"Toda la evidencia dice que Trump puso sus intereses por sobre los de su país"

Dos libros han sido los grandes dolores de cabeza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en los últimos meses. Al polémico "Fire and Fury", de Michael Wolff, se suma Conspiración: "Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones" (Debate), con cuyo autor, el periodista de The Guardian Luke Harding, conversamos en Londres.




—Sólo dos textos fueron escritos con tal recelo durante 2017 —cuenta Luke Harding (1968) un viernes por la mañana en su casa a las afueras de Londres. El barrio, cubierto de nieve, da pocos indicios de que en uno de esos hogares de ladrillo rojo este periodista, especialista en conflictos internacionales del diario británico The Guardian, escribiera una obra que iba a traerle más de un dolor de cabeza al presidente de Estados Unidos: Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones (Debate) se lanzó a fines de noviembre y ocupó por dos semanas el primer lugar del ranking de no ficción del New York Times.

—No hicimos nada por correo electrónico abierto. Todo lo discutíamos en persona, en reuniones en Londres o Frankfurt. El otro libro escrito de esta manera fue Darker, el último de la saga de las 50 sombras de Grey —dice riendo Harding. Si había que mandar algo, lo hacía por Signal, la aplicación más segura disponible para mandar mensajes encriptados. Las preocupaciones de Harding estaban lejos de corresponder a la paranoia; mientras escribía The Snowden Files (libro en el que se basó la película de Oliver Stone sobre el antiguo

empleado de la CIA que filtró documentos clasificados de la inteligencia estadounidense) fue hackeado. Entonces ahora, cuando escribía la historia más importante de su carrera, no podía cometer los mismos errores.

Un thriller ruso

Cuando Harding, ex corresponsal de The Guardian en Moscú, se juntó con Christopher Steele en un bar de Londres a finales de 2016, lo hizo esperando que este ex agente del MI6 (servicio de inteligencia británico) que ahora trabajaba como consultor privado lo ayudara a probar una tesis que, desde hace meses, se urdía en varias redacciones del mundo: que el Kremlin había financiado parcialmente la campaña presidencial de Donald Trump.

Steele había ganado cierto renombre cuando, trabajando como consultor para la Federación Inglesa de Fútbol, dio con información clave para descubrir el sistema de corrupción en la FIFA y luego de investigar el asesinato del ex agente del FSB (el ente sucesor de la KGB) Alexander Litvinenko, una de las historias que obsesionaban a Harding y por cuyo reporteo, de hecho, se convirtió en el primer periodista en ser expulsado de Rusia desde la caída de la Unión Soviética.

Previamente, Harding había sido corresponsal en Rusia por cuatro años donde, según cuenta, logró conocer los métodos del régimen de Putin para comprometer a sus enemigos: conseguían información delicada de los sujetos para luego chantajearlos con ella. De hecho, él mismo descubrió que tenía una cámara en su habitación cuando un día llegó a su casa y encima de su cama había un manual en ruso sobre cómo practicar sexo marital exitoso.

"Rusia ha estado tratando de interferir en la política estadounidense desde hace mucho tiempo para modelar el ambiente político internacional a su favor".

Durante esta etapa pudo conocer a quienes protagonizarían el actual Russiagate, como se denomina a la supuesta influencia rusa en el comando de Trump. Entrevistó, por ejemplo, a Aras Agalarov, el millonario a través del cual ofrecieron la información sucia de Hillary Clinton a Donald Trump Jr., y también  a Paul Manafort, quien ayudó al candidato a la presidencia de Ucrania pro-Rusia a ganar una elección que tenía perdida y luego, con métodos muy similares —identificar el descontento social y atacar desde ahí—, ayudó a ganar a Trump como su jefe de campaña.

En esa reunión, escondidos en una mesa al fondo de un céntrico bar londinense, Harding supo que había algo. Steele llevaba meses trabajando subcontratado por una empresa privada de espionaje estadounidense que reportaba al Comité Nacional Demócrata, al que le envió 16 circulares con información cuya veracidad oscilaba entre un 70% y un 90%. En los departamentos de inteligencia, al no poder revelarse las fuentes, los agentes determinan la calidad de la información en porcentajes.

