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Actualizado el 09/12/2017
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Terapias de reconversión homosexual: ¿Ser o no ser?

Autor: Miguel Ortiz A. Fotos: Marcelo segura

Pese a que hace décadas que la homosexualidad dejó de ser considerada una patología, aún existen terapias que prometen “curarla”. Algunas tratan a sus pacientes como si fueran adictos que tienen que purificarse y educar su autocontrol. Mientras tanto, autoridades y especialistas alertan sobre sus riesgos.

Terapias de reconversión homosexual: ¿Ser o no ser?

Mi nombre es Miguel, tengo 35 años, soy periodista y homosexual. Desde 2015 pololeo con Felipe, de quien estoy profundamente enamorado. Algún día, cuando en Chile se pueda, nos queremos casar.

Sin embargo, esta semana voy a probar una serie de técnicas que prometen “curar” la homosexualidad para entender en qué consisten este tipo de programas. Pese a que son controvertidas a nivel público, las terapias de “reconversión” son algo de lo que se habla en voz baja en muchos hogares en Chile, sobre todo en los más conservadores. En mi casa, por ejemplo, el tema se discutió. En su minuto me lo plantearon como una alternativa, una salida para que pudiera tener una vida sin sobresaltos, “de cara a Dios” y para que no incomodara a nadie. Y como me lo propusieron con cariño -nunca he puesto en duda el amor de mi familia-, me lo pensé.

Afortunadamente tomé otro camino (uno más sensato, creo) que me permitió conocerme mejor y ordenar mi cabeza. Hoy puedo dar testimonio de que es perfectamente posible ser gay y feliz. Por lo mismo, me da impotencia ver a personas homosexuales (amigos, muchos de ellos) que no se atreven ni a tocar el tema con sus padres: “Los voy a desilusionar”, “me van a echar de la casa” o “me van a mandar al sicólogo para que me gusten las mujeres”. A algunos, derechamente, les han ofrecido pagarles los servicios de una prostituta “para que prueben y vean si les gusta”.

En 2013, cuando yo aún no salía del clóset, una de mis hermanas me recomendó el libro Comprender y sanar la homosexualidad, del sicoterapeuta estadounidense Richard Cohen. En ese momento, debo admitir, no me escandalizó que hablara de “sanar” una orientación sexual. Pese a que ya en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) eliminó la homosexualidad del Manual de diagnóstico de los trastornos mentales (DSM) y llamó a rechazar toda legislación discriminatoria contra gais y lesbianas, las personas como yo dejamos de ser consideradas enfermas por la Organización Mundial de la Salud recién en 1990, el mismo año en que Cohen creó la Fundación Internacional de Curación (International Healing Foundation), a través de la cual promueve sus terapias “reparativas”.

imagen-testimonio-20Ser gay sigue siendo ilegal en más de 70 países y mal visto o condenado en muchos círculos, contexto que permite que surjan libros como el de Cohen, que ya tiene más de diez ediciones en español. Ahí, el autor cuenta su testimonio como hombre casado, “ex homosexual” y padre de tres niños (el relato parece un culebrón venezolano, con infidelidades y giros narrativos dignos de una serie de Netflix)… pero también entrega las claves que, según él, pueden “regenerar a cualquier hombre, mujer o adolescente que desee salir de la homosexualidad”. ¿Cuánto dura, en promedio, un tratamiento así? “Entre uno y tres años”, según este polémico conferencista, que en 2002 fue expulsado de la American Counseling Association, acusado de violar reiteradamente su código ético profesional y “aprovecharse de la confianza y la dependencia emocional de sus pacientes”.

El primer consejo de Cohen es “llevar un diario de vida” para “procesar las emociones” día a día. Disciplinadamente, entonces, doy por iniciada esta bitácora personal.

VIERNES: “Pureza sexual”

La premisa de Richard Cohen es que la homosexualidad no es algo genético ni una tendencia inherente a la persona, sino que algo adquirido por factores ambientales en la infancia, y que por tanto puede ser modificado. “Nadie elige sentir atracción hacia los de su propio sexo, sino que es el resultado de traumas sin resolver”, apunta el autor… y añade: “Las personas pueden cambiar. Lo que en un tiempo se aprende, se puede desaprender”. El método plantea cuatro fases: primero, cambiar conductas cotidianas, para luego entrar a una etapa de llamada “Curación del niño interior”, en la que el terapeuta repasa en detalle la biografía del paciente. La tercera y cuarta etapa buscan “sanar las heridas homo-emocionales y hetero-emocionales” a través de un reforzamiento de la voluntad y el autocontrol.

