Columna de Daniel Matamala: Giles

LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO


El monólogo de la diputada Pamela Jiles ante las cámaras de televisión duró 80 segundos. En ellos, repitió seis veces un apodo (“diputado candado chino Schalper”), dijo que su colega “no es hombrecito”, lo trató de “insolente”, cantó “abuelo gobernador”, concluyó que “la abuela no se inhabilita”, y se retiró.

Ahí están, condensadas en poco más de un minuto, las claves de su personaje.

Lo más importante es lo que no dijo en esos 80 segundos. El diputado Diego Schalper había cuestionado que Jiles votara por establecer una franja electoral para la elección de gobernadores, debido a un conflicto de interés: su esposo, Pablo Maltés (“el abuelo”, en argot jilista) es candidato, precisamente, a gobernador. Ese conflicto de interés ha sido constante. La diputada usa todas las estratagemas posibles para promocionar la candidatura de su marido: sin ser parlamentario, él anunció el proyecto para tercer retiro de las AFP; y juntos acapararon la franja del Partido Humanista para los candidatos a constituyentes, pese a que ninguno de los dos postula a ese cargo.

Un político respetuoso de sus electores debe explicar su actuación: inhabilitarse, o bien justificar por qué, en su opinión, no hay conflicto ético. Jiles, en cambio, usó el insulto como cortina de humo para no responder. En la forma, le faltó el respeto a Schalper. Pero en el fondo les faltó el respeto a sus votantes, que merecían una explicación, no una distracción. No los trató como ciudadanos, sino como giles.

“Populista”, la llaman muchos, desde el presidente Piñera para abajo. Es un error. No es el populismo lo que distingue a Jiles. Si entendemos el populismo como la percepción de una fractura entre élite y pueblo, ese es simplemente un hecho de la causa, y cualquier candidato que no lo entienda está perdiendo el tiempo. La pregunta no es si tenemos populismo en Chile, sino qué tipo de populismo será preponderante.

Una opción es generar políticas públicas inclusivas para reparar esa fractura, desconcentrar el poder y distribuirlo entre los chilenos, reconociéndolos como protagonistas de su destino.

La otra es un caudillismo condescendiente, que trate a las personas con paternalismo (“nietitos”) y use la demagogia para concentrar ese poder en una pareja, como lo hicieron los Perón en Argentina o los Ortega en Nicaragua.

Pamela Jiles representa ese camino.

No es casualidad que, tal como Donald Trump, venga del mundo de la farándula, una jungla en que no existe el contenido, los proyectos colectivos, ni otra meta más que el propio lucimiento. Un juego de suma cero, que se gana mediante el bullying contra el enemigo.

Trump trasplantó esa lógica a la política. Tomó por asalto un partido, insultando a todos quienes pudieran enfrentarlo, poniendo apodos humillantes a sus rivales y evitando mediante esas distracciones cualquier debate sustantivo sobre políticas públicas o proyectos colectivos, donde hubiera naufragado. El truco funcionó hasta que una real emergencia -los más de 400.000 muertos por COVID- fue tan demoledora, que dejó al descubierto su mitomanía y su incompetencia.

Jiles usa el mismo libreto. Se apoderó del Partido Humanista, convirtiéndolo en una Pyme familiar de los “abuelos”. Luego atacó a sus exaliados del Frente Amplio, celebrando la funa contra Beatriz Sánchez y acusando de “traición” a Boric y Jackson. Sus insultos son amplificados por seguidores en redes sociales: a José Miguel Insulza lo mandó a “cambiarse los pañales”.

La estrategia es un calco de Trump: humillar en vez de argumentar, y usar la performance como reemplazo del debate sobre políticas públicas. Jiles reduce al mínimo las entrevistas, el contacto cara a cara con sus votantes, y cualquier instancia donde deba rendir cuentas, explicar o matizar. Lo suyo es la frase terminante, el sobrenombre hiriente. Su manejo del lenguaje es muy superior al primitivo Trump, pero la estrategia es la misma.

Es que el encanto de Jiles, como el de Trump, depende enteramente de la construcción de una fantasía. No soporta el test del mundo real, ese donde los recursos son limitados y las decisiones tienen consecuencias. En el mundo de “la abuela”, es posible tratar de “traidores” a los firmantes del acuerdo para la nueva Constitución; votar, junto al Partido Republicano, en contra de la reforma que permitió el plebiscito; y luego pasearse con una banda del “Apruebo” para ese mismo plebiscito. Es posible ser candidata presidencial del partido que lideró la campaña para abolir la pena de muerte en Chile, y al mismo tiempo abogar por reimplantar ese castigo. Proclamarse democrática, y a la vez apoyar “desde la moral revolucionaria” a los “compañeros” de la dictadura de Maduro en Venezuela.

O, como hace ahora, prometer que “cuando yo sea presidenta, voy a devolver a todos los dineros del primer, segundo, y tercer retiro”. Sólo los dos primeros retiros suman 34 mil millones de dólares, más del doble del presupuesto de educación de Chile. Aun suponiendo que pudiera sacar esa fabulosa cantidad de dinero de alguna parte (de dónde, no lo explica), significaría que el Fisco haga miles de cheques por 12 millones de pesos a gerentes de empresas y profesionales acaudalados, en vez de invertirlos en las pensiones de los más vulnerables, o en salud y educación pública.

Sería el súmmum del individualismo neoliberal. Una política tan regresiva, tan pro-élite, que haría sonrojar hasta al más ortodoxo de los Chicago Boys. Que los ricos gasten tranquilos, porque el Fisco les pagará la cuenta, devolviendo más a los que tienen más.

Todo esto es facilitado por un grupo de políticos de oposición que pulula en torno a Jiles intentando recoger las sobras de su popularidad. Juegan su juego, se disfrazan con sus “bandas” y se pegan codazos para salir cerca de ella en la foto. En su patético servilismo, no entienden que ellos también serán insultados y humillados cuando llegue el momento.

En el show de Jiles, ellos actúan de giles.

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