Óscar Contardo: “Los abusos son resultado de la política sobre la sexualidad dentro de la Iglesia Católica”

Esta semana salió a la venta Rebaño, el último libro del periodista y el cierre de una trilogía que comenzó con un texto sobre el clasismo y siguió con uno acerca de la homosexualidad. Esta vez el tema es la religión, en realidad, la relación que se establece entre un sacerdote y sus fieles. Aquí explica por qué.


-¿Por qué Rimsky Rojas?

Óscar Contardo se toma una pausa antes de explicar las razones que lo llevaron a investigar la historia del sacerdote salesiano como hilo conductor de su último libro Rebaño, que a principios de semana llegó a librerías.

“Es un cura cualquiera, que no pertenecía a la elite, que estuvo en un colegio de provincia, rodeándose de un mundo de clase media común”, dice. “Un cura cualquiera”.

El periodista dice que intuía hace tiempo que debía escribir de religión. Primero lo hizo sobre clasismo (Siútico, 2008) y luego sobre la homosexualidad (Raro, 2011), pero en esos dos textos -señala- estaba la fe, la religión, como “un ruido que se colaba en las relaciones de clase y en las restricciones sexuales orientando el destino de las personas”.

-¿Por qué Rimsky Rojas?

“Lo escogí porque era un momento en que los abusos de la Iglesia estaban súper identificados con Fernando Karadima o sea con un evento extraordinario y mi percepción era que lo que existía era un sistema abusivo. Lo de Karadima no era una excepción”, responde.

Y de eso termina tratándose Rebaño. La vida de Rojas -quien se suicidó en 2011 tras acusaciones de abusos sexuales- estaba lejos de ser una anormalidad en la Iglesia chilena. Al contrario: su historia -en algunos casos incluyendo los abusos- podía ser, y tristemente ha terminado siendo, la biografía de varios de sus miembros. “Hay muchísimos Rimsky Rojas en la Iglesia en Chile”, remata.

En medio de la crisis que enfrenta la Iglesia en Chile por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, el punto central de su defensa es que se trata de casos individuales, excepcionales en la institución…

Esto no se trata de un cura descarriado. Y está claro por cómo funciona el sistema: sacan a un cura de una determinada parroquia, colegio, lo que sea, cuando hay peligro de que la denuncia se haga pública, lo mandan a otra y muchas veces reemplazan a un cura abusador por otro cura abusador que viene de otra parte. Entonces, una de dos: o no tienes conciencia de lo que estás haciendo, que sería gravísimo, en una institución que su principal objetivo es hablar de la conciencia ajena o te da lo mismo. Yo creo que les da lo mismo.

En Rebaño sostienes la existencia de una suerte de red, un modelo de funcionamiento en la Iglesia chilena que -según señalas- no sólo posibilita sino que también encubre el abuso. ¿Cómo funciona esa red?

En el centro de todo está lo que llamo ‘Política sobre la sexualidad’ dentro de la Iglesia católica porque interiormente funciona negando cualquier actividad sexual, aunque ocurra. Se niega la realidad. Hay un juego constante de hacer invisible lo que está ocurriendo, de silenciar lo que ocurre. El celibato es el concepto más común y se dice que ‘si el celibato se acaba, se acaba el problema’. Yo creo que es muchísimo complejo que eso.

¿Cómo funciona esa política sobre la sexualidad?

Es una organización súper jerárquica en la que el silencio y el secretismo ocupa un lugar central, en donde se está persistentemente aludiendo a la sexualidad como algo vinculado con el pecado y en donde las figuras centrales de las iglesias, que son los sacerdotes, los que llevan la fe, los líderes, son personas que al entrar al seminario se les exige suspender su actividad sexual sin referirse nunca a esa suspensión y los efectos que tiene esa suspensión… y la reacción que se ha tenido hasta ahora ha sido sacar gente, estar permanentemente dando a entender que se les coló gente mala. Yo creo que es esta política la que produce los abusos.

Te refieres a la formación de los sacerdotes…

Probablemente sería distinto si hubiera un vínculo entre la fe que tienen y su sexualidad. Pero no lo hay. Entonces no hablan de eso, o si lo hablan, lo hablan en términos de ‘alguien cometió un pecado’ y se confiesa. A la vez, son personas que están destinadas a cumplir un rol dentro de la sociedad, que les da muchísimo poder. Entonces, por una parte tienen una atrofia en la formación de sus deseos, de cómo llevan su sexualidad, y por otro lado tienen muchísimo poder sobre muchísima gente. Lo que tenemos es como una especie de descompensación entre alguien a quien educan o preparan para ser un líder dentro de comunidades que le van a obedecer, que jamás lo van a cuestionar; figuras que no están acostumbradas a recibir críticas, sino a que la gente se les acerque a preguntarles qué tienen que hacer con su vida.

Hablas de una manera de vivir la sexualidad silenciada y de una figura de poder. ¿Esos son los dos grandes factores que posibilitan las situaciones de abuso?

