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Actualizado el 18/08/2017
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Por qué algunos viejos odiamos a los millennials

Autor: Óscar Contardo

La generación que nació a mediados de los 80 y comienzos de los 90 ya está suficientemente incorporada en el mundo adulto, en el trabajo, la política como para haber dejado de ser una novedad. En el último tiempo más bien ha sido criticada sobre todo por el grupo que la antecede. Estos son algunos de los cargos en su contra.

Por qué algunos viejos odiamos a los millennials

Era un asunto de demografía, memoria y mercado. Así se puede entender la popularidad que cobró en Estados Unidos la expresión “baby boomer” para aludir a la generación de norteamericanos nacidos desde las postrimerías de la Segunda Guerra y la década del sesenta. Se trataba de un grupo humano para el que determinados acontecimientos de gran relevancia para sus padres –la depresión económica, las grandes guerras, la zozobra amenazante- eran un asunto ajeno. La constante para los “baby boomer” era la experiencia de la prosperidad.

Tras el neologismo además se ocultaba el roce más o menos áspero entre generaciones que habían crecido en tiempos muy diferentes y debían convivir como adultos. Una bisagra de épocas que como una puerta de vaivén dejaba mirar alternadamente escenas del pasado, del presente y del futuro.

Lo mismo que una mercancía –que las películas, que la música, que el imperio de la juventud como ideal- las etiquetas generacionales se exportaron y adaptaron a los traumas de los países más allá del imperio, desembarcando con fuerza en Latinoamérica en los 90 con la llamada “Generación X”. Un segmento que en Chile abarca a quienes habían vivido su infancia y adolescencia en dictadura y se asomaban a la vida de adulto en democracia, durante los años de mayor crecimiento económico de la transición. La expresión tendió a fundirse con el ascenso del grunge, la estética de Tim Burton en el cine, el estreno de Reality Bites, los afiches de Winona Ryder, el Canal Rock&Pop, la apatía política y la llegada de MTV latino a Chile.

La etiqueta “Generación X”, sin embargo, no logró la masividad que alcanzaría décadas más tarde la expresión “millennial” como sustantivo y adjetivo. Otra vez se trataba de un nudo de memoria, demografía y mercado, pero esta vez tenía alcance global. Repentinamente un grupo de la población alcanzaba la edad adulta con una idea de futuro muy diferente a la de sus mayores, aquella colmada de viajes intergalácticos, autos voladores y comida instantánea. Para los millennials el futuro estaba más cerca de su presente, reconcentrado en la tecnología del almacenaje de datos y de información que se llevaban consigo y se transmitían a gran velocidad; estaban sumergidos en la masificación de lo digital en tamaño portable, personal, vinculado al individuo, sus gustos y obsesiones. Los millennials eran parte de la edad del yo, del iTunes, del iPod, del iPhone y la selfie. La era de las pantallas de todo tamaño, que se tocan y se administran a voluntad. Una generación mecida en la inmediatez para la que el mercado no sólo tenía productos que ofrecer, cosas para comprar, sino también “experiencias”. El futuro para ellos no sería un ensueño, sino un enigma que no les interesa resolver.

El verdadero ensueño millennial es el pasado, que los miembros de esta nueva generación tenderían a transformar en un decorado vintage despojado de conflictos o en un culto a lo retro que se revive gracias al filtro de Instagram, los anteojos de marco grueso, las canciones de Lana del Rey o la popularidad de San Junipero, el capítulo de Black Mirror que juega con esa ansiedad temporal millennial. La nostalgia para ellos es algo que se fabrica en algún lugar y se ve en streaming. Por eso los millennials que se dedican a la política tienden al guiño estético, con un pretérito idealizado al que sólo acuden como a una escenografía vaciada de miserias, sin bibliografía; un espacio en donde lo que importa es rescatar algún eslogan que resuma sus ambiciones. La complejidad queda reducida a un link y la diferencia entre lo local y lo foráneo yace borroneada por el menosprecio que expresan por la historia nacional y el encantamiento que les provoca, en cambio, el sistema financiero islandés y el educativo en Finlandia.

Así como el primer plano del cine fraguó la idea de las estrellas de Hollywood, elaborando una nueva casta de semidioses glorificada por los “baby boomers”, internet creó una nueva forma de relacionarse a distancia para los millennials, anunciando estados de ánimo, mostrando imágenes del momento y compartiendo opiniones con un grupo seleccionado de personas. La idea de “red social” acabó restringiéndose a aplicaciones de personas que se agrupan en cápsulas de similares. Una especie de burbuja virtual en donde las discrepancias se mantienen bajo control y lo que se repite es la reafirmación de lo que se tiene por correcto.

