El espejismo de la socialdemocracia



Por Juan Ramón Rallo, investigador de la Universidad del Desarrollo

Decía Margaret Thatcher que el socialismo fracasa cuando se le acaba el dinero de los demás. En realidad, Thatcher no hablaba tanto de los sistemas socialistas de planificación central (que son ruinosos y opresores desde un comienzo), sino de los estados de bienestar europeos, es decir, de esa socialdemocracia que muchos chilenos observan hoy con envidia.

Hace unos días, sin ir más lejos, el futbolista Gary Medel comunicó públicamente su intención de asentarse en España por sus superiores prestaciones sociales: tanto la sanidad como las pensiones, se nos dice, son mucho mejores en España que en Chile. La comparación resulta bastante problemática, porque la principal diferencia entre ambos países no reside en su sistema de protección social, sino en la brecha de riqueza que generan sus economías: la renta per cápita de España en 2019 (antes de la pandemia) era de 42.250 dólares PPA, mientras que la de Chile era de 25.040 dólares PPA: casi un 70% más de renta per cápita es un factor bastante más explicativo de la distancia en la calidad de vida, e incluso en la calidad de la protección social, que las diversas formas de organizar esa protección social.

Pero es que, además, las supuestas bondades del sistema de protección social español descansan más en un persistente (y conveniente) mito político que en una realidad tangible. Tomemos el caso de la sanidad pública. En España, a pesar de que existe una sanidad pública universal sin copagos de ningún tipo, alrededor del 30% de todo el gasto sanitario es privado y más del 20% de la población cuenta con un seguro sanitario privado. ¿Por qué razón 10,5 millones de españoles, que pueden acudir gratuitamente a la sanidad pública, deciden costearse de su bolsillo un seguro privado (que no cuenta con ningún tipo de bonificación fiscal) para evitar pasar por la sanidad pública? Pues, evidentemente, porque la sanidad pública no es tan maravillosa como se nos dice y, por tanto, quien puede permitírselo escapa de ella.

En España, a cierre de 2021, había 706.000 personas en lista de espera quirúrgica para el conjunto de especialidades; el tiempo medio de espera era de 123 días y el 20% de los pacientes llevaban aguardando su turno más de 6 meses. En algunas autonomías, como Cataluña, el tiempo medio de espera era de 156 días y el 30% de los pacientes estaban esperando desde hacía más de medio año. Y no pensemos que la tardanza se sufre únicamente en el quirófano: el tiempo medio de espera para la consulta en especialidades es de tres meses. Así pues, desde que uno sufre alguna dolencia hasta que se la detectan y se la tratan, pueden pasar de media entre 6 y 9 meses. Lógico, por tanto, que tantos españoles traten de acortarla. ¿Y por qué nuestros gobernantes no destinan estructuralmente más recursos a reforzar la calidad de la asistencia sanitaria pública? Porque, a pesar de nuestros altísimos impuestos, no hay dinero. Y cuando se acaba el dinero del contribuyente, se acabaron las bondades de la socialdemocracia.

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