América Latina: ¿Qué esperar de EE.UU.?

Trump Biden



Por Robert Funk, Instituto de Asuntos Públicos Universidad de Chile

Cuando visitó Santiago en 2011, Barack Obama presentó su visión para la relación entre su país y América Latina. En ella pronunció: “no hay socios mayoritarios y no hay socios minoritarios”. Sus palabras se encajaban dentro de una visión de política exterior que reconoce los límites del poder norteamericano post-9/11 y post Irak. Lejos de ser aislacionista, Obama entendió que en un mundo multipolar, Estados Unidos no podía seguir actuando como policía global.

Por distintas razones, Trump profundizó la tendencia, aunque su visión de América Latina se resume en el deseo de construir un muro para impedir la llegada de “bad hombres”, concepto que usó al lanzar su campaña presidencial y que ha marcado la actitud trumpista hacia la región, como se puede ver en la política de separación de familias. Las imágenes desgarradoras de niños enjaulados en centros de detención han sido desplazadas por la pandemia, pero la política continúa. La única otra señal de que el gobierno de Trump estuvo consciente de la existencia de América Latina han sido el intento de impulsar la “presidencia” de Juan Guaidó, y más recientemente, el nombramiento de un cubano-americano para liderar el BID. 

El candidato que gane las elecciones presidenciales de noviembre tendrá que lidiar con un mundo tratando de salir de una pandemia en medio de la peor crisis económica en cien años, mientras que problemas previamente existentes, como el calentamiento global, el terrorismo, la amenaza nuclear de Irán, las ambiciones geopolíticas de Rusia y China, seguirán estando presentes. Estos desafíos profundizarán las tensiones dentro de nuestros sistemas democráticos; la tentación de autoritarismo, populismo, y extremismos de todo tipo ya se hacen sentir. Estados Unidos tendrá que decidir si Latinoamérica volverá a ocupar un lugar central en a política exterior de su país, o si dejará la región a la merced de otros poderes emergentes.

Sin desconocer los momentos oscuros de la historia, tampoco se puede ignorar que hubo períodos en que los intereses de EE.UU. coincidieron con los de los países de la región, especialmente una vez reducida la amenaza de la Guerra Fría. Aún así, la historia del hemisferio es una de interferencia hegemónica y la actitud latinoamericana hacia EE.UU. esta marcada por desconfianza. Con Trump esto solo se ha profundizado. La forma en que Trump ha abordado la inmigración hizo que la región –y sus habitantes– se transformaran en un “otro” indeseable, sin espacio para nociones de fraternidad hemisférica, que han estado presentes incluso en políticas como la Doctrina Monroe.

El bullying que se le hizo a México, la renegociación de NAFTA, las políticas anticuadas hacia Cuba y Venezuela, la promoción del populismo brasileño y salvadoreño, y ahora el coronavirus, han cambiado el tenor de la relación de EE.UU. con su “patio trasero”, y que no será fácil de revertir si gana Biden en noviembre.

Un gobierno de Biden tendrá que deshacerse de lo peor de la presente administración, pero también tendrá que repensar las políticas del pasado en cuanto a la región. No solamente ha cambiado el mundo, sino que su propio Partido Demócrata, con personajes como Sanders y Ocasio-Cortéz cuestionando dogmas como el libre comercio, Plan Colombia, estrategias anticuadas hacia la migración, incluso el capitalismo mismo. Biden ha tenido décadas de preocupación por la región, pero tendrá que aprender rápidamente códigos nuevos del partido, de Washington y de la región.

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