Héctor Soto

Héctor Soto

Abogado por formación y periodista por oficio, ha ejercido por décadas la crítica de cine y fue editor de las revistas Capital, Mundo Diners y Paula. En la actualidad es editor asociado de Cultura de La Tercera y también columnista político del diario. Dirige el Diplomado de Escritura Crítica de la UDP y es panelista del programa Terapia Chilensis de radio Duna. Es autor del libro "Una vida crítica" (Ediciones UDP, 2013).

Opinión

Control de expectativas

Yalitza Aparicio as Cleo, Marco Graf as Pepe, Fernando Gradiaga as Señor Antonio, and Marina De Tavira as Señora Sofia in Roma, written and directed by Alfonso Cuarón. Photo by Carlos Somonte.

Mejor olvidarnos de las grandes películas. Démonos con una piedra en el pecho si yendo al cine logramos llegar hasta el final y si de repente por ahí se cuela una emoción genuina o una observación delicada. No están los tiempos para esperar más. La pregunta es si eso basta para establecer que vimos una gran película.

Sin embargo, a las grandes películas les seguimos pidiendo más: que nos conmuevan, que nos pongan en aprietos, que nos secuestren -por decirlo así- durante hora y media o dos horas con historias que nos identifican o nos interpretan en términos que muchas veces ni siquiera nos atreveríamos a reconocer en público. Esas son las cintas que seguramente nos marcan. Las otras, las que disfrutamos sin esa intensidad, las olvidaremos pronto, aunque eso no significa que sean despreciables.

Incluso en la actual cartelera hay películas así. Un ladrón con estilo, dirigida por David Lowery, la historia de un comedido asaltante de bancos que se escapó como veinte veces de la prisión, y que es el trabajo de despedida del cine de Robert Redford, es una cinta efectiva y agradable. No solo funciona: incluso se permite contrariar cánones del thriller como género cinematográfico, al saltarse aquellos momentos que más tensión le infunden a películas de este tipo: la planificación y ejecución exacta de los robos y las persecuciones una vez que el protagonista arranca con la policía en los talones. Se las salta porque la realización quiere pulsar cuerdas más intimistas y crepusculares. La trama arma de hecho una púdica relación del protagonista con una viuda interpretada por Sissi Spacek y concede a Casey Affleck el espacio para consagrarlo en lo que ya sabíamos: es el más stanislawskiano de todos los actores del Hollywood actual.

Película hasta amable en su tono menor, algo hay en este trabajo que, sin tener la misma densidad, se parece a La mula, el último Clint Eastwood. Comparten una aproximación a la vejez que es parecida y una fe en el cine clásico que es igual. No son películas que abran caminos o los cierren. Son miradas finales a una experiencia creativa y personal que valió la pena y que sobrevivirá en la memoria. ¿Cuánto tiempo? No se sabe. El que alcance de las generaciones que vibraron con ellos, y eso no es poco.

Tal como están las cosas, quizás eso sea lo máximo que se le puede pedir hoy al cine. Los títulos que llegan mucho más lejos son tan raros y tan pocos que constituyen la excepción, no la norma. E incluso como excepciones no las tienen todas consigo. Cold War será increíble, soberbia, excelente y todo lo que se quiera, pero tiene un formato incompatible con las grandes audiencias. Roma, la película Netflix de Alfonso Cuarón, que fracasó en los Oscar y que es un trabajo ambicioso y jugado, porque desafía el relato con planteamiento, desarrollo y desenlace claritos, es una experiencia que dejó a buena parte del público preguntando si eso era todo. Y no sigamos. Las películas más creativas y desafiantes se ven poco, llegan casi por equivocación y hay que agradecer como acontecimiento que sobrevivan a la semana. Redford y Eastwood, todavía, pueden tener más que eso.

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