En su libro Doctoring the mind (Medicalizando la mente) advierte que las pruebas clínicas para estas drogas son, por desgracia, defectuosas. En su obra cita la sorprendente evidencia de la Organización Mundial de la Salud, que sugiere que los pacientes que sufren episodios sicóticos en los países en desarrollo se recuperan mejor que los del mundo industrializado, con mejores sistemas de salud, algo que su libro busca explicar.

ALGUNAS CRÍTICAS
Bentall asegura que en lugar de hablar de síntomas siquiátricos, es más exacto referirse simplemente a las "quejas" de los pacientes. Tampoco considera adecuado poner énfasis en que estos trastornos tienen una base genética, porque eso sólo sirve para crear el estigma del enfermo mental y alimentar su discriminación. Saber que tal o cual gen tiene alguna participación en determinado trastorno no se ha traducido en la cura del problema, dice.

A esto hay que agregar que el peligro de usar medicamentos siquiátricos a largo plazo supera con creces los beneficios. De hecho, recientemente, la gran mayoría de los antidepresivos han estado sujetos a revisión, debido a los riesgos de suicidio que tiene su consumo.

¿EL HUEVO O LA GALLINA?
Bentall advierte que el gran debate sigue pendiente. Mientras algunos plantean que son los desequilibrios de la química cerebral los que causan la enfermedad, otros defienden que son los traumas, el estrés mantenido o los estados de abandono y miseria los que enferman y trastornan el delicado balance que debe existir entre los neurotransmisores.

Para este especialista, la siquiatría es una disciplina que más que descubrir enfermedades las inventa. No se hace un test de laboratorio para concluir que alguien padece una esquizofrenia o bipolaridad, tal como se hace con la diabetes.

Lo anterior explica que sea más frecuente el diagnóstico de esquizofrenia en Estados Unidos y Rusia, mientras que sea escaso en Europa. Este grado de especulación de la siquiatría facilitó también que en la ex Unión Soviética se etiquetara a los disidentes como esquizofrénicos.

Y aunque Bentall reconoce que en algunos casos los fármacos pueden ser útiles, no es menos cierto que hoy se busca extender el uso de medicamentos antisicóticos a los niños por tener conductas "disruptivas", lo que antes era simplemente un niño desordenado o inquieto.

Este sicólogo llama a fijarse más en solucionar las circunstancias adversas que puedan enfermar a una persona y confiar en el poder curativo de la conversación y, sobre todo, de escuchar.

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