Comienza Cohen explicando que es “esencial que el individuo se distancie de los lugares, compañeros y objetos que formen parte del entorno homosexual”. Otra exigencia es vivir en un permanente estado de “pureza sexual”… así que Felipe quedó advertido de que durante esta semana no podremos vernos. Y dado que Cohen recomienda una hora y media diaria de ocio, porque “los hobbies son un modo de ayudarnos a manejar el estrés y las presiones de la vida, y renovar nuestro bienestar físico y mental”, me organicé una nutrida agenda cultural y en la noche salí con dos amigos (heterosexuales) a El Túnel. Las instrucciones sugieren “hablar de cosas sin importancia, para mantenernos vinculados a los demás”.

Joseph Nicolosi es otro sicólogo norteamericano que se ha dedicado a este controvertido rubro. Es autor de Quiero dejar de ser homosexual, libro donde transcribe sus diálogos con ocho pacientes a los que logró “curar”. “La terapia reparativa procede de la asunción de que algunas tareas de desarrollo de la infancia no se llevaron a cabo en su plenitud. Se sabe que cuando el paciente fue niño, de algún modo experimentó que sus padres no le ayudaron en estas fases del desarrollo”.

Nicolosi describe un tipo de infancia que, según él, es común entre los homosexuales: “La madre con frecuencia fomenta en su hijo una falsa identidad, denominada la del «niño bueno», entablando un exceso de intimidad en la que ella es confidente o mejor amiga (…) El padre se implica menos y se muestra más ausente en lo emocional”. Yo siempre he sido el regalón de mi vieja, es cierto. “Y no es poco común descubrir una historia de victimización por abuso sexual en la infancia del paciente”, agrega Nicolosi. Afortunadamente no es mi caso, y creo que se trata de una idea que contribuye con el estigma del sujeto homosexual como alguien dañado o traumatizado. El autor nos compara con un florero roto que luego es “reparado”. Cohen, de hecho, no tiene problemas en asegurar que “no hay nada alegre en el estilo de vida homosexual: está lleno de tristezas y, muy a menudo, consiste en una búsqueda interminable de amor a través de relaciones de codependencia”.imagen-testimonio-21

Avanzo con mis lecturas y me entero de que si quiero dejar de ser homosexual, debo dejar el café. La cafeína, dice Cohen, “incluso en pequeñas cantidades, puede aumentar la ansiedad, la angustia, el temor y acelerar el número de pensamientos disfuncionales”. Recomienda, en cambio, tomar diariamente entre dos y tres litros de agua, “un purificador natural para el cuerpo”, y alimentarse bien. ¿Qué tiene que ver todo esto con mi orientación sexual? No lo sé ni lo explica.

El que sí me da una pista es el sicólogo clínico Tomás Ojeda, quien ha colaborado en la implementación de programas de educación sexual en colegios y dicta clases sobre el tema. Actualmente está estudiando un doctorado en género en la London School of Economics, y desde allá me dice que él es un encarnizado detractor de este tipo de terapias porque está convencido de que “las personas LGTBI descubren su orientación sexual a medida que van creciendo” y que “a diferencia de lo que algunos creen, ellas no la eligen. Muchas dicen que nacieron así, que siempre lo supieron; algunas se dieron cuenta tarde, saliendo del colegio o después de años de estar luchando contra sus miedos y el rechazo de sus familias y amigos”. Por eso mismo, no cree que la orientación sexual se pueda corregir con sicoterapia. “Dado que los sicólogos que imparten este tipo de terapias saben que la homosexualidad no se puede cambiar, les ofrecen a sus pacientes un ‘acompañamiento terapéutico’ que les ayudará a controlar su ‘atracción homoerótica’, conocer el origen de su “tendencia sexual” y conectarse con su ‘potencial heterosexual’”. Algunos, incluso, la comparan con una adicción: saben que no podrán curarte, pero ofrecen mecanismos de autocontrol y sublimación que contribuyen a frenar tus impulsos por el sexo homosexual”.

Entonces empiezo a entender por qué tanto énfasis en la alimentación sana, la purificación física, el deporte. Todo apunta a “educar el autocontrol” (o la “represión”, para no usar eufemismos). Sigo la recomendación y me “purifico” en todos los niveles. Echo de menos a Felipe.

El programa, como no, también exige dormir al menos ocho horas, así es que me acuesto temprano. Mañana es domingo e iré a misa … porque ese es otro consejo de Cohen -quien forma parte de la Iglesia de la Unificación más conocida como “secta Moon”- para convertirse en heterosexual: rezar.

