Óscar Guillermo Garretón

Óscar Guillermo Garretón

Economista

Opinión

Querido puerto


El lunes pasado, el consorcio privado que había presentado su propuesta de un tren rápido de pasajeros y carga que uniera Valparaíso y Santiago, reiteró una solicitud de concesión en el MOP; pero esta vez sumándole una conexión de dos vías para carga a San Antonio; además de zonas logísticas de transferencia. No exagero. Para Valparaíso y su destino, es la noticia más significativa desde 1914, en que se abrió el canal de Panamá. Esta vez esperanzadora.

Nací en su Cerro Alegre y fui niño porteño en tiempos que decaía su antiguo esplendor. Fue capital económica y financiera de Chile. Parada obligada de todo el comercio que fluía, desde y hacia Europa, por el Canal de Magallanes y el Cabo de Hornos. Las novedades nacían o llegaban antes que a Santiago. Brillaba, y no solo minutos, para Año Nuevo.

Hoy es otra ciudad. Hierve el comercio informal, desde que uno baja por Avenida Argentina. También en otros puntos de su plano urbano. La misma cesantía encubierta repletando veredas; a los pies de edificios sucios, deteriorados, cubiertos de rayados; varios de ellos, víctimas de incendios que por algunos días motivan lamentos de pasadas glorias, antes de volver al olvido y la resignación. Con datos del último censo, el urbanista Iván Poduje nos dice que en las vastas 171 Has de ese plano urbano, solo habitan 8.466 personas y en el Barrio Puerto quedan 177 habitantes.

Hace rato dejó de ser “puerto principal” en beneficio de San Antonio. En 2018 representó menos del 30% del tráfico portuario de la zona central. Su actividad portuaria terminó de ser estrangulada por “el olvido”, cuando se creó el Merval, que dejó sin transporte ferroviario de carga un puerto rodeado de cerros y alta densidad de población, o sea, con accesos de dificultad creciente.

¿Se puede seguir culpando al Canal de Panamá, un siglo después, por la decadencia actual de Valparaíso? Parece aletargada, detenida en el tiempo, rumiando nostalgias y grandezas de su pasado, o disfrazando de “bohemia” su declinación.

Valparaíso tiene con este proyecto ferroviario, la oportunidad de otros puertos que pasaron por lo mismo y tuvieron la entereza de no resignarse: Bilbao, Rotterdam, Marsella. No es destino, sobrevivir de mala manera en las “veredas cuentapropistas” del plano urbano. Pero el futuro no cae del cielo. Los porteños deberán jugarse por él; y la experiencia me dice que, cuando se trata de proyectos de tamaña envergadura, también el Presidente. Siempre habrá contradictores.

Valparaíso y tren comparten un abandono de más de un siglo. Ahora, pueden unirse para dejarlo atrás. La nueva red ferroviaria que se propone es más que un tren. Transforma toda la macrozona central de Chile en una gran área integrada e interconectada. Es un cambio de país. Y, a diferencia de 1914, Valparaíso puede ser actor de ese cambio y no mera víctima de lo que otros hicieron entonces, muy lejos.

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