Compulsivamente, frenéticamente

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Al menos para los cinéfilos más persistentes, el libro Fassbinder por Fassbinder, recién publicado por Hueders, es un acontecimiento. La obra, de 540 páginas, recoge unas 30 entrevistas con el autor de Las lágrimas amargas de Petra von Kant. La primera toma unas 130 páginas y repasa con detención los primeros años de trayectoria de Fassbinder, cuando hizo teatro con un grupo muy marginal y de vanguardia en condiciones que serían sórdidas si ellos no las hubieran vivido con tanta épica. Pero lo que a él le interesaba era el cine y ese aprendizaje no hay duda que lo convirtió en una soberbio director de actores y, en particular, de actrices.

Aparte de instalar la sensación de que Fassbinder fue un fenómeno y un ícono de rupturismo setentero completamente inviable hoy, porque ahora el rupturismo está tan subvencionado que no difiere gran cosa del establishment, el libro es fascinante por muchos conceptos. Sobre todo porque permite entrar a la cabeza de ese artista insobornable que fue Fassbinder. Permite aquilatar su compulsión por el trabajo (en lo que fuera, en cine, televisión o teatro), porque sabía que la inactividad lo conduciría a la autodestrucción; ya que no el amor y mucho menos su inserción en una tribu, sabía que el trabajo era lo único que podía mantenerlo a flote. Permite entrar a sus decepciones, como la ilusión inicial de trabajar con un grupo y en equipo, idea que finalmente fracasó porque no hay grupo que esté inmunizado contra los conflictos de convivencia. Permite compartir su admiración por la ingenuidad por el cine norteamericano clásico, que él siempre quiso alcanzar, que nunca consiguió y que probablemente ya nadie podría lograr. Permite entender el rechazo que Fassbinder se ganó desde frentes tan distintos como el pensamiento conservador, el feminismo radical, los críticos de izquierda dura o los políticos que en los años 70 estaban combatiendo las bandas terroristas alemanas. El libro captura la debilidad del artista por el melodrama y su fijación con los espejos y las mujeres fuertes. En fin, explica cómo un cineasta que hizo películas de bolsillo, difíciles de entender aun para audiencias pequeñas, también se la pudo con realizaciones que alcanzaron grandes audiencias (El matrimonio de María Braun, Lili Marleen).

Fassbinder vivió a toda máquina. Dirigió unas 40 películas y más de 30 obras teatrales en 22 años. Dejó pocos temas por tocar: el dominio en el capitalismo, la sumisión de las mujeres y los inmigrantes, la indolencia de los intelectuales, las asimetrías del amor, la Alemania de Weimar, del Tercer Reich y de Adenauer… Tuvo dos matrimonios y tres largas convivencias con parejas hombres, uno de los cuales se suicidó. Dice que comenzó a filmar tras maravillarse con Vivir su vida de Godard y con Viridiana de Buñuel. Amó el cine de Rohmer, de Sirk y de Walsh, pero también Los malditos de Visconti. Nunca se entusiasmó mucho con El acorazado de Potemkin (¡al fin alguien que lo diga!), pero sí con Alexander Nevsky. Tenía 37 años cuando el cuerpo, el alma, la vida y su corazón exhausto decretaron el no va más. Estaba gordo, deprimido, apenas podía hablar, había dejado de creer en todo, dependía de la cocaína, de los somníferos para dormir y de los estimulantes para estar despierto. En una entrevista del 76 confiesa que "nunca superaré el tedio de vivir" y dice que no sabe si alguna vez será tan fuerte como para matarse. Fue en todo caso su desenlace seis años después, da lo mismo si deliberado o no. Gloria a Rainer Werner Fassbinder: había hecho su obra a tiempo.

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