DOMINGO: Dios entra en acción

¡Vaya coincidencia! El sacerdote en la misa habló sobre el “amor de los esposos” y durante la liturgia pidió “para que no se apruebe en Chile el proyecto de ley de matrimonio homosexual” y “para que las familias chilenas sigan teniendo la estructura que Dios diseñó, con un padre y una madre”. En esa parte no recé, porque ese diseño divino nos deja fuera a Felipe y a mí.

Las palabras del padre se alinean con la doctrina de la Iglesia Católica que considera los actos homosexuales como “intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural”, según el punto 2357 del Catecismo. El documento “Sexualidad humana: verdad y significado”, de diciembre de 1995, asegura que “muchos casos, especialmente si la práctica de actos homosexuales no se ha enraizado, pueden ser resueltos positivamente con una terapia apropiada”. Es decir: la Iglesia recomienda este tipo de tratamientos.

No así el Ministerio de Salud en Chile, donde pido una versión oficial sobre estas terapias, respuesta que me llega desde el área de comunicaciones: “Consideramos que las prácticas conocidas como “terapias reparativas” o “de reconversión” de la homosexualidad son una grave amenaza para la salud y el bienestar, inclusive la vida, de las personas afectadas. No sólo carecen de evidencia de efectividad en su propósito, sino que además abundan testimonios de efectos traumáticos de personas que son sometidas a ellas contra su voluntad. Así lo avalan las declaraciones de la Organización Panamericana de la Salud y de diversas instancias defensoras de Derechos Humanos, de las cuales el Minsal es parte”.

¿Cuál es, entonces, la recomendación más responsable para un joven homosexual que quiere dejar de serlo?
No hay ninguna recomendación responsable que dar en ese sentido. La pregunta que debemos respondernos es ¿por qué un joven homosexual querría dejar de serlo? La respuesta probablemente está relacionada con la carga y estigma social al que estas personas son sometidas durante gran parte de su vida. Es sobre estos factores por los que debiéramos ocuparnos por incidir, como sociedad.

Muchas personas me han preguntado por qué sigo siendo católico si mi propia Iglesia condena la práctica homosexual. ¿La razón? Tengo el convencimiento profundo de que Dios, más allá de lo que diga el Catecismo, bendice a dos manos el amor homosexual.

LUNES: Sin novedad

Hoy no tengo nada nuevo para contar. Sigo siendo gay.

MARTES: Clases de boxeo

En la mañana recibí un correo electrónico de Juan Enrique Pi, el presidente ejecutivo de la Fundación Iguales. Él también fue categórico: “Son tratamientos sumamente invasivos y sin ninguna evidencia científica de necesidad ni eficacia”. Según apuntó, “no se entiende qué es lo que se debería reparar exactamente”, porque “la homosexualidad está presente en la naturaleza, en múltiples especies”.

Pi plantea que estos métodos “exponen a personas sanas a procedimientos que no necesitan. Además, hay estudios científicos que advierten que aumentan el riesgo suicida y se asocian a ansiedad, baja autoestima y depresión”. Heavy. En 2015, de hecho, el Colegio de Psicólogos de Chile emitió un comunicado que sostiene que las distintas orientaciones sexuales no son desviaciones ni enfermedades mentales y que, por tanto, “no hay nada que curar”.

¿Qué consejo u orientación le darías a una persona que no está conforme con su tendencia sexual?
En primer lugar, que hay que aceptar como uno es, y así quererse y vivir con orgullo. Y que hay muchos aliados en el mundo, que por cada persona que se tome mal la orientación sexual de uno, hay veinte que van a apoyarte, acompañarte y defenderte. Es importante acompañarse de los que entienden que el verdadero problema está en quienes discriminan, y no en quienes viven su identidad libre y orgullosamente.

Lo que sostiene Pi es justo todo lo contrario de lo que dice Cohen, que sugiere aislarse de quienes te apoyan en tu homosexualidad. “El acompañamiento puede prolongarse por años, y en algunos casos esto refuerza el aislamiento, la dependencia con sus terapeutas y grupos de apoyo”, me explicó también Tomás Ojeda.

Sin darle más vueltas, me inscribo en clases de boxeo, a sugerencia, una vez más, del manual que me receta “hacer ejercicio” y rodearme de un contexto en que las relaciones entre hombres sean horizontales. ¿Qué mejor que un ring para eso?

MIÉRCOLES: En terapia con Marcela

Desperté con el cuerpo molido, como si me hubiera atropellado un camión. Culpa del boxeo, supongo… ¿o serán los primeros síntomas de mi cambio interior?

