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Actualizado el 18/02/2017
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Los niños de Mosul vuelven a la escuela

Autor: Hugo Passarello Luna, desde Mosul (Irak)

Después de más de dos años y medio sin clases, el colegio primario para varones Al Kufa abrió sus puertas en el barrio Al Zahraa en el este de Mosul. Como todos los establecimientos educativos de la ciudad permaneció cerrado desde la llegada de los combatientes del grupo yihadista Estado Islámico, en junio de 2014.

Los niños de Mosul vuelven a la escuela

La profesora dibuja el alfabeto árabe en el pizarrón y luego, con el índice, señala letra por letra haciendo el fonema que le corresponde. A los gritos, los niños repiten cada sonido. El alfabeto resuena por los pasillos de la escuela. El dedo de la maestra se despega del pizarrón y apunta a Hamudi, un alumno sentado en la primera fila y apretujado entre tres compañeros en un banco diseñado solo para dos. Hamudi, de 7 años, se levanta y recita una por una las letras que acaba de aprender. Quiere satisfacer a la profesora y lo logra. No se equivoca ni una vez. Como Hamudi, los 75 niños de su clase, de entre siete y ocho años, asisten por primera vez a la escuela.

Después de más de dos años y medio sin clases, el colegio primario para varones Al Kufa abrió sus puertas en el barrio Al Zahraa en el este de Mosul. Como todos los establecimientos educativos de la ciudad permaneció cerrado desde la llegada de los combatientes del grupo yihadista Estado Islámico (EI), en junio de 2014.

El pasado 18 de enero, el Ejército iraquí reconquistó la parte este de la segunda ciudad de Irak cuando llegó al río Tigris, que parte Mosul en dos. Mientras que desde la orilla occidental acechan los yihadistas, más de 30 escuelas abrieron en la parte controlada por el gobierno de Bagdad y dan clases a más de 54.000 alumnos. Casi la mitad son niñas, según datos de la Unicef. En las próximas semanas se espera abrir otros 40 colegios.

“Somos la primera escuela que abrió en Mosul. Hace apenas 20 días”, dice Sahab Ali, 53 años, y desde 2002 director de la escuela. Los yihadistas transformaron a Al Kufa en un colegio para niñas de las familias de los miembros del Estado Islámico, explica Ali. Durante ese tiempo se reemplazó la enseñanza de materias como música y literatura por una educación religiosa de acuerdo a la lectura parcial y estricta del islam que tiene el EI. Solo 30 estudiantes acudieron a la escuela en estos años.

“Durante la época del Estado Islámico la mayoría de los niños se quedó en casa. No querían ir a la escuela. Yo les decía a los padres que no envíen a sus hijos a clases. Pero se lo decía a los amigos de confianza”, dice Ali que como muchos habitantes de la ciudad evitó atraer la furia de los yihadistas, que podía llevar a severos castigos.

El director se dirige a la clase y les pregunta si prefieren venir a la escuela o estar en casa. Sin abandonar la preferencia por los gritos, los niños responden ¡madrasa!, árabe para escuela. “Cuando te quedas todo el tiempo en casa es como estar en prisión”, dice Ahmed, uno de los estudiantes y al hablar le sale vapor por la boca. A pesar que todos los niños fueron equipados por la Unicef con los útiles básicos para comenzar las clases, la escuela todavía no tiene agua corriente, ni electricidad o calefacción. En pleno invierno la temperatura puede llegar a casi cero grados. Por eso nadie, ni siquiera los docentes, se sacan los abrigos, las bufandas o los gorros de lana. Apenas sí los guantes que es la única manera que tiene Ahmed para poder dibujar, todavía con un poco de torpeza, las letras que ve en el pizarrón.

Pero no sólo los más pequeños están aprendiendo las nociones básicas de la escritura. A dos aulas de distancia, Ahmed Mohamed, un profesor de 28 años, enseña a un grupo de chicos de 9 años. “Tienen dos años de atraso por culpa del EI. Todavía tenemos que enseñarles a leer. Vamos a tener que hacer los primeros pasos”, dice Mohamed. Como todos sus colegas en Al Kufa no trabajó mientras la escuela estuvo cerrada. El gobierno de Bagdad entonces dejó de pagar los salarios a todos los docentes y al resto de los empleados públicos.

“Algunos de nuestros familiares nos enviaban dinero”, dice el director Ali. “Además teníamos nuestros ahorros. Cuando eso se acababa algunos vendían sus autos y después las joyas de las mujeres. Con eso sobrevivíamos”, agrega mientras camina frente a un mural que representa a un grupo de niños. Los yihadistas cubrieron cuidadosamente los rostros de los dibujos con pintura verde. “De acuerdo al EI no se puede ver la cara de la gente”, dice Ali. “Ya lo limpiaremos”.

De su bolsillo saca una llave que escondió en su casa durante más de dos años. Es la única copia que existe para abrir el candado de la pequeña biblioteca de la escuela. Ali la cerró antes de abandonar Al Kufa cuando se acercaban los yihadistas. La biblioteca tuvo la fortuna de no correr la suerte de la mayoría de las bibliotecas de Mosul que fueron incendiadas por el EI porque los libros no representaban sus valores. “Solo se cubrieron de polvo”, dice Ali sin ocultar una sonrisa.

Desde la planta baja llega el ruido de los chicos que juegan en el patio. Es el recreo. Una de las profesoras pregunta si alguien quiere cantar una canción, para el placer de una periodista de televisión austríaca. “Estado Islámico no sueñes con atraparme. No te entregaremos Mosul”, es la canción elegida por Alaa, de 7 años.

El director Ali evita hablar sobre los traumas que el conflicto pudo dejar en los niños. “Unos se comportan bien. Otros son traviesos”, resume. Pero por más que en los muros de las aulas los docentes hayan pintado palomas y flores, quizás para dar una semblanza de paz, la realidad del combate no se ahuyenta.

Los vidrios y las paredes de la escuela se sacuden cuando una batería de morteros, instalada en las cercanías, comienza su bombardeo del lado oeste de Mosul. “Es una unidad del Ejército de Estados Unidos”, dice Ali. Los tiros se suceden cada 30 segundos y duran unos 15 minutos. Ajenos, o acostumbrados, al temblor de la artillería, se sigue escuchando en los pasillos de Al Kufa el grito de los alumnos repitiendo la lección.

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