Comando de pre campaña




Como diría Serrat: 'nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio'. Y la verdad comienza al fin a abrirse camino, a pesar de las fuerzas que han buscado mantenerla bajo un manto de silencio y de complicidad, tejido con no poca desesperación desde las más altas esferas del Poder. Se han agotado los recursos, se ha mentido descaradamente al país entero, pero los antecedentes empiezan a fluir, llenando la escena con su luz imprescindible.

La información que ahora brota a la superficie, y la que aparecerá en las próximas semanas, permiten ya tener una presunción fundada: desde inicios de 2012 se montó en Chile una auténtica 'maquinaria' dedicada a preparar el terreno para el retorno de Michelle Bachelet. El ex ministro Peñailillo junto a un selecto grupo de colaboradores se dedicaron a tiempo completo a instalar un equipo de trabajo, cuyo objetivo no era otro que afinar la logística de lo que sería, a partir del año siguiente, un comando presidencial en forma.

La tarea era compleja y requería de recursos. El encargado de conseguirlos fue Giorgio Martelli, operador político de extrema confianza, quien tuvo por misión contactar a importantes empresarios de la plaza, y convencerlos de la necesidad de aportar al financiamiento de una precandidatura que tenía la elección prácticamente asegurada. El objetivo se cumplió sin contratiempos: los recursos fueron entregados con generosidad y el conjunto de las labores pudo ser cabalmente realizadas. Bachelet aterrizó en Santiago a fines de marzo de 2013 cuando su entorno ya tenía todo listo y desplegado.

El asunto no tendría nada de problemático, sino fuera porque el financiamiento de esas actividades operaba burlando la ley. Los recursos no podían ser usados en aquello para lo que fueron conseguidos; debían por tanto justificarse a través de 'informes' o 'asesorías' que permitieran blanquearlos. En los hechos, esa fue la versión que Peñailillo intentó vender de manera errática y poco convincente a la opinión pública hasta el día en que fue despedido. Y esa es la cruda evidencia que ahora comienza a conocerse y de la cual ya no será posible escapar.

Los antecedentes son y serán con seguridad políticamente demoledores. Sobre todo, porque forman parte de una realidad que se ha buscado ocultar de manera insistente. Sin duda, era más fácil asumirla como parte de un problema transversal de nuestro sistema político y buscarle una solución razonable entre todos. Pero se negó hasta el cansancio y ahora es simplemente demasiado tarde. La suerte está echada y las responsabilidades deberán asumirse en todas sus consecuencias.

Lamentable y preocupante para el país: lo que hoy empieza finalmente a develarse sólo agregará una nueva palada de desconfianza sobre una autoridad y una clase política al borde del abismo.

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