Hoy fue un día clave: fui a la consulta de Marcela Ferrer, sicóloga de la Universidad Santo Tomás, conocida por su defensa de este tipo de terapias a las que ella prefiere llamar “de acompañamiento”. La contacté a través de la Fundación Restauración, en la que trabaja y brinda “atención sicoterapéutica desde una antropología católica”, según la web. Me costó dar con ella y finalmente resultó que su consulta está en el primer piso del edificio en el que vivo, en plena Alameda.

Ella nunca concede entrevistas, por lo que me pidió que no la grabara ni le sacara fotos. Me explicó que “estas terapias son polémicas en todos lados”, y por eso prefiere cuidarse. Varias veces la han funado mientras dicta sus conferencias. Pese a todo eso, y con una amabilidad sobrecogedora, me recibió y me contó que la mayoría de los que llegan a pedirle ayuda son hombres. Yo le cuento que soy gay y le pregunto cómo abordaría mi caso. “La homosexualidad”, contesta ella “tiene más que ver con algo afectivo que con algo estructural (…) Esto no es genética, no es algo determinante. La parte biológica, que yo creo que la hay, tiene que ver con una sensibilidad especial, más alta, que no es lo mismo que ser llorón”.

¿A qué sensibilidad especial se refiere?
A un don para captar mejor algunas cosas, sensoriales o cognitivas. Por eso creo que entre los artistas suele haber más personas con atracción homosexual, o en las personas más espirituales… o entre los sicólogos, que tienen una capacidad de captación del mundo más amplia que la mayoría. Ahora, no todas las personas que tengan esa alta sensibilidad van a desarrollar una atracción homosexual, pero sí creo que todas las personas con atracción homosexual tienen esa sensibilidad especial.

¿Y de qué depende que esa “atracción gay” se desarrolle o no?
Si el contexto familiar o estudiantil no acoge esa diferencia, es muy fácil que se desarrolle la atracción. Por ejemplo: un niño que es super sensible y delicado y llega a un colegio donde lo tratan pésimo o donde ni siquiera lo pescan porque es “raro”… porque no juega fútbol o porque dice que encuentra “linda” alguna cosa. Entonces ese niño se siente extraterrestre. Y las heridas del “no encajar” son muy profundas. Para mí esa es la génesis de la atracción homosexual.

Antes de comenzar cualquier tratamiento, Marcela les insiste a sus pacientes que “cada caso es totalmente individual. No les digo ‘ven a terapia dos años y vas a dejar de ser homosexual’. No. Eso no existe. Y no creo que se pueda hacer”.

La sicóloga Ferrer aclara varias veces que a ella hablar de terapia de reconversión le “produce alergia. Esa palabra es espantosa. Tampoco hablo de curar la homosexualidad. Lo mío es acompañar a las personas en un proceso, que puede llegar a cualquier parte, y del que te puedes bajar cuando quieras. Tengo pacientes que han avanzado mucho en este caminar, que hoy están más tranquilos, felices, han crecido”.

Marcela explica que es autodidacta, que en parte aprendió gracias a la asesoría directa del propio Richard Cohen y otros autores, y que tuvo pacientes en España, Alemania, Argentina y México… hasta que se radicó en Chile. Basada en esas experiencias, dice que “la atracción homosexual no se quita, sino que se ordena (…) Tú puedes aprender cómo y qué quieres hacer con esa atracción, y va a depender de la fuerza que tengas y de las elecciones que vayas haciendo. Yo he visto que, entre comillas, las personas que han salido de la atracción homosexual quedan con una especie de nube o de sensación de atracción homosexual, pero que ya no es real ni concreta. No sé cómo decirlo. Es como un recuerdo que te acompaña”.

Tras darlos de alta, ¿sus pacientes comienzan una vida heterosexual?
Hay unos chiquillos de Argentina que consideran que ellos ya no tienen atracción homosexual, y que se casaron, tienen familia, están contentos… Yo les he preguntado qué sienten, y uno me dijo que a veces se angustia porque en ciertos contextos le da miedo sentir la atracción, pero no la siente realmente. Les digo que ellos deben ser muy honestos con lo que les pasa y que libremente decidan qué quieren hacer con eso: ¿darle rienda suelta?, ¿o respirar profundo y tratar de usar los mecanismos que hemos aprendido para calmarse, para que esto disminuya?

En todo caso, añade Marcela, “de todos los chiquillos que conozco, no son más de 10 los que han comenzado una vida heterosexual, que se han casado o conviven con una mujer, y funcionan bien”.

¿Sexualmente funcionan?
Sí.

