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La séptima vida del Conejo

El emprendedor nacional, conocido por construir un imperio del maní confitado y reunir una verdadera fortuna, lo perdió casi todo por sus malas decisiones. Pero se resiste a la derrota. Aquí, habla de su vida de rockstar, analiza su caída y asegura que, a sus 60 años, siente que va a triunfar nuevamente.


—¿Y vos valís 10 millones de dólares, hueón? Pero si ni hablái… ¿Cuánto valdré yo entonces?

Luis Guillermo Martínez Moreno, el Conejo como lo llaman todos desde su etapa escolar, le está hablando al caballo que tiene a su lado. Son los primeros meses de 1991, el 24 de marzo aterrizó en New York, hastiado de deambular en trabajos que no lo llenaban y que tampoco le dejaban las lucas que creía merecer. En apenas un par de años más concretará su propio sueño americano: entrará al mercado de los maniceros, formará una suerte de imperio y amasará una fortuna que jamás imaginó. Pero ahora está en el Belmont Park, su primera parada en Estados Unidos, donde cuida caballos de carrera por la mañana y duerme por las noches.

—Caballos los había jugado todos, pero nunca había caminado uno, no cachaba ni una hueá —explica entre risas, Martínez—. Ganaba 150 dólares a la semana, que era casi lo mismo que ganaba acá en el Banco Estado, y yo quería más lucas. Para eso viajé.

Los highlights del Conejo

Prácticamente calvo, vestido con una polera blanca que dice New York City y mientras prepara los primeros paquetes de maní que venderá este miércoles, el Conejo asegura que perdió la cuenta de las veces que ha relatado su historia. Pero la sigue contando con las mismas ganas, emocionado, acaso con nostalgia de años mejores. Como en todas sus entrevistas, dirá que consiguió una segunda pega en el dry cleaner de la Trump Tower; que caminando por Manhattan se encontró con Jorge González, un chileno que vendía maní y que le enseñó todo sobre el negocio; que se atrevió y decidió convertirse en manicero, pero antes tuvo que ser el “babysitter” de sus compañeros; que se consiguió una licencia a nombre de Gabriel Arce, un puertorriqueño, y que debutó en las calles de Manhattan el 12 de octubre de 1991; que cambió el paradigma cuando descubrió que el secreto del éxito estaba en la elección de las esquinas, en el constante movimiento, y que su vida debería ser retratada en una película.

—Me hice un pedazo de vendedor, a los cuatro meses ya dejaba la cagá. A todos los hueones en la calle los veía como un dólar. Éste era uno, la señora de ahí dos, el flaco de ahí tres. Era un artista, me conocía todas las mejores esquinas de Nueva York, vendía más que todos, era el uno. Me sentía un deportista de élite, un manicero de élite.

En 1994, pudo cambiar toda la historia: Martínez tenía decidido volver a Chile y dejar el maní, extrañaba a su madre y a sus amigos, incluso había juntado 13 mil dólares. Pero en la fiesta de despedida que le hicieron sus amigos en Long Island se enamoró de Carrie Bernstein, una expolicía de Chicago: “La quedé mirando y pensé, chucha, que serían lindos mis hijos con ella”, recuerda. Se quedó en Estados Unidos, se casaron dos meses después y rápidamente tuvieron tres hijos: Ash, Luke y Eliana.

Pronto, se le presentó una nueva oportunidad. Rudolph Giuliani, por entonces alcalde de New York, sorteó los permisos para vender en las calles. El Conejo y Carrie se adjudicaron uno cada uno, se instalaron en las mejores esquinas, vendieron incluso en Times Square. Martínez, dice, llegó a tener 18 carros —10 legales y 8 ilegales— y el negocio se disparó: empezó a manejar cifras improbables. Su fama llegó también hasta Chile luego de un reportaje que le hicieron en Contacto.

En el 2000, fue a la Teletón y como sorpresa, su hijo Luke, que sufre el síndrome de Kabuki, subió al escenario en los brazos de Carlos Caszely, su ídolo. Además, vendió en su carro con el exfutbolista y donó todo lo conseguido. Se sentía un rockstar: en todos lados lo saludaban, le entregaban cariño, la gente le pedía en las calles que los llevaran a Estados Unidos con él. Aprovechó el viaje para dejar uno de sus carros en Las Condes: un par de días después, supo que era un éxito y decidió instalarse también en el país.

