Bengalas en la noche

FOTO: ARIEL MARINKOVIC/AGENCIAUNO.



El viaje más largo que se pueda imaginar consiste en levantar la vista desde el ombligo hasta las estrellas. Hasta el infinito. En un segundo dimensionamos nuestro minúsculo lugar en el orden del universo.

Un ejercicio muy útil cuando vivimos en tiempos en que hemos perdido la perspectiva. Cada uno enceguecido por su versión de la verdad. Obsesionados por sus ombligos, embriagados por la soberbia que desprecia los aprendizajes de las generaciones anteriores.

Estamos tan llenos de nosotros mismos, que no somos capaces de ver lo obvio: hay para Chile una oportunidad histórica para dar un salto gigantesco al Desarrollo. Un escenario brillante, al alcance de la mano. Una bengala disparada al cielo.

Quizá usted piensa que está leyendo mal. Pero, para hacerla corta, nuestra posición podría ser la misma de un país del golfo Pérsico al comienzo del boom petrolero de los 60-70: una enorme revolución energética se viene y estamos parados justo en su epicentro. La “Ola Verde” de la electromovilidad barrerá con las energías fósiles. Y Chile tiene las mayores reservas de cobre y litio del mundo, los elementos que moverán al planeta. Tenemos, además, el mayor potencial de energías limpias para producirlos. Todo esto en un contexto inmejorable, con EEUU y China creciendo juntos por primera vez en décadas, con tasas de interés en el suelo y estímulos fiscales al tope. Y esto está recién comenzando.

Haciendo las cosas más o menos bien, podríamos tener un escenario dorado. En 30 años Antofagasta y otras regiones mineras podrían ser un foco de modernidad y desarrollo en Latinoamérica. Con una industria de proveedores vibrante generando actividad, desarrollando tecnología para Chile y el mundo. Irradiando a todo el país.

El emprendimiento de alto impacto, además, ya ha florecido, como lo demuestran los casos de Cornershop, Betterfly, NotCo y muchos otros que les seguirán. Con un escenario favorable, simplemente explotaría. Un ecosistema grande, desarrollado y sofisticado, con ideas y talento uniéndose a una activa industria de capital de riesgo, generaría empleos e innovación a raudales.

La Arabia Saudita del siglo XXI, el siglo eléctrico. Qué mejor futuro podría tener un país… Multiplicando por 4,5 el producto y por 10 la recaudación fiscal en 3 décadas, como se hizo desde 1990. Con impuestos razonables, que permitan al mismo tiempo crecer y financiar programas sociales de calidad. Mejorando en forma drástica los servicios del Estado. Con ciudades limpias y amables.

Por el contrario, si mantenemos la vista fija en el ombligo, obsesionados con los vasos medios vacíos y la autoflagelación, hablando el día completo del extractivismo, pero jamás valorando el trabajo de nuestros mineros y salmoneros ni los éxitos de nuestros emprendedores, nos farrearemos la oportunidad.

Amenazando con subidas de impuestos sin paralelo en la historia conocida, que destruirán los incentivos, ahuyentarán a medio mundo y generarán legiones de desempleados, no llegaremos a Copenhague ni a Auckland, sino a Caracas.

Si en un escenario delirante fuera posible robarles todo a los súper ricos, como ya desembozadamente plantean algunos con mentalidad de saqueador compulsivo, se repartirían menos que los US$50.000 millones de los retiros de las AFP. ¿Y después qué? Nada más que encogerse de hombros y apretar los dientes: un Estado desfinanciado, empresas quebradas, fuga de talentos, anquilosamiento y ruina. Fórmulas que nunca, jamás, sin excepción, en ningún lugar ni tiempo, han funcionado.

En una ironía del destino justo ahora todas las definiciones dependan de nosotros. O dejamos que nos aplaste el abajismo y el odio o reaccionamos y salimos mirando al cielo, levantando los ojos hacia esas luces de bengala que iluminan, a lo lejos, nuestra tierra prometida.

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