¿Y les gusta?
Sí. Pero, ojo, que funcionar sexualmente bien no es difícil, porque si el cuerpo lo estimulas de la manera correcta, va a funcionar. El desafío es que síquicamente funciones bien, y eso es lo que a mí me interesa. Muchos papás me dicen “dile que se meta con una galla”, eso me parece una aberración. Jamás. Estamos hablando de personas altamente sensibles a las que les puedes producir un trauma nuevo.

Con Marcela también conversamos de la fe y de qué manera las creencias religiosas pueden ser el verdadero trasfondo de este tipo de terapias: “Yo como católica creo que las relaciones homosexuales no están bien. Pero tampoco me espanto. Esto se trata de ordenar una atracción, no de apuntar con el dedo. Hay cosas que nos hacen daño, y Dios nos dice que no lo hagamos porque quiere lo mejor para nosotros. Así entiendo yo las cosas”.

Pero este tipo de terapias tratan de revertir algo que todos los organismos oficiales, tanto en Chile como en el mundo, consideran que no es ni una enfermedad ni está mal.
Si alguien me pide ayuda, yo se la doy. No puedo pasar por sobre la libertad de la persona que la está pidiendo. Yo cubro una necesidad.

Antes de terminar la consulta, Marcela me cuenta un caso: “Hace tiempo me llegó una pareja de pololos, homosexuales, que querían dejar de ser homosexuales… pero no querían dejar de ser amigos. Ahora siguen viviendo juntos, y van logrando cosas… tienen sus recaídas, pero luego se levantan y siguen con el plan que juntos diseñamos. Mientras hagamos este camino te vas a caer 500 mil veces, eso yo se los dejo claro a los chiquillos. Y no acepto ninguna persona que venga porque la trajeron. Sólo abordo a los adultos que tienen claro lo que quieren, o personas con dudas”.

Quizás porque necesitaba procesar todo lo que escuché en la tarde, me di un tiempo para la “meditación y relajación”, otra de las indicaciones de Cohen. Según el terapeuta, esta práctica “se usa para conocer la voluntad de Dios a través de la reflexión tranquila”. Sentado sobre el pasto en el Parque Forestal, medité en silencio. Aproveché de rezar un padrenuestro por esa pareja de ex pololos que quieren dejar de ser gay, para que se den cuenta de que el amor siempre es más fuerte.

JUEVES: Conclusión

Tras una semana siguiendo y estudiando sobre las terapias que proponen superar la homosexualidad, he llegado a una conclusión: es tremendamente complejo, agotador y frustrante tener que reorganizar la vida (alimentación, amistades, relaciones, rutinas, sexualidad, ritmo de vida) para finalmente, tratar de dejar de ser lo que soy. Porque de eso se trata, finalmente. De una cuestión de identidad.

Yo abandono el experimento sin culpas, pero no siempre es así. De acuerdo a Ojeda, muchas personas se convencen de que el cambio es posible y cuando no resulta “se culpan a sí mismos y experimentan una tremenda frustración, porque sienten que no se han esforzado lo suficiente y se deprimen. Se sienten traicionando a sus familias y amigos. Hay pacientes que piensan en el suicidio, la doble vida y el autoexilio como una solución”. Y de casos así, remata el sicólogo, existen registros más que suficientes.

¿Qué pasa con los niños?

Capítulo aparte, asegura el sicólogo Tomás Ojeda, es lo que sucede con aquellos menores de edad que son sometidos de manera “preventiva” a estos tratamientos: “Pueden tener consecuencias muy graves. No sólo por el daño que puedes ocasionarle a un menor al hacerle sentir que hay algo malo en él, sino porque lo sometes a un tratamiento que es considerado antiético que podría perjudicar gravemente su salud”.
¿Qué tipo de ayuda sicológica le recomendaría a una persona que, por la razón que sea, quiere dejar de ser homosexual?
Lo primero, escuchar y entender juntos por qué siente que ésa es la única solución. Hay que escuchar con paciencia y mucho cuidado. Explorar juntos esos temores y ayudar a que la persona encuentre su propia manera de ser y de relacionarse creativamente con los otros. No existe sólo una forma de ser gay, lesbiana o bisexual, así como tampoco una sola forma de ser heterosexual.
En ese sentido, agrega, “muchas veces el solo hecho de conocer a otras personas lidiando con problemas parecidos puede ser incluso más sanador que asistir a una terapia. Los sicólogos podemos facilitar esos encuentros. Actualmente hay una serie de centros de apoyo sicológico especializados en temáticas LGTBI en universidades, consultorios, Cesfam.
Entre las alternativas está la fundación Todo Mejora, que apoya a jóvenes a enfrentar sus miedos y alcanzar una vida más plena. También hay comunidades cristianas como la Pastoral de la Diversidad Sexual (PADIS+, ligada a los jesuitas).

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