La condición de levitar



Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

¿Cómo es posible que Chile Vamos -una pertinaz coalición de fundación ideológica- se haya quebrado ante la defensa de una de sus insignias programáticas como el sistema de AFP? ¿A qué se debe la súbita blasfemia de un sector de la derecha, sobre las sagradas escrituras del modelo económico? ¿Es que acaso -como pronostican algunos- se ha iniciado un giro populista en el país, que amenaza con instalar una suerte de peronismo en el que las élites políticas -incluso las de derecha- responden a las presiones sociales movilizadas?

La clase política chilena ha desarrollado la condición de levitar sobre el electorado. No se trata de una virtud ni de una artimaña, sino de un signo de extrema debilidad. Con el tiempo, las coaliciones de izquierda y de derecha han perdido conexiones verticales con la gente y las vinculaciones supervivientes con organizaciones de la sociedad civil, no logran conectar con las fibras sensibles de un país que no se detuvo con el fin de la historia que los Fukuyama criollos habían proclamado (gritaron el gol antes de que la pelota cruzara la línea de meta).

Parte de la derecha ha traicionado sus raíces en un hecho que, por episódico, no deja de ser significativo. No es un giro ideológico, pues, al menos en campaña, las candidaturas presidenciales de derecha ya se habían moderado hacia el centro, incorporando una agenda de responsabilidad estatal en sus manifiestos (como demuestran varios colegas politólogos). Lo hace por un ataque de ansiedad. Más que búsqueda de representación es un acto de desespero; quizás, un estertor político de una alianza que no tiene cómo renovarse.

La levitación de las representaciones legislativas, empero, crea un espejismo de conexión popular. Los congresistas -al carecer de vasos comunicantes reales con las demandas sociales- aducen intuir el clamor popular, pero desatinan por varias razones. Por un lado, en contextos de crisis la opinión pública pierde moderación y salen a la superficie las posiciones más radicales. Por otro lado, una presunta sintonía, de carácter puntual, no restituye la representatividad. Al final, los legisladores abandonan toda responsabilidad de conducir el humor ciudadano por caminos ponderados.

La flotación política no conduce necesariamente a un populismo sostenible en el tiempo. Para que esto último suceda, ha de tenerse la capacidad de conducir la demanda popular hacia un esquema maniqueo, en el que “las élites son perversas y pueblos honestos”. Por más que la derecha siga votando condicionada por el efecto 18-O, seguirá siendo “el malo de la película”. Por lo tanto, no estamos en condiciones de replicar una suerte de peronismo, en el que la dinámica política consigna permanentemente el ánimo piquetero. Para que ello suceda, los partidos deben tener capacidad de coordinación con la sociedad movilizada y esto no existe por ningún lado del espectro político en Chile. Sinceramente, tampoco entre las democracias vecinas que acusan al golpe en la crisis de representación. Mal de muchos, consuelo de élites fallidas.

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