Ese informe, que finalmente fue liberado por BuzzFeed, terminó siendo una de las bases de la investigación contra la administración Trump del fiscal Robert Mueller, y es el motivo principal por el que Harding escribió el libro.

"Trump sobrevivió a este primer año, pero la trama rusa lo seguirá cada día, como un fantasma al que no podrá espantar".

La primera circular data de junio de 2016 y así está citada en el libro: "El régimen ruso ha estado trabajando, apoyando y asistiendo a Trump durante al menos cinco años. El objetivo ha sido fomentar las divisiones en la alianza occidental. Él y su círculo íntimo han aceptado un flujo regular de inteligencia del Kremlin. Un ex alto oficial de la inteligencia rusa asegura que el FSB ha comprometido a Trump a través de sus actividades en Moscú lo suficiente como para chantajearlo. Según varias fuentes, su conducta en Moscú incluyó actos sexuales pervertidos organizados y monitorizados por el FSB".

De esta madeja comenzó a tirar Harding para escribir Conspiración..., un relato con ritmo de thriller, lleno de personajes que, al igual que Trump, terminan ocupando altos cargos sin mucho mérito, como George Papadopoulos o Carter Page, dos ex asesores políticos del magnate que ahora son piezas claves en la investigación de Mueller.

La trama, que muchas veces parece de película, es vertiginosa y tiene todo lo que necesita una novela de espionaje: villanos, traiciones, métodos mafiosos, errores imperdonables. Tanto así que, unas semanas después de publicado el libro, Harding recibió una carta llena de elogios. Era del mítico escritor británico John le Carré, conocido por sus novelas de suspenso ambientadas en la Guerra Fría, quien lo felicitaba por la historia que había contado.

—En entrevistas anteriores ha dicho que la intromisión de Rusia en las elecciones estadounidenses ha sido la mejor operación de espionaje en su historia.

—Sin duda. Rusia ha estado tratando de interferir en la política estadounidense desde hace mucho tiempo, en la política de los estados de Occidente para modelar el ambiente político internacional a su favor. Cuando invitaron a Trump por primera vez a Moscú, en 1987, no sabían que iba a terminar siendo presidente, aunque sí pensaron que podía serles útil, como ahora, que era el candidato perfecto para desacreditar a quien todos creían que sería la próxima presidente, Hillary Clinton.

—¿Por qué?

—Porque él, desde un principio, buscó cuestionar la legitimidad del sistema, no le importaba mentir. Hay algo que la inteligencia rusa entendió mucho antes: es que hoy da lo mismo si lo que dices es verdad o mentira, lo importante es que te crean. Por eso había que decir que Hillary era una mentirosa, que usar un servidor privado de e-mails era un gran crimen cuando, si bien es un error burocrático, no es un tremendo crimen. Pero todo eso daba lo mismo, porque Trump lo supo ocupar a su favor a la perfección. Los rusos nunca pensaron que Trump iba a ganar, pero sí que podía dañar lo suficiente a Clinton como para dejarla como la presidenta débil de un país dividido, más preocupada de los asuntos internos que de la política exterior.

—Su historia tiene varios protagonistas, pero el personaje clave termina siendo el ex agente Steele. ¿Cuánto le costó creer en su dossier?

—Yo viví años en Moscú y sé cómo trabaja el FSB. Steele trabajó encubierto en Moscú y sufrió lo mismo que yo: gente que te sigue, que entra a tu casa… Y si vamos a los hechos: hoy los principales asesores de Trump que aparecen en el dossier están bajo la lupa del FBI y han ido dejando sus cargos: Paul Manafort, jefe de campaña; Michael Flynn, ex asesor de seguridad nacional que asumió haberle mentido al FBI; Carter Page, ex asesor en asuntos internacionales, que mantiene relaciones de larga data con Rusia… Y bueno, coincidíamos en una tesis central: que el régimen puede haber cambiado, pero que el sistema ruso no lo ha hecho.

—Para el comediante John Oliver, el Russiagate ha sido una especie de "Watergate estúpido". ¿Está de acuerdo?

