¿Quién piensa en los adultos mayores?

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En una sociedad como la nuestra, es difícil saber cómo se siente el otro. Ya antes del estallido social que ha vivido el país diferentes indicadores mostraban una compleja realidad en materia de salud mental que hoy se magnifica. Desde el 22 de octubre, han aumentado en un 22% las licencias médicas por esta causa.

Hay sentimientos generalizados de angustia, temor, desesperanza, enojo, aturdimiento y un gran etcétera. Algunas personas llevan estos malestares al nivel físico, presentando temblores, vómitos o cefaleas. Más grave aún, hay quienes tienen ideación suicida.

En este panorama probablemente quienes se llevan la peor parte son los adultos mayores. ¿Por qué? Porque ellos ya lo pasan peor.

A su situación de vulnerabilidad "normal", caracterizada tristemente por la pobreza, bajas pensiones, la dependencia, el aislamiento y el deterioro de sus capacidades, se le suman otros factores. Por ejemplo, revivir traumas del pasado debido a la falta de tratamiento.

Por otro lado, bajo estados extremos de tensión es prácticamente imposible discriminar cómo, cuándo y bajo qué condiciones actuar, ya que Las personas pueden experimentar un estado de tensión prolongado y a veces hasta de shock. Esto provoca una limitación de las capacidades de afrontamiento ya que paraliza e impide la capacidad reflexiva y así, se inhibe su capacidad de respuesta exitosa. Saber qué hacer en caso de emergencia es un aspecto fundamental asociado a la calidad de vida de una persona.

Por todo lo descrito anteriormente, la situación podría ser vista como extrema para su cotidianidad, complejizándose aún más su rutina. Recordemos que ya antes del estallido social los adultos mayores eran el grupo etario con la tasa más grande de suicidio: 360 personas anualmente.

Necesitamos con urgencia hacernos cargo de la vulnerabilidad de nuestros adultos mayores, poniendo a su alcance, de manera gratuita, apoyo sicológico, social, legal y cuidados paliativos para nuestros adultos mayores. Muchos municipios están en la primera línea de apoyo y las universidades estamos desarrollando programas de colaboración con ellos. Pero se requiere un mayor financiamiento para este sector y sobre todo visibilizar esta realidad, en el marco de una necesaria reforma de la salud, hacia un sistema más justo y equitativo.

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