Columna de Óscar Contardo: Las reencarnaciones

La experiencia cotidiana puede ser un pasillo repleto de espinas que no se advierten a la distancia, y eso fue lo que hizo la política: tomar distancia y celebrarse a sí misma. El gobierno actual quiso reencarnarse en una época que desde ciertos círculos parecía perfecta, bullente de energía, pero que mirada al detalle, es el periodo en el que ocultar la mugre bajo la alfombra se transformó en un hábito compulsivo.



En octubre de 2018 el gobierno encabezado por Sebastián Piñera celebró de manera entusiasta los 30 años del triunfo del No en el plebiscito de 1988. Hubo un acto profusamente anunciado y reflexiones edificantes sobre la democracia y la unidad. También hubo un extendido desconcierto frente a la conmemoración oficialista entre dirigentes de la oposición que habían trabajado en la campaña del No. La razón para la incomodidad era clara: gran parte de quienes ahora aparecían sonrientes junto al logo del arcoíris en el gobierno, en su momento habían apoyado la opción que le permitía a Pinochet mantenerse en el poder por otros ocho años. Destacados políticos que celebraban en La Moneda el aniversario del No habían llamado a votar Sí, lo que no solo consistió en difundir públicamente las bondades de una dictadura, sino también advertir sobre las catástrofes que sobrevendrían de llegar a ganar la opción contraria a Pinochet: la campaña del Sí estuvo centrada en anunciar que con el triunfo del No el caos sería total. Seríamos otra Cuba y un jinete encapuchado con una bandera roja recorrería el país sembrando comunismo. Treinta años más tarde, quienes habían afirmado eso, con aplomo confesaban que en el fondo de sus corazones jamás creyeron tal cosa.

La celebración organizada por el gobierno en octubre de 2018 ocurría después de que la promesa de crecimiento económico hecha durante la campaña presidencial de Sebastián Piñera había comenzado a frustrarse. El corazón del mensaje que le dio el triunfo estaba fallando. Fue el momento de realzar algo más que cifras económicas, generar una épica que, a falta de nuevas ideas, se rescató del pasado: había que volver al espíritu de los 90, el de los acuerdos y los consensos sostenidos por la nueva riqueza que se generaba a tasas nunca antes vistas en nuestro país. Un entusiasmo que deslumbró a una élite satisfecha que no supo mirar a largo plazo ni ponerse en los zapatos de aquellos que veían la prosperidad desde lejos. La imagen del país exitoso fue un consuelo que podía ser efectivo durante algunos años para quienes habían vivido en dictadura. Quienes pasaron gran parte de su juventud y madurez esperando el retorno a la democracia podían, incluso, sentir una satisfacción vicaria, aunque su situación material no variara demasiado: el país crecía, había elecciones, podían hablar en voz alta sin temor a ser denunciados. Pero esos estándares era imposible de traspasarlos como experiencia a la generación siguiente. Hubiera sido monstruoso que tal cosa ocurriera. Lo que millones de chilenos criados en democracia vivirían fue un progreso material atravesado por la segregación en vivienda, educación, salud y transporte.

La transición fue un periodo luminoso después de una extendida oscuridad, pero también uno en donde las ciudades del país se rodearon de periferias y márgenes en donde se construyeron casas que eran tan pequeñas que llegaron a ser comparadas con el tamaño de una golosina, viviendas que se pasaban de agua cuando llovía; barrios desolados, sin conexión con el resto de la ciudad, que fueron abandonados a merced del narcotráfico y de la delincuencia; zonas en donde el Estado era apenas un eco lejano que no imponía orden. En esas áreas surgieron normas y códigos propios que le daban la espalda a la democracia. Allí vivirían ciudadanos que se avergonzaban de nombrar su domicilio por temor a no conseguir trabajo o que le mentían al chofer del colectivo pirata dándole una dirección inexacta para no quedar botados sin transporte en algún baldío peligroso porque el conductor no entraría a su población.

La experiencia cotidiana puede ser un pasillo repleto de espinas que no se advierten a la distancia, y eso fue lo que hizo la política: tomar distancia y celebrarse a sí misma. El gobierno actual quiso reencarnarse en una época que desde ciertos círculos parecía perfecta, bullente de energía, pero que mirada al detalle, es el periodo en el que ocultar la mugre bajo la alfombra se transformó en un hábito compulsivo.

Días después del triunfo del No en 1988, miles de chilenos viajaron a Mendoza al concierto que Amnistía Internacional organizó en esa ciudad en solidaridad con nuestro país. Originalmente, el encuentro sería en Santiago, pero la dictadura no lo autorizó, porque consideró sospechoso que la actividad fuera una celebración del aniversario número 40 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El actual gobierno ha extremado esa sospecha esta semana, cuando frente al informe elaborado por Amnistía Internacional durante la crisis social, ha reaccionado tal y como lo hacen los regímenes que hasta hace poco el propio Presidente fustigaba por el maltrato que les daba a sus ciudadanos, rechazando el informe, calificándolo de "ataque" y retomando un lenguaje amenazante que recuerda tiempos pasados, no los más luminosos ni los más hipócritas, sino los más crueles, violentos y oscuros. Una reencarnación que sacude nuestra democracia y hace dudar de cualquier declaración que invoque la paz, cuando lo que en realidad se está esparciendo es el miedo.

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