—Totalmente. Hay que evaluar las dos partes de esta conspiración. La rusa, profesional, con procedimientos tradicionales de espionaje que no dejan ningún rastro. La parte rusa es la competente, de la que no obtendremos nada en mucho tiempo. Por otro lado, está la parte americana, que es más sucia, con menos códigos, más arrogante y básica, con episodios impresionantes como el despido del director del FBI James Comey por parte de Trump.

—¿Cree que Trump y su entorno se sintieron intocables?

—En parte intocables y en parte muy seguros de que todo lo que dijeran sería creído. Porque si lo que dices es luego reforzado por cadenas como Fox News, puedes convencer a mucha gente de que todo este asunto es una trama inventada por los liberales.

—¿La gente cree lo que quiere creer?

—Me parece que sí.

El traidor

En 1987, Donald Trump visitó Moscú por primera vez, invitado por el entonces embajador soviético en Estados Unidos, para explorar posibles negocios. Algo pasó en ese viaje en la cabeza del futuro conductor de reality shows, que, de ser un yuppie indiferente a la política de su país, llegó a comprar anuncios en algunos de los principales diarios estadounidenses para dar a conocer su opinión negativa contra la política exterior intervencionista de su país. Era el germen de America first, el eslogan que lo llevaría a conseguir la presidencia de EE.UU.

—¿Cree que la victoria de Trump es más cercana a hacer a "Rusia grande de nuevo" que a "América grande de nuevo"?

—Desde el punto de vista de Putin, sí. Porque Trump es pura retórica. Hoy Estados Unidos es menos respetado que en cualquier otra época, incluyendo la de George W. Bush, un presidente realmente impopular. Y Putin busca apoyar las divisiones, por eso está a favor de movimientos secesionistas como el escocés o el brexit.

—¿Pueden los rusos haber interferido en el proceso catalán o, también, en el brexit?

—Es difícil precisarlo, pero un movimiento como el catalán, contrario a la Unión Europea y a su fortalecimiento es algo que puede agradarle. En Escocia, por ejemplo, han llevado a cabo grandes operaciones mediáticas en Edimburgo para apoyar a los independentistas, entonces sería lógico que hicieran lo mismo en Cataluña. Con el brexit lo mismo. Hoy las preguntas surgen desde dónde vino el financiamiento para la campaña a favor de la separación. Hoy la integridad de la democracia occidental está en peligro como nunca. Los casos de Estados Unidos, España y el Reino Unido son claros al respecto.

—Usted ha dicho que el dossier de Steele evitó que la operación rusa no fuera totalmente victoriosa. ¿Por qué?

—Porque el principal objetivo de Putin era eliminar las sanciones económicas de Estados Unidos a Rusia, porque dañaban enormemente su economía, y eso no lo consiguió. Pero sí consiguió deslegitimar el proceso democrático norteamericano. Y ahora le preocupan sus elecciones de marzo no porque vaya a perder, sino porque tiene que mostrarse como un proceso limpio, por mucho que no lo vaya a ser. Necesita legitimidad. Pero no logra tener un poder absoluto porque Estados Unidos no es como en Rusia que toma el teléfono y obtiene lo que quiere. En Estados Unidos las instituciones aún funcionan y por eso el escándalo se hizo tan grande.

—Finalmente, luego de su investigación, ¿cree que Donald Trump traicionó a su país?

—No sé si se podrá probar la traición legalmente, pero toda la evidencia dice que Donald Trump puso sus intereses sobre los de su país. Y esa es una situación única. Mis contactos en inteligencia me han dicho que la gente del FBI podía no estar de acuerdo con Obama, pero nunca dudó de su patriotismo. Con Trump no les pasa lo mismo. Él sobrevivió a este primer año, pero la trama rusa lo seguirá cada día, como un fantasma al que no podrá espantar. Todo me dice que sí se coludió con los rusos. Está claro que su equipo de campaña supo del hackeo de los e-mails demócratas mucho antes que los mismos demócratas y que sacaron ventajas. Lo que está claro, por el momento, es que sin duda será el presidente más escandaloso en la historia de Estados Unidos.

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