Sí, la conciencia del poder que tienen por sobre la comunidad es un tema muy fundamental. Que yo creo que lo tenemos claro ahora, en el caso de los obispos, gente que ha vivido sesenta años de su vida sin recibir ninguna crítica, sin rendir cuentas de nada, con todo el mundo alrededor a su servicio. Es gente que tiene una visión distorsionada de las relaciones humanas. A mí no me cabe duda.

¿Y por qué el abuso se produce principalmente en niños varones?

En general hay una desproporción en eso. Lo que pasa es que, hacer una lectura de eso, tiene un problema: no sabemos todos los casos de verdad. La información que tenemos es la mínima: la gente que ha denunciado a la justicia civil, no toda la gente que ha denunciado a la justicia canónica. Tenemos una visión parcial de eso. Segundo, está el tema de que no existe una clara información de la actividad sexual dentro de los seminarios y dentro del clero interno. Y por último, lo que uno podría colegir del tema es que, pensando en investigaciones de Estados Unidos, muchos sacerdotes abusan o dan una explicación de por qué abusan de niños, por ejemplo, es tan brutal como por qué no pueden quedar embarazados. No es un terreno que entre como en el mapa habitual que uno tiene sobre la sexualidad de la gente. No se trata de un tema de orientación sexual, sino del vínculo que tiene esta gente con su propia sexualidad, qué les provoca deseo, qué no, cómo pueden mantener el poder, qué es lo que tienen más a la mano, cómo pueden manejar las situaciones, porque no simplemente ataques: son vínculos que perduran en el tiempo, vínculos de abusos que perduran. No es un episodio de ataque, o dos, son personas con las que se vinculan durante muchos años y de las que abusan en forma periódica.

¿Qué hace que el caso Karadima genere una inflexión en la percepción de la opinión pública sobre el tema de los abusos en la Iglesia?

El primer punto de Karadima es que actuó en una zona, en el corazón del poder de Chile. La historia de Karadima es de un gran arribista, un gran trepador social. Y un experto trepador social que supo descifrar el funcionamiento de una determinada clase alta chilena y aprovecharse de eso. Y capturó a una comunidad, les dijo lo que querían escuchar. Y se disfrazó de lo que esa comunidad quería ver. Yo creo que es muy relevante que haya ocurrido en esa zona del poder, porque las víctimas no ocupan un imaginario del estereotipo de víctima. Cómo aparecen: son hombres de origen privilegiado, exitosos en sus carreras, entonces eso les da una apariencia frente a la opinión pública muy particular… si esto les pasó a ellos, también le pudo haber pasado a cualquiera. No parece gente vulnerable. Lo era, pero no parece. Se da un efecto que en Chile es una constante: que es cuando pasa en ese mundo de la élite, mucha gente se da permiso para hablar del tema.

Para alguien que no tiene en su cotidianeidad una relación con la Iglesia resulta extraño explicarse porqué las víctimas demoran tanto en darse cuenta del abuso, en denunciarlo…

Es un vínculo que yo comparo de muchas maneras que están fuera del ámbito de la iglesia. Por ejemplo, el vínculo que se establece en las parejas, en los matrimonios, donde uno es un agresor y el otro es un agredido, y el agredido tiende a justificar al agresor para mantener ese vínculo. Eso es una. El punto es: cómo identificamos ese vínculo con el sacerdote. Es un vínculo que es muy parecido al que se establece con el analista o el terapeuta en la transferencia. El feligrés o la persona siente que el sacerdote lo está guiando en su propia vida y él le ofrece su vida, su conciencia, sus problemas. Y ahí se genera un lazo muy fuerte, que es para las personas religiosas muy difíciles de romper.

Se retarda el reconocimiento del abuso. Retarda ver el abuso, retarda la posibilidad de que esa persona pida cuentas del daño sufrido. Significa muchas veces sentirse culpable, porque el mismo sacerdote le dice a estas mismas personas que son provocadores del abuso. Todo eso va retardando la posibilidad de que las personas hablen. El otro paso es el control que la institución hace cuando ya ven que la persona está decidida a denunciar, que es mandarles un cura a disuadirlos de que no lo hagan, porque puede afectar al prestigio de la institución, a su familia, y puede afectar su propia vida, etc. Entonces, hay una serie de barreras institucionales y culturales para que esa persona pueda reconocer ese abuso y denunciarlo.

¿Cómo es posible que se supere la crisis si -para tí al menos- las causas que la generan son estructurales?

La solución es un cambio estructural que no van a hacer. Porque no pueden. Nadie tiene el poder ni la visión para hacer algo dentro de esa generación de cardenales que existe ahora. Es porque es una estructura que viene desde siempre. Creo que la cultura misma de la iglesia hace posible el abuso sostenido.

Además de hacer una reflexión Rebaño es una investigación periodística que tiene que ver con la desaparición de Ricardo Harex, ¿qué pasó con él?

Todavía no lo encuentran. El caso lleva muchísimos años de investigación, los primeros años se llevó muy mal, como suele pasar en Chile, las policías no funcionar como debían, pasaron tres o cuatro jueces hasta la jueza actual, Marta Ximena Pinto el caso está ahí, la comunidad en Punta Arenas se ha movilizado últimamente: han hecho protestas frente a la casona del obispo, porque Rimsky sigue apareciendo como sospechoso en el caso de la desaparición de Ricardo Harex.

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