Columna de Max Colodro: La persistencia del fin



Por Max Colodro, filósofo y analista político

Sea cual sea el resultado del plebiscito, a la mañana siguiente la sociedad chilena seguirá viviendo la espiral de polarización, violencia y deterioro político que la ha marcado a fuego en los últimos años. Porque mucho más que el remedio para sus males, el actual proceso constituyente vino a ser solo un síntoma, quizá el más perfecto y sublime, de ese quiebre que, desde hace muchas décadas, tiene a Chile espiritualmente partido en dos. Ahora incluso, de confirmarse el triunfo del Apruebo, dejaremos de ser una sola nación, consagrando una plurinacionalidad que reafirmará nuestras diferencias mucho más allá de lo político e ideológico.

De ganar el Apruebo, la puesta en marcha de la nueva institucionalidad tomará años, si es que no lustros. Implementar un conjunto de sistemas de justicia, consagrar un profundo reordenamiento administrativo y territorial, plagado de autonomías, será un desafío gigantesco. Baste como precedente el que hace ya dos gobiernos se estableció la “desmunicipalización” de las escuelas públicas, un proceso que está todavía lejos de poder concluir. Así, cada paso, cada etapa en la instalación de este nuevo orden, no solo será largo y difícil, será también motivo de nuevos desacuerdos. Tanto, que el ministro Jackson no descarta un periodo en que se deba gobernar por decreto. Ironía plena de reminiscencias.

De ganar el Rechazo, tendremos que seguir buscando fórmulas para encontrar algo que sabemos nunca va existir: consensos mínimos respecto al tipo de sociedad y modelo de desarrollo en que queremos vivir. Igual como lo fue la anterior, la nueva Constitución será por sobre todo el “acta de triunfo” de unos sobre otros, y los reacomodos posteriores tendrán siempre algo de revancha y de rendición. Porque no hay alternativa, cuando contemos los votos el próximo 4 de septiembre, confirmaremos que la posibilidad de la “casa común” nunca existió. Y por una razón muy simple: es demasiado grande el sector de la sociedad que jamás la ha querido.

Las decisiones que hemos tomado en los últimos años solo han confirmado esta voluntad mayoritaria. Por eso la sala de partos de este proceso constituyente no podía no estar saturada de violencia, plagada de expresiones de odio e intolerancia. Porque la nueva institucionalidad no vendrá a ponerle fin a la fractura que nos define, será más bien otra consagración. Ese es uno de los motivos por los cuales un triunfo del Rechazo en septiembre resulta tan contraintuitivo y tan a contracorriente. En rigor, todas las definiciones de este tiempo han ido en la dirección de confirmar el abismo, de persistir en el quiebre. Hoy sabemos que el Chile reconciliado de la transición nunca existió.

La dictadura intentó obligarnos a cantar una estrofa del Himno Nacional que los opositores no estábamos dispuestos a entonar. Ahora, damos un paso más, quizá el último y definitivo: vamos a confirmar que el proyecto de reconocernos todos en una sola “Nación Chilena” fue simplemente una larga ilusión.

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