Reducir la jornada: ¿Qué nos enseña la evidencia?



Por Rafael Sánchez, investigador CEP y académico de la Facultad de Economía y Empresa UDP

Desde hace un tiempo han cobrado fuerza propuestas de reducir la jornada laboral de las actuales 45 horas semanales a cerca de 36, que sería una de las mayores rebajas legales de la historia global y dejaría a Chile entre las menores jornadas del planeta. Comparada con el resto del mundo, la actual jornada chilena está bastante alineada con el nivel de desarrollo del país, en especial al considerar los días de descanso pagados, como feriados. Si aún así se busca apurar la reducción natural de jornada que se da a medida que los países se desarrollan, es crucial revisar la evidencia comparada.

En todo el mundo, las rebajas se han fundamentado en sus potenciales beneficios (sobre empleo, productividad, salud, y otros). Pero también acarrean costos; diversos países que las han implementado han buscado minimizar esos costos con medidas en torno a los costos laborales, adaptabilidad, gradualidad y contexto.

Respecto a los primeros, la evidencia es clara en que las rebajas de jornada con rigidez salarial tendrán efectos negativos en el empleo (Kramarz 2008; Estevao y Sa 2008). La experiencia chilena de 2005 (rebaja de 48 a 45 horas) sugiere que, si bien en la etapa previa a su implementación no causó destrucción de empleo asalariado del sector privado (Sánchez 2013), sí hubo impactos negativos luego de que se implementara, tanto en empleo (combinando efectos de creación y destrucción) como en salarios reales (Villena y Tejada 2020). Las propuestas de reducción de jornada plantean la prohibición de bajar salarios actuales, pero ello ocurre en el tiempo a través de menores aumentos a futuro y por la reducción de sueldos de nuevos trabajadores. Es por esto que otros países acompañaron la rebaja de jornada con beneficios para las empresas, intentando contrarrestar el alza de costos.

Respecto de la adaptabilidad, la mayoría de los países que han reducido su jornada han implementado medidas como la jornada promedio semanal (calculada en base mensual o trimestral en su mayoría; incluso hay casos donde la base es anual, en general con previo acuerdo de los sindicatos). La adaptabilidad es en extremo relevante, pues permite abordar mejor la heterogeneidad de trabajadores y empleadores, así como los diferentes procesos productivos. En esta materia, se pueden revisar las propuestas del Informe Final de la Mesa Técnica sobre Calidad de Vida y Reducción de Jornada Laboral (2019).

Respecto a la gradualidad, la mayoría de las rebajas de jornada en el mundo han permitido que el ambiente laboral se adecue, para evitar riesgos colaterales y asegurar que se produzcan los efectos positivos buscados (en concreto, evitar bajas de empleo y salarios, en particular de personas cuya remuneración es variable). La gradualidad también permite un proceso de aprendizaje sobre las consecuencias de la reducción.

Finalmente, está el contexto: la experiencia internacional sugiere que los países que redujeron la jornada laboral venían experimentando aumentos en su crecimiento económico y productividad. Es evidente que el contexto económico y social de Chile no es adecuado para una reducción de jornada, dado el ciclo económico y las presiones del mercado laboral, tales como mayores cotizaciones previsionales, cambio tecnológico, flujos migratorios y rápido envejecimiento de la población. Todo ello debe considerarse en el debate.

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