Para quienes crecimos con teléfonos con operadora y discado, este mundo es una novedad atractiva, pero ajena. Los años nos llevaron hasta este punto, lo aprovechamos con mayor o menor pericia, pero no son ya nuestros dominios. Por el contrario, para los nacidos en los noventa esta disposición de las relaciones es lo natural. Las cosas son así: rápidas, veloces, inmediatas y a la vez pasajeras. Para ellos la idea de la biografía propia comenzó a ser representada como un registro de experiencias que se muestran en una línea de tiempo pública o semipública de manera instantánea. Frases breves interrumpidas por emojis conforman una gramática curiosa, fragmentada, expresiva, con un dejo rupestre que alcanza su síntesis máxima en el meme. Un artefacto visual que secuestró el concepto creado por Richard Dawkins y lo redujo al rango de la broma que se comparte. Los millennials no ironizan, mandan memes.

El arte del meme está a su vez emparentado con la del video del youtuber, que más que una actividad laboral es un género de entretenimiento propiamente millennial en donde la velocidad de la edición cobra especial relevancia. El youtuber es un híbrido de celebridad pop, gurú, guionista consejero y bufón. Una mezcla a la que no se le exige profundidad, sino una suma de efectos de ingenio que sobrevuelen la realidad sin nunca anclarse en ella. Un gesto similar a las series que representan las vidas millennials: historias de superficie resbalosa y tensión dramática diluida por un tono tibiamente cómico, en cuyo centro habitan personajes que mantienen vínculos atravesados constantemente por trastornos de ánimo e introspecciones de corto alcance. Porque el millennial más que disfrutar películas se busca a sí mismo en series Netflix, como Girls, Love o Please like me. El raro encanto de los espejos es una carnada sublime. Todas esas series enfatizan la levedad de las relaciones humanas y las dificultades para apasionarse con algo de manera duradera. Muestran también un universo en donde el trabajo es una actividad secundaria o derechamente un obstáculo que le quita tiempo a algo más importante: la reflexión compulsiva sobre las propias emociones, aquello que los millennials tienden a contemplar como si se tratara de una obra de arte.

El incremento de la velocidad en nuestras vidas –aquello que nos advirtió Paul Virilio- significó que la experiencia de tener que esperar que algo ocurriera fue haciéndose cada vez más extraordinaria. La sensación de demora sólo comenzó a experimentarse en situaciones puntuales vinculadas a un servicio deficiente, algo que se sufre en una emergencia o a lo que están expuestos sólo los más pobres. De pronto ya no existió más la experiencia de esperar que el teléfono de la casa se desocupe para hacer una llamada o dejar que una llamada entre; ya nadie debe esperar meses o años para que la película popular que ya se estrenó fuera llegue a Chile, para que el videoclub la traiga o para que algún canal programe una serie. No se espera el revelado de una foto, ni siquiera que la disquería Fusión traiga el disco que se lanzó hace dos meses en Londres. Ahora las cosas simplemente se bajan.

Para una gran mayoría de los jóvenes de sectores medios, el ejercicio de esperar por la satisfacción de sus urgencias se transformó en una experiencia inusual. La sola demora de una respuesta por correo electrónico o WhatsApp puede generar colapsos. En el ámbito político los millennials pueden llegar a confundir la realidad de su cuenta en Twitter con la de una elección y esperar que una coalición con tres meses de vida arrase, como si la opinión pública fuera lo mismo que un conjunto de likes. Deambulan dentro de una burbuja sin notarlo, interpretando los tropiezos como una consecuencia de los defectos del prójimo.

Para los millennials, la demora es percibida como una agresión al reino de la inmediatez del que ellos son súbditos privilegiados. Viven en una aceleración que en términos políticos se ve retratada en la constante búsqueda de nuevas causas al ritmo de un trending topic, que se abrazan y se olvidan en cuestión de semanas. El millennial encarna luchas sucesivas, gestas periódicas libradas desde su smartphone, el cofre en donde atesora una vida colmada de aplicaciones que custodian sus aspiraciones más íntimas. Parafraseando a Joan Didion, los millennials son hijos de su época, como todos lo hemos sido de la propia, y aunque uno sea capaz de comprenderlos, no puede dejar de sufrirlos en sus pasiones desteñidas y sus personalidades sin filo, como tijeras con punta roma, capados de furia y macerados en Ritalín.

Quizás lo que los viejos odiamos de los millennials es que encarnan el futuro que no esperábamos. Tal vez los criticamos por la envidia que nos provoca verlos circular sin cargar con un fracaso ajeno –el de la generación de nuestros padres- a cuestas. Quizás también sentimos una especie de compasión burlona al verlos tan empeñados en buscar en Google el mapa que los conducirá a sus propias frustraciones, aquellas que por fin descubrirán cuando los mayores ya seamos pretérito imperfecto.

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