—Todos me bendecían. Y en Chile, ¿a qué hueón quieren que le vaya bien? Caché que era conocido. Yo era un artista, hueón. Vendí esquinas en Nueva York a 15 o 20 mil dólares. Me llegaba plata que ni te imaginái. Aquí tenía puntos en Manquehue, en Estación Central, el Mall del Centro. Hasta en el Festival de Viña estuve.

Bad Bunny

El peak del negocio llegó en 2004. Martínez, dice, hizo un negocio con el que recibió 150 millones de pesos. Le compraron esquinas, acumuló más capital, pero cometió el primero de una seguidilla de errores: entregó la administración. “No había que sacarme a mí del manejo de los carros”, reconoce. Quiso seguir expandiéndose, reunió a sus mejores 20 vendedores y los dividió: mandó nueve a Chipre y once a España. “Nos queríamos comer el mundo, llegar hasta Rusia”, dice el Conejo. Pero fracasó. Alcanzó a vender también en Suecia e Italia, recuerda, pero “nos gastamos el billete y no entramos con los carros, pero no me importó”.

—¿Y qué pasó después, Conejo?

—Empezaron a haber problemas. A ver… yo sé por qué pasó lo que pasó: fue porque me separo de la gringa. Me vine a La Dehesa por mis hijos, quería que tuvieran lo mismo que en New York. Si me iba pa’ Estación Central me robaban hasta los hijos, si son más lindos que la chucha. La Carrie maravillada, andaba feliz. Pero el hueón se desvía, poh: miré pa’l lado, me gustó una chilena y la cagué. Se me va la Carrie con los niños, me quedo solo y me pongo a hacer asados, carretes, llevo amigos, empecé a tener varias amigas, me fui a huear a los caballos también. Me porté mal, hice cosas que no debí haber hecho, me perdí en todo.

La separación se consumó en 2009, y Martínez no estaba preparado: hizo de todo para no sentirse solo. Desde su entorno, dicen que se rodeó mal, que se le acercó mucha gente que le vendió la idea de que eran amigos, que se aprovecharon de que era buena persona. Que en sus fiestas financiaba a todos, que se gastaba de a 500 mil pesos por noche, que fue dilapidando el dinero.

El Conejo, sin embargo, prefiere exculpar al resto, no habla de amigos, se resiste a dar nombres:

—El único hueón fui yo. No le echo la culpa a nadie más: nadie me dijo Conejo, juégale 500 lucas a ganador al nueve, ¿me entendís?

—Lo cagaron, definitivamente —piensa, sin embargo, Rodrigo Tello, su mano derecha, a quien conoció hace más de 30 años en la Asociación Cristiana de Jóvenes—. Él tiene y le gusta partirla, pero una lista de hueones se pasaron de pato a ganso, como dice el buen chileno. Lo vi muy triste muchas veces.

Un exsocio del Conejo, que prefiere mantener su nombre en reserva, explica que su mayor error pasó por negarse a la profesionalización del producto: en dos ocasiones lo fueron a buscar grandes empresarios para hacer una franquicia, pero Martínez los rechazó.

—¿Pa’ qué?, decía yo. A mí me llegaba un vendedor y yo le decía, socio, ¿quiere trabajar conmigo? Usted va a ganar el 12% más tres lucas de colación, de lunes a domingo. Si hasta las 8 de la noche vende 100 lucas, hasta las 10 va a vender 120 —explica el Conejo—. Y todo de palabra, les pagaba diario. Yo quería que los vendedores tocaran las lucas el mismo día que salían a trabajar, no a 30 días.

—¿Y qué te ofrecían estas personas?

—Los profesionales me hablaban del contrato y de bajar el sueldo…, y yo les decía, ¿por qué vai a bajarles el sueldo? Querían sueldos fijos, que las imposiciones y esto. Y yo les decía, no, hueón, deja que las imposiciones se las paguen ellos, si te están sacando la plata y después ni la van a ver. Me cambió el sistema, porque en Chile es diferente. Que las imposiciones, que el IVA, oye si cuando estái empezando a emprender, ¿pa’ qué le cobrái el 19% de IVA? La hueá era a mi estilo, o no era.

De pronto, el Conejo se vio sin nada: lejos de su familia, perdió muchas amistades y, con rapidez, también vio esfumarse el gran imperio que había formado. Intentó volver a vender, se instaló en calle Portugal, pero se fue detenido por no tener los permisos.

También, pasó algo que no estaba en sus planes:

—En una ida al Passapoga, voy a tomarme un pisco sour y salí con una guagua… Me porté mal, ya venía en bajada. Y no me podía hacer cargo.

En 2013, Martínez, muy triste, herido, decidió volver a Estados Unidos a buscar otra oportunidad. Vendió sus autos y un departamento para poder pagar las deudas: sus excolegas lo demandaron por las imposiciones. Se fue con lo puesto y 300 dólares en los bolsillos.

Starting over

—Oye, este hueón todavía no llega, ya me está poniendo nervioso —dice Luis Martínez antes de agarrar su celular para contactar a Rodrigo Tello— Y no me va a contestar. Espero equivocarme… Compadre, ¿qué pasó? Era a las 11, poh. Mira la hora. ¿Ah, no tiene qué? ¿No tiene alas la camioneta? Ponle alas, poh hueón. Apúrate, nomás.

Son cerca de las 13 horas y en Rosario Norte 90, al costado de la clínica Pura Vida y del outlet Twimpi, el Conejo celebra su regreso a la calle, estar detrás del carro, como en sus inicios. Durante la conversación, se acercaron cuatro personas a pedirle selfies y otros tantos a desearle éxito. “¿Viste? Me cagué a todos los conejos, soy el conejo más conocido, el único que me supera es Bad Bunny”, dice entre risas.

Martínez volvió a Chile a mediados de diciembre de 2018, seducido por el ambicioso proyecto que está realizando junto a Omar Cid y Ricardo Cid. Su idea, dice, es volver a tener varios carros, y no sólo de maní confitado: ahora también ofrece mote con huesillos, completos y sopaipillas. Actualmente, son cuatro los carros que tiene en Chile: dos en el Subcentro de Escuela Militar y los otros dos, desde esta semana, en Rosario Norte. Quiere también poner otros en el frontis de la casa donde vive actualmente, en Padre Hurtado.

—La semana pasada estaba acá afuera, escribiendo las ofertas y de repente cacho que hay un hueón al lado: era el Conejo —explica Rodrigo Verdugo, dueño del outlet Twimpi—. Conversamos y cachamos que teníamos las mismas ganas de emprender. Además, es conocido, un personaje, así que empezamos. La idea es que ponga varios de sus carros acá, al costado, armar algo lindo.

El objetivo de Martínez es volver a Estados Unidos durante septiembre y llevar el mote con huesillo y las sopaipillas. Dice, también, aún conserva “las dos mejores esquinas del mundo” en New York y que, a sus 60 años, tiene más ganas que nunca. Que sueña con tener una parcela grande que puedan visitar sus hijos.

—Estoy repitiendo mi historia, tengo el mismo sueño. Pero ahora es distinto: antes me farreé todo y ahora me estoy asesorando bien. Quiero enmendar mis errores. A eso vine, a dar la cara, a disculparme si dañé a alguien en el camino —dice el Conejo—. Conocí a mi hija con la niña del Passapoga, se llama Amanda, y me estoy haciendo cargo. Quiero cumplir y enfrentar a los ojos a todos.

Mientras le da algunas indicaciones a Rodrigo, que acaba de llegar y está limpiando el carro de mote con huesillo, Martínez recuerda una anécdota. En su regreso a Estados Unidos, en 2013, no tenía dónde dormir: debió regresar al Belmont Park por un par de meses. Allí, nuevamente fue caminador de caballos, como lo fuera doce años antes.

—Y ahora, cuando caminaba al caballo, yo sentía que el hueón me miraba y me decía, ¿viste? Por hueón estái aquí de nuevo: por las mujeres, la droga, el hueveo, las apuestas. Pero yo lo miré al caballo, ahora nos teníamos confianza, y le dije: ¿Y vos a quién le hay ganado? Voy a salir adelante, otra vez.

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